El blog de
Javier García Aranda

A Xabier, Mikel, Leire y Ariadna.
A Pol y Paul, a las nietas y los nietos que irán llegando,
y a sus descendientes.

Aviso a navegantes

Antes de leer el otorrinolaringólogo hay que escuchar la versión de Los Machucambos.

Un nombre bien elegido e inequívocamente satánico: noche infernal.

Dice Aristóteles que la amistad perfecta es aquella que hace más virtuosas a quienes participan de ella.

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¿Quién es jga?

No creo que la lectura de un necesariamente sucinto y poco matizado currículum vitae proporcione una descripción interesante del devenir de una persona por la vida. Al menos en mi caso no me siento identificado con un retrato exprés que diga que nací en 1953, que soy licenciado en Ciencias Físicas -y eterno estudiante de Sociología-, y que he sido profesor de matemáticas y física, sindicalista en los años de la transición y, durante décadas, técnico de deportes en la administración pública. Así que, si realmente quieres saber algo sobre mí, te sugiero que leas Breve historia de la vida pública de jga y ¿Quién ha dicho que siete años no son nada?

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El otorrinolaringólogojulio 2026

No es la palabra con más letras reconocida por la RAE, pero es la que tiene una especial musicalidad. Igual es porque a mí me suena a ritmo del chachachá que cantaban Los Machucambos. Me ha venido a la cabeza porque hace unos días asistí a la consulta del susodicho especialista. Y allí fue partícipe, involuntario, de una situación que me volvió a confirmar la dificultad humana para aceptar contrariedades; en particular, las derivadas de la aplicación de las reglas de juego que conlleva la vida en comunidad.


Tenía cita a las 9:40. Llegué unos minutos antes. Pasé por el quiosco de validación -el también llamado tótem (sic)- para sacar el tique que, entre otras cosas, sirve para que el personal sanitario sepa que ya has hecho acto de presencia. Y con él en la mano me dispuse a esperar mi turno. Para ello me ubiqué frente a la pantalla en la que salen los números para avisar cuándo debes pasar a la consulta.

En aquella posición estratégica solo había dos asientos. Me senté en uno de ellos; el otro estaba ocupado por una señora. Miré a la pantalla y, sin saludo ni preámbulo alguno, la referida señora señaló mi tique y preguntó si era obligatorio tenerlo. Le respondí que sí, que era lo pertinente. Y me espetó que ella no lo había sacado porque no lo consideraba necesario.

Su comentario no me resultó del todo fuera de lugar. No era la primera vez que asistía a aquella consulta y conocía el modus operandi, al menos el que se había utilizado hasta un año antes. Un o una miembro del personal sanitario hacía acto de presencia y llamaba por su nombre al siguiente de su lista; el facultativo hacía una primera valoración y, en su caso, quitaba al paciente los tapones de los oídos y le invitaba a volver al lugar de espera. Después, también de viva voz, el paciente volvía a ser llamado para que la enfermera le hiciera la correspondiente audiometría y, finalmente, pasaba consulta con el médico.

Era un proceso en el que el tique no estaba presente. Aunque seguramente era porque en aquella consulta todavía no se había instalado el dichoso tótem. Con lo que no contábamos, ni la señora ni yo, era con que había un nuevo médico y, seguramente por ello, también había cambiado la forma de atender a los pacientes. Y, ahora sí, el tique había adquirido protagonismo. En efecto, pasados un par de minutos, el número de mi tique apareció en el primer lugar de la lista de la pantalla.

Me puse en pie y, simultáneamente, desde la profundidad de la consulta, una voz femenina pronunció mi nombre en voz alta, para ratificar, de forma inequívoca, que era el siguiente. Al instante, como impulsada por un resorte, la señora me preguntó por la hora de mi cita. (En ese momento salto mi alarma interior indicando la proximidad de la galerna.) De manera educada, le respondí, y ella dijo que la suya era anterior. Y, sin más contemplaciones, haciendo gala de su velocidad, me adelantó y se asomó a la puerta entreabierta de la consulta. Y allí se encontró con la horma de su zapato.

Cuando vio aparecer a la señora en la puerta, desde el interior de la consulta la voz femenina volvió a repetir mi nombre, pero esta vez en modo interrogativo. La señora no se arredró y le dijo que su cita era anterior. La que luego supe que era la enfermera le contestó de forma inapelable: ¿Tiene usted el tique? La señora titubeó un “No, pero…”. La enfermera, imperial, le conminó a obtenerlo y, sin más, dio por zanjado el asunto. Atento a seguir la magistral jugada, sin mirar a la señora que se batía en retirada, entré en la consulta, cerré la puerta y, con cara de paciente disciplinado, le dije a la enfermera que lo del tique ya se lo había dicho yo anteriormente. Con buen criterio, la enfermera me miró, se encogió de hombros, y se puso a la tarea.

Acabada la parte de los tapones y la audiometría, salí de nuevo al pasillo de espera. Y con disimulado aire de triunfo, volví a sentarme junto a la señora. Ella, haciendo gala de no querer aceptar las reglas del juego, me enseñó su tique e hizo un gesto entre el cabreo y la victoria pírrica. El motivo era que el número de su tique era justo el anterior al mío (al parecer, la maquinita los asigna según la hora de la cita).

Si la señora me hubiera parecido una paciente vulnerable y si, además, se hubiera comportado de forma educada, seguramente habría tenido para con ella sentimientos de solidaridad y, probablemente, se los hubiera trasmitido. Pero no era el caso. Por ello, cuando fui llamado a comparecer definitivamente ante el nuevo médico -por supuesto, antes que la señora- lo hice con sonrisa ladina. Y agradeciendo que, al menos por esta vez, el sistema hubiera puesto en su sitio a la interfecta, me adentré en la consulta tarareando: “El otorrinolaringólogo, ¡ólogo!, y no-sé-cuántos-otros-ólogos, ¡ólogos!, tomaron una decisión, dabadabada, se fueron a bailar el son”.

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