“Recibe con simplicidad todo aquello que te suceda”.

Rabí Shlomo Yitzjaki (1040-1105), en A Serious Man (Joel & Ethan Coen; 2009)

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Verificaciónjunio 2022

Una mayoría ingente de personas nos hemos acostumbrado a llevar un pequeño ordenador en el bolso, la mochila, el bolsillo o, incluso, perpetuamente en la mano, como un gacheto que permite acceder de inmediato a información y que, además, proporciona la sensación de “estar conectado”, cualquiera que sea la interpretación que cada quisqui dé a la expresión. 

La consecuencia es que las empresas que suministran internet a los teléfonos inteligentes (sic) o una mera conexión telefónica inalámbrica a los móviles básicos han pasado a ser tan indispensables como el súper del barrio en el que hacemos la compra. La diferencia es que se puede cambiar de súper en cualquier momento y sin mayores problemas, pero dar un quiebro a una compañía telefónica para irse a la competencia puede convertirse en un reto de dimensiones épicas. En efecto, no solo intentarán seducir al todavía cliente con nuevas ofertas, sino que, llegado el caso, emplearán todas sus malas artes para hacerle desistir de la intención de cambiar de compañía.

Además, al tiempo que se libra la batalla con aquella a la que se dice adiós, la nueva compañía telefónica tampoco se privará de someter al aspirante a cliente a sus propias liturgias mediante una sucesión interminable de llamadas telefónicas, mensajes de correo electrónico o SMS. En ese proceso puede uno verse inmerso en procesos burocráticos impropios de compañías que, supuestamente, llevan la tecnología por bandera. Les cuento una experiencia reciente. Y, para hacer más amena la lectura, les propongo que adivinen los nombres de las compañías telefónicas involucradas.


Durante años he sido cliente de la compañía A. El motivo era que me parecía que con ello hacía país. Esto dejó de ser suficiente para seguir siendo cliente cuando me convencí de que se trataba solo de una ficción nominal y que continuar en la compañía A solo tenía sentido si me proporcionaba buenos servicios a un precio competitivo. Así las cosas, tras armarme del suficiente valor contacté con la citada compañía A para negociar una rebaja sustancial en la factura. Inmediatamente me hicieron una oferta que no pude rechazar, sobre todo porque conllevaba librarme del engorro de cambiar de compañía. 

Pero, poco después, cuando recibí dicha oferta por escrito, me di cuenta de que no era exactamente lo que había pactado con la amable comercial que me había atendido por teléfono. Aquello colmó mi paciencia, y la decisión de cambiar de compañía se convirtió en irrevocable, a pesar de que sabía lo que me esperaba. En efecto, para dejar de ser cliente de la compañía A tuve que dar más vueltas que para librarme de la “mili”, que no fue precisamente un proceso sencillo (como explico en la Breve historia de la vida pública de jga, “tras superar las pruebas para hacer “milicias”...renuncié a hacerlas por una lesión de rodilla...; durante dos años me consideraron “inútil temporal”, luego me dijeron que era “útil” y, finalmente, que era “inútil total”). 

La alternativa de futuro era la compañía B, con la que ya tenía tratos anteriores por aquello de la afición a ver espectáculos deportivos por televisión. Además, cuando uno es cliente nuevo, hay ofertas que rebajan el coste de la factura, al menos durante los primeros meses, y compensan mínimamente los mil y un trámites asociados al cambio. Uno de esos trámites me tuvo ocupado una tarde de primavera. Los de la compañía B lo llaman verificación (sic). 

El asunto consiste en que una persona de la compañía B se pone en contacto telefónico con el aspirante a cliente para hacerle un sinfín de preguntas sobre datos personales, además de pedirle que ratifique de forma explícita el deseo de que su línea de teléfono deje de estar a cargo de la anterior compañía para pasar a manos de la compañía B. Lo curioso del trámite es que, una vez finalizada la charla, el interrogador advierte de que en breves momentos va a llamar otra persona, también de la compañía B, para realizar la verificación de todos los datos que han salido a relucir en la primera conversación. Uno no entiende de qué va la cosa, pero se muestra dispuesto a colaborar y, de esa forma, entrar con buen pie en la nueva compañía. 

