Breve historia de la vida pública de jga2014

Dice Gabriel García Márquez que toda persona tiene vida pública, vida privada y vida secreta. Es una buena forma de clasificar los aconteceres de una biografía, aunque las fronteras entre unas y otras vidas son difusas y, además, cambiantes con el tiempo. En mi caso todas ellas empezaron el 4 de mayo de 1953, en Donostia / San Sebastián.


Considero que el itinerario académico pertenece a la vida pública. El mío comienza -como el de una mayoría de quienes en aquel tiempo teníamos escasos medios económicos- en una escuela nacional. Las del barrio de Gros tenían por nombre Viteri y Almirante Oquendo. En ellas se cursaba una especie de educación primaria, que culminaba con un certificado de estudios que a los 14 años facultaba para el acceso ipso facto al mundo laboral. Todavía en los años 50, sólo los más aficionados al estudio -hablar de más capacitados sería inexacto e injusto- y con entornos familiares con cierta amplitud de miras solían acceder a una breve formación complementaria no reglada, que les posibilitaba ser candidatos a empleos de “cuello blanco”. Lo de estudiar el bachillerato era para minorías mínimamente pudientes, y lo de pensar en ir a la universidad, una quimera.

Tuve suerte. Familiares solidarios y becas me permitieron cursar el bachillerato y el preuniversitario (pertenezco a la última generación que hizo el “preu”) en el Colegio del Sagrado Corazón - Mundaiz, en San Sebastián. Es una época, entre los 10 y los 17 años, en la que, lógicamente, aprendí muchas cosas. También en lo que respecta a valores morales y éticos, aunque en una mezcla extraña con patrañas y supersticiones pseudorreligiosas de las que me ha costado casi media vida desprenderme.

También tuve suerte cuando el desarrollismo de los años 60 y el consiguiente aumento de la demanda de fuerza de trabajo mejor formada me posibilitaron el acceso a la Universidad. A los 17 años tenía mucho que demostrarme a mí mismo y, por ende, a los demás. Estudiar una carrera difícil era una forma de hacerlo. Aunque -como ha ocurrido siempre en mi vida- mis intereses intelectuales eran variopintos, el dilema académico resultante era claro: física o filosofía. Siempre he percibido estas disciplinas como saberes superpuestos, pero en el terreno académico estaban nítidamente separadas: se era de “ciencias” o se era de “letras”.

Ya entonces tenía claro que es más sencillo estudiar una carrera de “ciencias” en los años jóvenes y luego plantearse cursar una de “letras” que hacerlo al contrario. Si a eso unimos la imperiosa necesidad de limitarme a la oferta existente en mi ciudad,  la opción era clara: mi futuro inmediato era estudiar física en la Facultad de Ciencias Físicas que la Universidad de Navarra tenía en Donostia.

Era una universidad privada -en aquel momento no existía universidad pública del País Vasco-, pero seguía habiendo becas y familiares solidarios. Al respecto, aunque ya estábamos a principios de los años 70, era curiosa la mentalidad de la época (al menos la mía y la de otros muchos de alrededor): ni por un momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de estudiar mientras trabajaba para ganarme la vida. Sólo entraba en el repertorio dar “clases particulares” (lo hacía desde los 14 años) para lograr un dinerillo para gastos personales.

En la facultad, una vez superado el primer curso (que era selectivo en todos los sentidos), pronto me di cuenta de dos cosas: una, que los estudios estaban planteados más como un itinerario alternativo -y en cierto modo light- de los que se cursaban en la Escuela de Ingeniería Industrial (con la que compartíamos profesorado) que desde una concepción de la física entendida como una rama empírica del global y filosófico conocimiento universal predicado por los pensadores clásicos; dos, que en aquella época estaba más interesado por practicar deporte y hacerme un chico fuerte que por los estudios.

Pero, en aquel momento, no veía otra opción viable que no fuera acabar la licenciatura que había empezado. Y, además, la alternativa laboral que se me presentaba en el horizonte como más probable, la enseñanza, me gustaba y, a mi juicio, se adaptaba bien a mi perfil. Por otro lado, aunque iba percibiendo que compatibilizar trabajo y estudio era una opción razonable, mi proyecto de vida no encajaba con irme a acabar la carrera a otras latitudes.

Hay un aspecto de la vida pública de los varones de aquellos años que todavía era todo un hito: la “mili”. Resumiendo: tras superar las pruebas para hacer “milicias” (la opción que se ofrecía a las élites universitarias), renuncié a hacerlas por una lesión de rodilla (que me apartó de posibles retos deportivos); durante dos años me consideraron “inútil temporal”, luego me dijeron que era “útil” y, finalmente, que era “inútil total”. O sea: no hice la “mili”.

