“Recibe con simplicidad todo aquello que te suceda”.

Rabí Shlomo Yitzjaki (1040-1105), en A Serious Man (Joel & Ethan Coen; 2009)

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¡Libertad! ¡libertad!julio 2021

Nublado, 18-20 ⁰C, suave brisa del noroeste: un día ideal para ir al monte. Primera salida después de muchos meses de esperar la ansiada vacuna. El objetivo, recorrer el monte Ulía desde Donostia hasta Pasaia, por el camino que pasa por la fuente de la Kutraia y llega al faro de la Plata. Alta montaña para los veteranos, incluso para mi amigo Joxemi curtido en mil batallas montañeras; un paseo matinal para mi hija Leire, la veinteañera de la cordada. Ritmo de travesía, con paradas obligadas para admirar el paisaje y las hortensias multicolores. Una gozada.


Sin habernos desprendido todavía de la costumbre de llevar puesta la mascarilla por las calles de la ciudad, la excursión mañanera era una oportunidad para disfrutar de la sensación de ir a cara descubierta. Una caminata al aire libre parecía la ocasión adecuada para irse adaptando a la nueva situación. Con precaución, con tranquilidad, sin alharaca (que según la RAE es la “extraordinaria demostración o expresión con que por ligero motivo se manifiesta la vehemencia de algún afecto, como de ira, queja, admiración, alegría, etcétera”). O eso creíamos, hasta que nos encontramos con un par de caminantes que iban en sentido contrario al nuestro; jóvenes, pero no de la generación de los del fin de curso de fiesta mallorquina y cóctel de coronavirus, sino más bien talluditos.  

De manera sorprendente para quienes íbamos mirando al suelo tratando de evitar tropezones inesperados, uno de ellos, como si fuera un compañero de fatigas de toda la vida, nos sonrió abiertamente y, mientras levantaba la mano con energía (no me fijé cuál de ellas ni si hizo algún gesto significativo), nos gritó: ¡libertad! ¡libertad! Como nos pilló subiendo, en pleno esfuerzo y con la respiración agitada, nos costó reaccionar. Unos segundos preciosos que nos impidieron mirar con cara de asombro -y cierto mosqueo- al supuesto paladín de la libertad y dejarle claro que ni se le ocurriera incluirnos en la banda de capullos y capullas que han aprovechado la pandemia para tratar de identificarla con acciones tan poco solidarias como no llevar la mascarilla puesta, montar subrepticiamente cuchipandas o irse de botellón.  

Es evidente que no era el momento ni el lugar para ponerse a reflexionar sobre los significados más profundos de la libertad. Pero, al poco rato, seguramente por casualidad, en un trecho del recorrido que permitía ir conversando, nos dio por acordarnos de nuestra antigua compañera de peleas sindicales Rosa García, madrileña -otra casualidad- que reside en Donostia desde 1977 y fue galardonada con el Tambor de Oro en 2019, portavoz perpetua de la plataforma Stop Desahucios. Y pensamos que, siquiera de vez en cuando, deberíamos echarle una mano en su lucha infatigable por evitar la injusticia. Seguro que en esas lides encontraríamos momentos mucho más oportunos para gritar ¡libertad! ¡libertad!

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