Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

Consignamarzo 2016

Aunque alguno de los partidos políticos (¡adivina, adivinanza!) no lo hiciera hasta el siglo XXI, a día de hoy hay consenso político en condenar la dictadura franquista. Otro gallo le canta a la memoria histórica, asunto en el que algunos prefieren ponerse de perfil y otros confunden a veces la magnesia con la gimnasia.

Cada uno vivió el franquismo como pudo o como le dejaron. Y tiene sus recuerdos: buenos, malos y alguno que no logró catalogar hasta que el paso del tiempo le dio su verdadera dimensión. Es el caso de cierta experiencia vivida en la escuela nacional a la que asistí durante algunos años, a finales de los 50 y principios de los 60 del siglo XX.

En las escuelas nacionales, a las que íbamos quienes teníamos escasos medios económicos, se cursaba una especie de educación primaria, que culminaba con un certificado de estudios que a los 14 años facultaba para el acceso ipso facto al mundo laboral.

Los maestros que me tocaron en suerte no parecían mala gente, pero, eso sí, eran unos fachas de tomo y lomo. Después de que recién cumplidos los 10 años dejara la escuela nacional, necesité algún tiempo para entender el valor simbólico de aquellos cánticos que, tras formar filas con rigurosa liturgia militar, entonábamos cada mañana mientras íbamos camino de las aulas. Pero todavía necesité algunos años más para llegar a tomar conciencia del significado que en la escuela nacional de aquel tiempo tenía la palabra consigna.

Cuando uno tiene edad de un dígito, cualquier excusa es válida para pasar un rato dibujando o pintando. Ese era el caso del tiempo dedicado a escribir consigna en la parte superior de cada página de un cuaderno, con los caracteres, los adornos gráficos y los colores que en cada momento brindara la inspiración infantil. Bajo aquel título que con todo candor dibujábamos tratando de aportar originalidad a cada nuevo diseño, la página debía ser completada con una frase que el maestro de turno escribía en una pequeña pizarra ad hoc, donde permanecía presidiendo el aula durante el periodo de vigencia de aquella consigna

En la mayor parte de las ocasiones no entendí casi nada del supuestamente trascendental mensaje que encerraba aquella consigna. Por suerte, he conseguido olvidar la mayor parte de aquellas frases, pero no una de ellas, que me ha servido para ser consciente de lo enfermas que tenían las mentes los responsables de aquel siniestro intento de adoctrinamiento (y las responsables, que también existía la Sección Femenina de infausto recuerdo).

La inolvidable frasecita era: “Si te dicen que caí, me fui al sitio que tengo allí” (el significado del texto no tiene desperdicio). Confieso que haber sabido a posteriori que se trata de un trozo de la letra del “Cara al sol”, el himno por excelencia de la Falange Española (que, a lo peor, formaba parte del repertorio musical de las mañanas), me ha llevado a ser más radical y visceral en la condena de los usos y malas costumbres de aquella época. Porque nosotras, las criaturas a las que pretendían adoctrinar, teníamos muy pocos años y, además, muchas pertenecíamos a familias que tenían conciencia de haber perdido la guerra, aunque el silencio que en la época se mantenía al respecto fuera casi sepulcral, por si las moscas.

Me alegro de que para la mayor parte de las y los jóvenes la palabra consigna sólo signifique “local en que los viajeros depositan temporalmente equipajes”, pero sería deseable que supieran que en otro tiempo tuvo también una acepción perversamente educativa. Por si las moscas.

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