Acabé la carrera y me convertí en Licenciado en Ciencias Físicas. Misión cumplida. Ahora tocaba ganarse la vida. Mi afición al deporte y mi aspecto de buen muchacho debieron influir para que desde instancias de la propia Facultad me ofrecieran ser profesor en un colegio. No tuve ninguna duda: acepté de inmediato. Y en septiembre de 1975, con 22 años, accedí a mi primer empleo: me convertí en profesor de matemáticas y física en el Colegio ERAIN, ubicado entre Donostia e Irún y regentado por miembros del Opus Dei.

Nunca he tenido ninguna vinculación con el Opus y me separa una distancia sideral de sus ideas y de su posición en la sociedad. En general, durante mi paso por la Universidad de Navarra y por el colegio -salvo en alguna situación que considero más anecdótica que lesiva- me sentí respetado en lo personal (no tanto en lo laboral). Entre sus miembros me topé con bastantes fanáticos e integristas; otros me parecieron buena gente y mantuve con ellos una relación cordial. Haberlos conocido de cerca me permite afirmar que, en muchos casos, el paso por el Opus atenúa o enmascara sentimientos que hacen que los seres humanos seamos animales que merecen la pena.

Lo de ser profesor siempre me ha gustado. Rápidamente comencé a pensar en escribir libros de texto, valoré la posibilidad de hacer la licenciatura en Ciencias Exactas (me convalidaban casi los tres primeros cursos), incluso me veía en el futuro dirigiendo un colegio. Aquella podía haber sido mi profesión de por vida. Pero se cruzó en mi camino la transición política.

Aunque pertenecía a una familia contraria al franquismo y que tenía conciencia de haber perdido la Guerra Civil, durante los años de la dictadura nunca había sido militante ni había estado cerca de ningún grupo opositor al régimen. Sin embargo, ante el maremágnum de acontecimientos sociales y políticos que se desencadenaron tras la muerte del dictador, me era difícil imaginar que alguna persona joven y con energía pudiera conformarse con ser un mero espectador. Al menos yo no iba a serlo.

En 1977 me afilié en ELA-STV (Eusko Langilleen Alkartasuna - Solidaridad de Trabajadores Vascos), en la “Soli”, como llamaba al sindicato un familiar que ya había sido afiliado antes de la guerra. Desde mi punto de vista, pertenecer a un sindicato de clase era una consecuencia lógica de ser un asalariado y el modo más sencillo y evidente de ser solidario con otros trabajadores. Afiliarme en ELA era la forma de hacer compatible lo anterior con mi decisión racional de posicionarme a favor del derecho del pueblo vasco a autogobernarse.

Desde el primer momento consideré que había acertado al elegir la militancia en ELA para participar en la historia de aquellos años. En 1978, en las primeras elecciones sindicales de la transición, fui elegido delegado sindical (aunque ahora puede percibirse como algo anecdótico, en aquel momento no era una decisión irrelevante promover las elecciones en un colegio del Opus y ser candidato con las siglas ELA, que a buen seguro algunos consideraban una organización rojo-separatista).

En ese mismo año 1978 me propusieron ser liberado de ELA, contratado por el sindicato. Tenía 25 años y la vida me brindaba la posibilidad de participar activamente en una historia apasionante.  Me dediqué a ello durante seis intensos años, que considero, sin duda alguna, los más relevantes de mi vida pública. Hablar de aquellos años pide mucho más que lo que cabe en esta breve autobiografía. Sólo diré que aprendí a manejarme en la vida pública y opté definitivamente por cuál debía ser mi posición en la sociedad.

El haber sido uno de los responsables de la Federación de Servicios Públicos o haber pertenecido al Consejo Nacional o al Comité Nacional de ELA, con tener su relevancia tanto en el plano personal como en el institucional, no son sino detalles de una época en la que lo más importante era que cada día había que enfrentarse a algún reto y que cada año había que superar un máster.

Al dejar de ser liberado en ELA (nunca he dejado de estar afiliado ni de estar disponible para realizar tareas de militancia) y enfrentarme a mi futuro laboral, consideré dos posibles opciones: retomar mi antigua vocación de profesor o dedicarme a gestionar servicios públicos desde la administración.

En cualquier caso, el reto inmediato era el euskara. Había comenzado a estudiarlo en cuanto dejé la universidad y aprenderlo era una consecuencia lógica de mi forma de entender la pertenencia a la sociedad vasca. Además, para mis expectativas laborales consideraba necesario obtener el EGA (Euskarazko Gaitasun Agiria).

No me dio tiempo a lograr el objetivo. Aunque seguí estudiando euskara durante unos meses, lo hice como parte de mi preparación para opositar a una plaza de técnico de deportes que en aquellas fechas convocó la Diputación Foral de Gipuzkoa (DFG).

