Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

Atrapado en el gimnasiooctubre 2015

Hay veces en que uno se ve inmerso en una situación tan poco verosímil que, cuando luego se la cuenta a alguien y va observando la cara que pone el escuchante, siente la necesidad de hacer hincapié en que lo que está relatando es rigurosamente cierto y que, además, no está exagerando los detalles de la narración para hacerla más sugestiva.

Hace años, solía ir a un gimnasio cercano a mi domicilio. Su principal atractivo -nada desdeñable, si se acostumbra a acudir con asiduidad- era precisamente que sólo empleaba unos minutos en llegar hasta allí. Por lo demás, era una instalación bastante limitada, llevada por gente de buena voluntad, pero que funcionaba al estilo compadre.

Era un sábado de verano y la situación meteorológica invitaba más a ir a la playa a darse un baño que a meterse a sudar en un sótano al que ni siquiera llegaba luz natural. Pero cada uno tiene sus preferencias, y la mía era no perdonar la sesión de gimnasio, habida cuenta de que la instalación cerraba desde el mediodía del sábado hasta el lunes.

Un rato antes de que llegara la hora de cerrar me quedé sólo haciendo las últimas series, ya que el resto del reducido grupo que había elegido dedicar al machaque las últimas horas de aquel mediodía estival se había retirado a los vestuarios (la proximidad a mi domicilio me permitía ir vestido con ropa de faena y volver a casa a ducharme).

Cuando faltaban apenas unos minutos para el cierre, subí a la planta superior, en la que estaba ubicada la recepción. No había nadie y la puerta de la calle estaba cerrada. Volví al sótano en el que estaban los espacios deportivos y los vestuarios y eché unas voces: ¡eh! ¿hay alguien por ahí? Nadie respondió. La conclusión era obvia: me habían dejado encerrado.

No se me ocurría la forma de salir por la puerta y el par de tragaluces que daban a la calle apenas tenían amplitud como para sacar la cabeza. Un nuevo paseo por el sótano en busca de un inexistente patio interior que ofreciera alguna alternativa factible me llevó a admitir que no había escapatoria. Estaba atrapado en el gimnasio.

Aunque parezca mentira, todavía no había teléfonos móviles. El fijo que había en la recepción me permitió llamar a casa y, tras rebuscar por los cajones, intentar contactar con algún baranda del gimnasio en un par de números de teléfono que intuía que podían ser los de sus domicilios. Nadie respondía. No quedaba otro remedio que tomar una decisión drástica: llamar a la policía municipal.

Tras tratar de explicar la situación y observar que mi interlocutor no las tenía todas consigo, le propuse que llamara al teléfono del gimnasio para que comprobara que no le estaba tomando el pelo. Lo hizo y, tras dejar de lado sus recelos, pasó a no poder disimular el cachondeo. Me aconsejó que volviera a intentar buscar a alguien que me abriera la puerta, porque la otra alternativa era ¡llamar a los bomberos! Me los imaginé llegando al gimnasio entre sirenas y luces, y opté por seguir intentándolo. Nadie respondió. Cuando al cabo de un rato llamé de nuevo al munipa, me preguntó, con mucha sorna, si todavía seguía en el gimnasio.

A los pocos minutos los vi llegar: un camión y un coche rojos, con sus luces de emergencia encendidas. Tuvieron la discreción de no utilizar las sirenas. Pero, aunque era la hora de la comida o la siesta, es inaudita la rapidez con que la gente se moviliza para asistir al espectáculo de ver actuar a los bomberos.

Desde el ventanuco que daba a la calle observé cómo se acercaban con actitud decidida y armamento como para echar abajo el inmueble. Les pedí que trataran de no hacer un destrozo. Tras analizar el terreno, decidieron que iban a desmontar desde la calle el marco del tragaluz. Dicho y hecho. Y como uno siempre ha sido más bien flaco, con una escalera y la ayuda de un bombero conseguí salir por aquella abertura, aunque no sin montar un interesante número acrobático.

Volvieron a colocar el marco. Me tomaron los datos. Les di las gracias. Y se fueron con sus vehículos y sus luces. Me fui a casa sin levantar mucho los ojos del suelo para no ver las caras del público presente.

El lunes siguiente me acerqué al gimnasio. Ya les habían informado del suceso. Sólo les confirmé que era el menda quien se había quedado atrapado en el gimnasio. Desde aquel día me pareció que me vigilaban estrechamente cuando se acercaba la hora de cerrar.

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