Aviso a navegantes
A Xabier, Mikel, Leire y Ariadna.
A Pol y Paul, a las nietas y los nietos que irán llegando,
y a sus descendientes.
La Asamblea General de Naciones Unidas recomienda un nuevo mapamundi... y EE. UU. vota en contra.

Dijera lo que dijera Munilla, la que se administró a nuestra Tía Lola fue la Extrema Unción.

Escribir sobre mis nietos es un recurso para, en el futuro, poder ocupar un breve espacio de tiempo entre sus recuerdos.

Reflexiones, opiniones, tesis, epístolas, notas y escritos de diversa índole, que recogen puntos de vista captados desde diferentes perspectivas.
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Textos sobre deporte, elaborados desde el bagaje de décadas de dedicación profesional. La mayoría son de opinión; algunos, un poco más técnicos.
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No creo que la lectura de un necesariamente sucinto y poco matizado currículum vitae proporcione una descripción interesante del devenir de una persona por la vida. Al menos en mi caso no me siento identificado con un retrato exprés que diga que nací en 1953, que soy licenciado en Ciencias Físicas -y eterno estudiante de Sociología-, y que he sido profesor de matemáticas y física, sindicalista en los años de la transición y, durante décadas, técnico de deportes en la administración pública. Así que, si realmente quieres saber algo sobre mí, te sugiero que leas Breve historia de la vida pública de jga y ¿Quién ha dicho que siete años no son nada?
Como se cita en Guerra y paz en la sombra de la ONU, la Carta de las Naciones Unidas (1945) proponía como objetivo: “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. El anhelo de paz era lógico después de las dos Guerras Mundiales que habían asolado buena parte del planeta en la primera mitad del siglo XX. Desde entonces, la sucesión continua de guerras y la sensación, compartida por mucha gente, de que estamos inmersos en la Tercera Guerra Mundial, permite concluir que la ONU ha fracasado en el cumplimiento de su principal propósito fundacional. Descartado el ser una especie de gobierno mundial que, cuando menos, garantizara la paz, ¿qué papel puede desempeñar la Organización de Naciones Unidas?
La propuesta más razonable es la formulada por Ramesh Thakur (1948, India) y Thomas G. Weiss (1946, USA): que la ONU sea un instrumento de cooperación, un foro para facilitar acuerdos y promover acciones colectivas ante problemas cuya resolución no puede ser acometida aisladamente por ninguno de sus Estados miembros. Un ejemplo de las posibilidades y de los obstáculos con que va a encontrarse este planteamiento es la decisión de la Asamblea General de Naciones Unidas en la que recomienda un nuevo mapamundi, es decir, una nueva representación gráfica de la Tierra.
El mapamundi con el que la mayoría de las personas adultas nos hemos educado es el Mercator, publicado en 1569 por Gerardus Mercator (1512-1594). Como señala su autor, es una interpretación de la Tierra cuya utilidad es facilitar la navegación: está concebido de forma que permite dibujar con una línea recta la trayectoria de un barco que mantiene un rumbo fijo. Para conseguirlo, el geógrafo hizo una proyección del globo terrestre que no respeta las relaciones entre las superficies de las diferentes parcelas de la superficie terrestre: cuanto más lejos del ecuador está una de esas parcelas, más grande aparece. Un ejemplo típico del efecto de esa proyección es que Groenlandia y África aparecen con una superficie similar, cuando la realidad es que la segunda es catorce veces la primera.
El problema surge cuando el Mercator sale de su espacio natural -el cuarto de derrota o mesa de cartas de los barcos- y se traslada a las aulas. Los territorios del susodicho mapa náutico más alejadas del ecuador -que en la parte norte coinciden con las metrópolis de los grandes imperios de occidente- son mucho más grandes que las de los territorios próximos al ecuador, en particular, que América del Sur y África. Y esa falsa proporción, plasmada en los mapas murales de las aulas y los atlas escolares, es la que se ha ido grabando en las mentes de las generaciones a lo largo de los siglos.
Ha habido intentos loables de resolverlo utilizando proyecciones que respetaban mejor las superficies (usar proyecciones definidas matemáticamente es algo obligado, ya que la superficie de una esfera no puede extenderse tal cual sobre un plano). Es el caso del conocido como mapa de Peters, cuyo uso se extendió a partir de los años 70 del siglo XX. Fue confeccionado por Arno Peters (1916-2002, Alemania), en base a la proyección que en 1855 había ideado James Gall (1808-1895, Escocia). Su gran virtud es que conserva la proporción entre las superficies; y su gran defecto, que estira las imágenes de los continentes (hace que parezcan que están pintadas por el Greco). La última gran aportación es la proyección Equal Earth, que fue presentada en 2018 por los cartógrafos Šavrič, Patterson y Jenny, que respeta la proporción entre las superficies y, al mismo tiempo, logra que las formas de los continentes sean próximas a las reales.
Con estos antecedentes, a instancias de países africanos, la ONU ha planteado la conveniencia de propiciar un cambio de la engañosa superficie relativa de los continentes implantada por Mercator. Con este propósito, en su sesión de 4 de septiembre de 2026, su Asamblea General aprobó una recomendación para promover el uso de mapasmundis basados en proyecciones que reflejen la proporción relativa de las superficies de los continentes, en particular, la Equal Earth. Y que ese cambio se promueva, en paticular, en ámbitos en los que trasmitir una imagen real del tamaño relativo de los continentes resulte relevante, como es el caso de los libros de texto y los atlas usados en los centros escolares o de los medios de comunicación.
Parece obvio que una propuesta cuyo alcance es, sobre todo, simbólico y con un objetivo eminentemente pedagógico debería haber contado con la aprobación unánime de los miembros de una ONU convertida, de facto, en un foro para la cooperación internacional. Pero no ha sido así: solo ha sido aprobada por 164 votos a favor, 1 en contra y 6 abstenciones, a los que habría que añadir los 22 que estuvieron ausentes en la votación (entre ellos Rusia e Israel), para completar los 193 con derecho a voto. (Los países que se abstuvieron, Estonia, Georgia, Lituania, Moldavia, Serbia y Ucrania, no estaban en contra del fondo de la propuesta, pero querían evitar que se pudiera utilizar para poner en duda la pertenencia a su país de territorios que consideran “ocupados”.)
El único voto en contra fue el de EE.UU. Los argumentos no tienen desperdicio: por un lado, criticar que la ONU no se ocupe de asuntos realmente importantes, como la paz, la seguridad o la prosperidad del mundo; por otro, considerar que la defensa del nuevo mapamundi forma parte de una estrategia ideológica de carácter radical, ya que en su defensa se han utilizado conceptos políticos (sic) como “justicia cognitiva” o “reparaciones de la memoria” en el ámbito de la geografía. Está claro que el argumentario está en la línea de la actual administración de los USA, empeñada en negar las evidencias más elementales, incluidas las científicas. Qué mala señal es que una de las mayores potencias mundiales se oponga a una resolución que solo pretende aportar una mejor comprensión del planeta Tierra a las generaciones venideras.