Era un practicante asiduo y un aficionado a todo lo relacionado con el mundo del deporte, pero no tenía una formación específica en materia deportiva. Mi primera decisión -además de seguir estudiando euskara- fue leerme todos los libros y publicaciones relacionados con el deporte que pude conseguir. A esta decisión debo agradecer el haber leído sobre deporte (en temas no relacionados directamente con la docencia o el entrenamiento) seguramente más que la mayor parte de los que han cursado estudios sobre la materia.

En noviembre de 1984, tras unas oposiciones bastante conflictivas (no era el presunto candidato “oficial” al puesto y, en opinión de algunos, era un advenedizo sin pedigrí deportivo de ninguna clase), fui nombrado funcionario de la DFG y me convertí, según parece, en el primer técnico de deportes de la historia de la institución. Con ello comencé un largo periodo de tres décadas de intensa dedicación al deporte. Pero no ha sido un periodo homogéneo, sino que han existido tres etapas muy diferentes.

En la primera etapa el reto fundamental era convertirme en un buen profesional de la gestión del deporte en la administración pública. Nunca he recibido críticas en sentido contrario (ni mis opositores más furibundos han puesto en duda mi capacidad profesional) y he contado con muchas opiniones a favor, por lo que la conclusión lógica es que cumplí el objetivo. Sólo al principio la falta de pedigrí deportivo me hizo dudar de que tuviera un futuro halagüeño en el sector. Pero pronto fui yo mismo quien pasó a poner en duda la idoneidad de ciertos itinerarios deportivos (académicos y no académicos) para llegar a ser un buen dirigente deportivo tanto dentro como fuera de la administración pública.

Mi ocupación fundamental en esa primera etapa fue poner en marcha el Servicio de Deportes (SVD) y contribuir a edificar los pilares de una política deportiva que llevó a la institución a ser un referente en el deporte, tanto dentro como fuera de la Comunidad Autónoma del País Vasco. La confianza y el reconocimiento hacia mi labor por parte de los políticos con los que colaboré me hicieron desestimar cualquier quehacer relacionado con el deporte que quedara fuera del exclusivo ejercicio de mis funciones como responsable del SVD (de ahí la ausencia de documentos de opinión o de actividades ajenas a tal condición).

La segunda etapa comienza en 1992. Para expresar las sensaciones que tenía en ese punto de inflexión de mi trayectoria como funcionario público, sólo transcribiré unas frases escritas por Benito Pérez Galdós para referirse a los que ostentaban el poder hace más de un siglo: “…carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve… no harán más que burocracia pura… tendremos que esperar para que nazcan personas más sabias…”.

Seguí adscrito al SVD durante unos años y tuve posteriormente un periplo laboral que me ha dejado poca huella (como durante un tiempo ejercí como técnico de residuos, suelo decir que acabé en la basura). Durante esa etapa, tres fueron los hitos de mi vida pública:

Uno: resolví la asignatura pendiente que tenía con el euskara superando el examen de EGA y logrando el perfil que tenía asignado como funcionario (laugarren hizkuntza eskakizuna). No obstante, por diversas y complejas circunstancias, el euskara no se ha convertido -en mi caso- en un instrumento de uso habitual.

Dos: tuve la oportunidad de llevar a cabo tareas de militancia en ELA diferentes que las que había desempeñado anteriormente. Pude participar en foros de debate sindical internacional y conocer ciertos aspectos de la cooperación con países no desarrollados. En particular, pude percibir que el fenómeno de la inmigración iba a ser a corto plazo importante en nuestras latitudes, como ya lo estaba siendo en otras partes de Europa.

Tres: desarrollé una amplia actividad no profesional en el deporte. Inicialmente, fueron sobre todo artículos de opinión. Después, cuando había dejado de estar adscrito al SVD y había empezado a pensar que el deporte como objeto de reflexión y estudio iba a desaparecer poco a poco de mi vida, surgieron propuestas (conferencias, publicaciones, asesoría a proyectos) que hicieron que acabara recorriendo diversos ámbitos del deporte, y con un grado de libertad difícilmente compatible con las limitaciones que implica ser técnico de deportes de la administración pública.

A este respecto debo subrayar que, excepto en esta etapa (y en otra final, que luego mencionaré), siempre he sido de la opinión de que ser funcionario de una institución como la DFG proporciona unas posibilidades de influir en la mejora del deporte que difícilmente pueden encontrarse ejerciendo otras actividades fuera de la institución. Además, si los responsables de tu trabajo (políticos o funcionarios) te respetan como profesional, valoran tus opiniones y tienen en cuenta tus aportaciones, lo lógico es que dediques tus ideas y tu esfuerzo a mejorar la política deportiva de la institución.

