No hay nada como enfrentarse a una página en blanco y ponerse a escribir para saber si sobre un asunto que nos ronda por la cabeza tenemos ideas claras y podemos decir algo consistente. Quien lo haya intentado sabe el tiempo y el esfuerzo que cuesta, y conoce también la satisfacción que produce conseguirlo.

jga - junio 2020

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Estudios y trabajonoviembre 2022

Leí por primera vez el artículo de don Arturo, La mochila y el currículum, en 2003, cuando fue publicado. Y al igual que ahora, que lo he vuelto a leer por motivos académicos, me llevó a reflexionar sobre la relación de los estudios con el trabajo.


Es antigua la duda sobre si una persona debe estudiar lo que le gusta o si debe elegir su itinerario académico pensando en ganarse la vida. Tanto si se elige una opción como la otra, o incluso si ambas coinciden, el mercado laboral -al que no queda otro remedio que enfrentarse al acabar los estudios (o incluso antes)- es un espacio árido y, en general, poco facilitador de itinerarios vitales de color de rosa. Eso es así ahora, lo era en 2003, y también ocurría antes, sobre todo si uno pertenece a una familia con escasos recursos económicos y nulas relaciones sociales con personas bien situadas en el mercado.

Con todo respeto a quienes, como Pérez-Reverte, se licenciaron en Historia, salvo que tuvieran una clara vocación por la enseñanza, la mayoría de las personas que conozco han acabado buscándose las alubias en otros ámbitos. Sobre los estudios de cierta materia (que prefiero no mencionar), hubo un político que llegó a comentar que eran solo una “fábrica de parados”. Y así con muchas disciplinas, para las que no existe una salida clara en el mercado y que obligan a quienes siguen su inicial vocación por determinada área del conocimiento a seguir arduos procesos de reciclaje para buscar trabajo.

¿Hay que cambiar los itinerarios educativos para que se adapten más al mercado? ¿Hay que elegir la formación pensando solo en trabajar después? ¿Qué pasa con las personas que no tienen la oportunidad de optar ni por una ni por otra opción, es decir, la gran mayoría de las 8.000.000.000 que poblamos el planeta? Estudiar y adquirir conocimiento es un bien en sí mismo; ganarse la vida es un reto obligado; tener un “buen trabajo”, una aspiración de casi todas las personas; el actual mercado de trabajo, el de antes y, con total seguridad, el que venga después va a estar siempre orientado, sobre todo, al beneficio de quienes controlan la economía. Las anteriores afirmaciones son poco cuestionables. Ante esta realidad, ¿cómo articular adecuadamente estudios y trabajo? Nadie ha encontrado todavía una solución global y definitiva, probablemente porque no la haya. Pero sería bueno que pensáramos, colectivamente, en buscar una alternativa mejor que la actual. Nos va en ello buena parte del bienestar colectivo.

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