A los pocos minutos llama el verificador de la compañía B para hacer las mismas preguntas que había hecho el primer preguntante. El problema surge cuando, al querer cerciorarse de mi inequívoco interés por cambiar de compañía, no menciona a la compañía A, sino que hace referencia a una supuesta relación de clientela con la compañía C. Le indico que nunca he sido cliente de la compañía C y que nunca he dicho tal cosa a nadie, que se trata de un error, salvo que entre las compañías A y C haya una relación que desconozco. El verificador me aclara que entre las compañías A y C no hay ninguna relación (salvo, quizás, el color que utilizan como identificador de su imagen), y concluye que así no se puede dar por bueno el proceso de verificación, que hay que volver a empezar, que me llamara la persona de la compañía B con la que había repasado los datos en primera instancia. Lo siento mucho, buenas tardes, adiós.

Todavía sin haberme repuesto del trance, vuelve a sonar el teléfono (el de la compañía A o, a esas alturas, puede que de la C). Es, de nuevo, el primero de mis interlocutores. Comienza por poner en mi conocimiento que, si los datos que amigablemente pactemos no superan la dichosa verificación, no será posible realizar en un plazo razonable la portabilidad de mi teléfono a la compañía B. Vuelta a repasar nombre, DNI, dirección, etcétera, hasta llegar al momento culminante: reafirmar el deseo de que el teléfono pase de la vieja compañía (¿?) a la compañía B

Llegados a este punto, le confieso que la única y demostrable verdad es que jamás he tenido un contrato con la compañía C, sino que siempre lo he tenido con la compañía A. Mi interlocutor, con un suspiro de quien ya ha librado esa batalla en otras ocasiones, me advierte solemnemente de que no me empeñe, que, vaya usted a saber por qué designio del dios de las telecomunicaciones, en su libro digital de Petete aparece que mi número de teléfono es de la compañía C y no de la A, y que si insisto en mantener mi verdad aquello se va a complicar y la susodicha portabilidad va a demorarse sine die. Por tanto, me conmina a que, cuando reciba, de nuevo, la llamada del verificador, no me ande con chorradas y acepte humildemente verificar que mi teléfono es de la compañía C y no de la A, y resolver así, de una vez por todas, un asunto que amenaza con amargarnos la tarde a ambos. Vale, le digo; y, por lo bajini, añado: “E pur si muove”. 

Cuando acto seguido me llama el verificador, no puedo resistirme y, a riesgo de echar por tierra el negocio, le cuento que su colega me ha conminado a admitir que mi teléfono es de la compañía C y no de la A, pero que no me parece correcto andar diciendo trolas de ese tipo. El ínclito, al parecer también versado en esas lides, me dice que me tranquilice, que el proceso de verificación se graba y que, llegado el momento, diga lo que me parezca conveniente. 

Pena de grabación, porque no recuerdo exactamente las palabras que utilicé cuando llegó el momento fatídico, aunque mi intención fue la de no admitir lo que no era cierto, pero hacerlo de tal forma que la tarde no se convirtiera en una pesadilla. Al parecer, lo conseguí. El verificador me dio las gracias por mi colaboración, me dijo que todo estaba correcto, que mis datos habían quedado convenientemente verificados (sic), y que podía proclamar a los cuatro vientos que pronto mi teléfono ya no iba a ser ni de la compañía A ni de la C, sino de la B, que a fin de cuentas es la fetén. Pasados los días, independientemente del juego de las A, B y C, me sigo preguntando cuál es el meollo de la verificación. Debe ser una cuestión que solo está al alcance de personas iniciadas en el ocultismo telefónico.

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