El inicio de la tercera y definitiva etapa como técnico de deportes coincide con el cambio de siglo. Relataré una confidencia que hasta ahora pertenecía a mi vida secreta: cuando Kote Olaizola -el político que propició mi regreso al SVD- dejó el puesto de Director de Deportes, le di las gracias por haber posibilitado que acabara mi vida profesional dedicado al deporte. El me regaló los oídos diciéndome: “Eras un fichaje seguro”.

Ha sido un largo periodo (2000-2013) en el que he desarrollado una nueva experiencia profesional, como responsable de planificación y ordenación deportiva, alejado de las tareas ejecutivas que eran mi principal cometido en la primera etapa en el SVD. Siempre he pensado que hay un momento en que las personas que han estado desde jóvenes en tareas ejecutivas deben retirarse de la primera línea y pasar a desarrollar, sobre todo, labores de “intelligentsia” y de transmisión del conocimiento acumulado. Ha sido una suerte haber tenido la oportunidad de hacerlo en el último tramo de mi vida profesional (además, me ha servido para instalarme después sin mayores problemas en la actividad posprofesional).

Las nuevas tareas exigían nuevas habilidades y conocimientos, pero, sobre todo, me obligaban a cambiar de registro en la forma de posicionarme no sólo ante mi actividad profesional sino, en cierto modo, también ante el conjunto de mi vida pública. Era el momento de plantearme seriamente dejar de ser un “activista” (que, entendido -a mi juicio- en el buen sentido, es lo que básicamente había sido dentro y fuera del SVD) y pasar a ser un “intelectual” (dicho sea con todo el respeto que me merece el alcance que el diccionario de la RAE confiere al término: “Dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”).

A lo largo de tres décadas, mi experiencia es que en los circuitos habituales del deporte (y tengo o podría tener certificados de haber asistido a actividades formativas como para empapelar varias paredes) es escasa la formación de cierto nivel que no está destinada a la docencia y el entrenamiento deportivo o a la gestión de instalaciones o actividades. En consecuencia, me planteé retomar una vieja aspiración: volver a la Universidad para estudiar una carrera de “letras”. Me tentó la Filosofía, pero me decidí por la Sociología, sobre todo porque su programa de estudio (al menos en la UNED) abarca un abanico de disciplinas que da pie a culturizarse en diversas materias. Además, lo estudiado a lo largo de estos años ha sido de gran utilidad para mi actividad profesional.

Mi propósito nunca ha sido obtener un “título” sino sólo adquirir conocimientos que me sirvan para afrontar nuevos retos intelectuales. Además, si un día llego a cursar y superar todas las asignaturas, tendré un problema: buscar qué estudiar, porque hacerlo se ha convertido en un hábito de vida que no quisiera abandonar.

Desde el año 2000, valorada en su globalidad, mi actividad profesional ha sido interesante y razonablemente productiva. Creo haber contribuido a que se hayan llevado a la práctica ideas y proyectos que, a mi juicio, han mejorado la organización del deporte y la práctica deportiva de la población. No obstante, debo reconocer que se han quedado en el cajón numerosas ideas e iniciativas innovadoras y que ha habido esfuerzos por aportar racionalidad a algunas parcelas del deporte que no han tenido demasiado éxito.

No puedo, sin embargo, hacer una valoración positiva de mis últimos años como técnico de deportes. No es mi propósito hacer un análisis ni una valoración de la actual política deportiva de la DFG, pero es fehaciente la distancia entre lo que se hace y lo que, en mi opinión, debería hacerse. Hay razones objetivas de salud para haber pasado -desde el 1 de abril de 2013- a mi actual situación de pensionista, pero ello no impide que haya sido decepcionante dejar el SVD en una trayectoria errática hacia ninguna parte.

Hay quien buscará las causas de esta visión en la desaparición de mi entorno laboral de algunas personas a las que aprecio y valoro personal y profesionalmente o quien tratará de atribuirla a motivaciones políticas o ideológicas (que serían fácilmente refutables por mi parte) o quien, sencillamente, imputará el evidente deterioro de la capacidad de liderazgo de la DFG en materia de deporte a la crisis económica y a la consiguiente merma presupuestaria.

Sean cuales sean las razones de la actual posición de la DFG ante el deporte y la influencia que esas razones hayan podido tener en mis opiniones personales, lo preocupante es que hay proyectos relevantes para el deporte guipuzcoano y vasco que corren grave riesgo de ser olvidados e ideas valiosas e innovadoras que pueden no ver nunca la luz o que, si lo hacen, lo hagan como meras especulaciones intelectuales y no como proyectos ejecutivos de la administración pública para mejorar el deporte o, al menos, como propuestas serias para el debate político. Habrá que dar tiempo al tiempo. Y dejar que pase el suficiente como para que nadie pueda sentirse ofendido porque se llame la atención sobre asuntos que, hoy por hoy, todavía forman parte del bagaje de alternativas que tiene la DFG -o el Gobierno Vasco, que de todo hay- para conformar su política deportiva.

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