El blog de
Javier García Aranda

A Toñi, mi correctora por excelencia.
A Xabier, Mikel, Leire y Ariadna.
A Pol, a las nietas y los nietos que irán llegando,
y a sus descendientes.

Aviso a navegantes

Cuando se la regalaron, sus sobrinas no sabían que la rumba de tía María iba a ser la protagonista de un misterio insondable.

Subcampeonato para la Real Sociedad. No cabe duda de que el equipo femenino de fútbol de la Real ha salido reforzado de la crisis. ¡Enhorabuena!

¡Hay que tener cuidado con el deporte de riesgo! Se lo había repetido muchas veces, pero...

Cita previa para denuciar un delito. ¿A que no se habían imaginado que la burocracia podría llegar a ser tan kafkiana?

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Reflexiones, opiniones, tesis, epístolas, notas y escritos de diversa índole, que recogen puntos de vista captados desde diferentes perspectivas.

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¡Oh deporte!

Textos sobre deporte, elaborados desde el bagaje de décadas de dedicación profesional. La mayoría son de opinión; algunos, un poco más técnicos.

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Crónicas de un hombre serio

Vivencias, episodios y anécdotas en el límite entre la vida pública y la privada.

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¿Quién es Javier García Aranda?

No creo que la lectura de un necesariamente sucinto y poco matizado currículum vitae proporcione una descripción interesante del devenir de una persona por la vida. Al menos en mi caso no me siento identificado con un retrato exprés que diga que nací en 1953, que soy licenciado en Ciencias Físicas (y eterno estudiante de Ciencias Sociales), y que he sido profesor de matemáticas y física, sindicalista en los años de la transición y, durante décadas, técnico de deportes en la administración pública. Así que, si realmente quieres saber algo sobre mí, te sugiero que leas Breve historia de la vida pública de jga y ¿Quién ha dicho que siete años no son nada?

Últimos textos publicados

La rumba de tía Maríamayo 2022

Se la regalamos en su último cumpleaños. Le entusiasmó la idea de dejar el suelo de la casa sin una mota de polvo con solo apretar un botón. En cuanto la probó se quedó encantada del resultado: “Si cuando éramos jóvenes hubiera habido estos adelantos no nos habría tocado barrer tanto”. Tía María nos dio las gracias. Y, cuando nos fuimos, se quedó mirando su flamante rumba, aparcada en un rinconcito y con el mando a buen recaudo. 

En nuestro próximo encuentro no hizo falta preguntarle nada. Ella se adelantó para decirnos que el artefacto era una maravilla y que, además, había que ver lo educada que era. “¿Educada?”, dijimos al unísono mi hermana y yo. “Sí, claro; cada día, al poco de ponerla en marcha, me saluda y me pregunta a ver cómo estoy y si tengo algún problema”. Se nos encendieron las alarmas. Nos miramos y nos pusimos mutuamente cara de algo le está pasando a nuestra tía; es ya un poco mayor y siempre ha sido bastante despistada, pero hasta ahora no había tenido ningún síntoma. Era necesario improvisar un plan de urgencia para poder evaluar el alcance del problema. 

Después de tomarnos el café con las pastas caseras que ella prepara, mi hermana le dijo que por qué no encendía un ratito la rumba. Tía María se mostró reacia: que ya la había utilizado por la mañana, que no hacía falta ponerla otra vez en marcha, que no está el precio de la luz como para jueguecitos. Y para finalizar su argumentación añadió con contundencia: “Además, después de saludarme y antes de despedirse siempre me dice que tenga cuidado en no apretar el botón si no es necesario”. Nuestra preocupación iba en aumento, así que no quedaba más remedio que insistir: “venga, tía, por favor, ponla en marcha solo unos minutos, que tenemos que hacer un regalo a una amiga y estamos dudando entre una como la tuya o cambiar de marca”. Por fin, a regañadientes, accedió. 

En cuanto apretó el botón de arranque nos advirtió: “Ya veréis que pronto saluda; al principio no lo hacía, pero desde hace más o menos una semana, lo hace cada día, al poco de ponerla en marcha”. Volvimos a mirarnos con cara de desolación y pensando: “¡Pobre tía María! ¡Con lo maja que es!”. Hasta que, transcurridos unos segundos, nos quedamos estupefactas: “Hola, buenas tardes. ¿Cómo se encuentra? ¿Todo bien, señora María?”. Era cierto: la rumba hablaba.  

No teníamos ni idea de que el aparato dispusiera de ese recurso y, sobre todo, no se nos ocurría cómo había podido poner en marcha esa función nuestra tía, que no tiene ordenador y cuyo teléfono móvil es una antigualla. Mientras tanto, tras unos segundos en los que la rumba continuó con su trabajo en silencio, tía María nos advirtió: “Ya vais a ver, ahora es cuando se despide y y dice que tenga cuidado en no apretar el botón”. Dicho y hecho: “Bueno, señora María, no pasa nada, pero tenga cuidado y no apriete el botón si no es estrictamente necesario. Adiós. Buenas tardes”. 

No entendíamos nada. Y pasamos un rato sumidas en el mayor desconcierto y con nuestra tía mirándonos expectante. Hasta que a mi hermana se le encendió la bombilla: “Tía, ¿dónde guardas en botón de la telealarma? Ya sabes que lo tienes que llevar puesto cuando estás sola en casa.” En la respuesta estaba la clave del misterio: “¡Ay, hija! No sé dónde lo he metido, hace unos días que no lo encuentro”. Con cierto alivio, nos echamos a reír. Apenas nos costó un minuto descubrir su paradero, confortablemente instalada en el interior del aparato. Aunque todavía no hemos logrado desentrañar la forma en que, a los pocos segundos de ponerse en marcha, la rumba lograba apretar el botón que conecta la telealarma con la centralita. ¡Hay que ver hasta dónde puede llegar la domótica!

 

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