“Recibe con simplicidad todo aquello que te suceda”.

Rabí Shlomo Yitzjaki (1040-1105), en A Serious Man (Joel & Ethan Coen; 2009)

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Atraco a las diezmayo 2024

A finales de los años 60, Joan Manuel Serrat cantaba Poco antes de que den las diez. No es una de sus composiciones más conocidas, pero tiene un significado especial para quienes en aquellos años recién despertábamos de la niñez. Y lo tiene porque, además de evocarnos el pecado de amor con el que todos y todas soñábamos, nos recuerda una época en la que, para muchos y para casi todas, las diez de la noche era la hora límite para llegar a casa. Lo que les cuento a continuación sucedió justo al filo de ese momento en que la noche se da por instaurada.


No era la primera vez que me pasaba. Tuve una experiencia parecida hace unos años. Fue en la Plaza Real de Barcelona, cerca de Las Ramblas. Pero no me imaginaba que me pudiera ocurrir en mitad de Gros, el barrio en el que nací y he vivido durante tantos años. Y menos en una calle por la que he pasado miles de veces, no solo porque es una de las más concurridas e itinerario habitual para transitar entre el centro de la ciudad y buena parte del barrio, sino también porque formaba parte de mi recorrido habitual para ir y venir del colegio del Sagrado Corazón Mundaiz cuando cursaba el bachillerato.

Había estado visitando a una persona convaleciente de una intervención quirúrgica. Al salir de su casa ya me advirtió de que a esa hora era menor la frecuencia de la línea de autobuses que van a Amara, el barrio en que ahora vivo. Miré el reloj. Faltaban apenas unos minutos para que dieran las diez. Y, efectivamente, cuando llegué a la parada de Gran Vía, el luminoso anunciaba que el bus tardaría quince minutos en llegar. Unos minutos que, sumados a los que tarda en hacer el trayecto, me hicieron optar por ir andando. Aunque estaba anunciada lluvia, en ese momento hacía una noche agradable, y caminar durante unos treinta minutos se presentaba como un agradable paseo.

En la parada del autobús había unas cuantas señoras esperando, por los alrededores transitaban algunas personas y había gente en los bares de esa calle y también en la de Secundino Esnaola, que inmediatamente enfilé. A mitad de la primera manzana adelanté a dos varones jóvenes que iban en mi misma dirección. Caminaban despacio y bastante separados, por lo que pasé entre ellos. Acostumbro a ir deprisa e inmediatamente los dejé atrás. O eso creía.

Poco después de haberlos adelantado, tras dejar a mi izquierda las calles Padre Larroca y Trueba, capté que una sombra extraña se movía a mi espalda. Me giré de inmediato. A menos de un metro estaba uno de aquellos jóvenes a los que había adelantado. Tenía el brazo levantado y ligeramente inclinado hacia mí. Intuí o quise pensar que el objetivo de su mano era la cremallera de la mochila que acostumbro a llevar. Tanto el darme la vuelta hacia él como mi forma de actuar inmediatamente después fueron reacciones instintivas. Todo pasó en décimas de segundo.

Me encaré con él y le lancé un exabrupto. Fue uno de los que antes se consideraban blasfemias y en un volumen que podrán adivinar quienes me hayan oído cantar. Quienes lo escucharon seguramente pensaron que se trataba de algún borracho al que se le había cruzado el cable y que, si hubiera sido una hora más tardía, habría despertado a medio barrio. No sé si fue por el alarido, porque me vio cara de muy mala ostia o porque su colega, que se había quedado parado varios metros más atrás, le hizo una ostensible seña de retirada. El caso es que bajó inmediatamente el brazo, balbuceó algunas palabras ininteligibles, se hizo el longuis, dio media vuelta y, junto con su colega, se fue por la calle donde hace años estaba la entrada al gallinero del cine más añejo del barrio.

En ese momento pensé que una cosa es lo que había ordenado la parte de mi cerebro heredada de nuestros antepasados reptiles, en un momento de inconsciente calentón, y otra lo que es adecuado para alguien que peina canas y lleva bastantes almanaques en la mochila supuesto objeto del deseo del interfecto. Así que tocaba seguir el camino a casa. Deprisa, como siempre, y con el propósito, eso sí, de no renunciar a ir por donde siempre voy desde mi antiguo a mi nuevo barrio, aunque sea un itinerario poco concurrido a esa hora y con tramos no demasiado bien iluminados.

Hubo algunos años de mi juventud en que daba cierto miedo ir de noche por Donostia, quizás porque lo que más temor causaba era toparse con la policía. Entonces tomé conciencia de que, sin sobrepasar los límites que aconseja la prudencia y parafraseando a Michel de Montaine, no hay nada de lo que tenga más miedo que a tener miedo. Así que si tengo que volver a caminar por mi antiguo barrio y por esa calle por la que tantas veces he pasado, volveré a hacerlo. Aunque sepa que puedo volver a tener mala suerte y que, de nuevo, me toque un atraco a las diez.

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