Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

Asientos con ventanillamarzo 2015

En la relación de derechos que los seres humanos hemos ido recopilando a lo largo de nuestra singladura echo en falta al menos tres: los derechos a equivocarse, a contradecirse y a rectificar. Probablemente no se han catalogado porque son tan consustanciales con la condición humana que no necesitan ser reconocidos explícitamente: el personal hace o dice; luego, cambia de parecer y pasa a hacer o decir justo lo contrario. Y, si se tercia, se repite el ciclo cuantas veces haga falta. Sin más.

Hay que asumir, por tanto, que la inconsistencia a la hora de tomar decisiones forma parte de nuestros usos cotidianos. Sin embargo, aun aceptando la capacidad del ser humano de conquistar altas cotas de inverosimilitud en cualquier faceta en que se lo proponga o hasta sin intención de hacerlo, siempre hay alguien que logra sorprender por su capacidad de llevar el ejercicio de los citados derechos por los más insondables vericuetos de la lógica. Ocurrió en un reciente viaje.

Cuando uno viaja en avión, aunque comienza a estar cada vez más en boga llevar previamente impresa la tarjeta de embarque, sigue siendo habitual que uno vaya al mostrador de la compañía con la que viaja, facture su equipaje y obtenga la tarjeta de embarque, en la que se le indica el asiento que debe ocupar en el avión.

Según la disponibilidad de asientos y el grado de cordialidad de la persona que expide las tarjetas, es posible que a uno le pregunten si prefiere un asiento con ventanilla o junto al pasillo (los de en medio no suelen tener demanda). También puede darse el caso -no demasiado improbable- de que usted viaje acompañado y que la fatalidad haga que les sean asignados asientos no contiguos (lo que sólo suele tener remedio ya dentro del avión, si las circunstancias lo permiten y las personas de alrededor son mínimamente amables).

En un vuelo reciente, en el que viajaba con mi mujer, nos fueron adjudicados sin derecho a réplica un asiento junto al pasillo y el contiguo de en medio. Como era previsible, al cabo de unos instantes apareció la señora que tenía adjudicado el asiento con ventanilla.

Enseguida nos dimos cuenta de que dicha señora no viajaba sola, sino que iba acompañada de un caballero, que ocupó el asiento con ventanilla ubicado en la fila anterior, justo delante del asiento de nuestra vecina. Y como parecía evidente que la señora estaba frustrada por no poder compartir el viaje con su acompañante, mi mujer, que ocupaba el asiento de en medio junto al de la señora, haciéndose cargo de la situación, la animó a esperar unos minutos para tratar de resolver el problema e incluso le sugirió la posibilidad de que unos asientos contiguos quedaran sin ocupar y posibilitaran que ella y su acompañante se sentaran juntos.

Estaba criticando para mis adentros la consumada habilidad de la persona encargada de repartir los asientos para colocar separados a la señora y a su acompañante en un vuelo que no iba a completar todas sus plazas, cuando escuché con perplejidad que la señora decía a mi mujer que no se preocupara, que habían solicitado expresamente dos asientos con ventanilla porque ambos, ella y su acompañante, querían disfrutar del viaje contemplando el paisaje.

Tras un intercambio cómplice de miradas y sendos encogimientos de hombros, procedimos a acomodarnos definitivamente en nuestros asientos convencidos de que: uno, la señora y su acompañante estaban sentados donde estaban porque así lo habían querido; dos, lo que nos había parecido una inequívoca sorpresa por parte de la señora al comprobar que tenían asientos separados, no había sido sino un transitorio cambio de opinión sobre la decisión previamente adoptada; tres, superada la duda inicial, ambos parecían dispuestos a hacer el viaje en sus respectivos asientos con ventanilla.

Sin embargo, tras el despegue, cuando ya estábamos en trance de sumergirnos en las correspondientes lecturas viajeras, la señora decidió hacer uso, de nuevo, de sus inalienables derechos. Y nos anunció que definitivamente (sic) había decidido cambiarse de sitio, tras lo que se trasladó al asiento de en medio -que no había sido ocupado- contiguo al asiento con ventanilla de su acompañante.

La conclusión es inevitable: para salvaguardar los derechos a equivocarse, contradecirse y rectificar y, al tiempo, evitar estresantes incertidumbres a otros pasajeros, debería ser preceptivo que en los aviones se instalaran asientos expresamente diseñados para parejas cuyos integrantes deseen viajar juntos y, además, tener asientos con ventanilla. Ambos.

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