Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

El Día Vmayo 2021

A finales de 2020 entraron en escena las vacunas anticovid-19. Era el principio del fin de la pandemia. Se iniciaba la cuenta atrás. Un momento clave, sobre todo para quienes, por edad o por tener “patologías previas”, formábamos parte de “colectivos vulnerables”. ¡Por fin se iban a acabar los meses de confinamiento obligado o de cuasi confinamiento voluntario! Las noticias sobre la llegada y distribución de las vacunas pasaron a ser las más esperadas. El futuro estaba en los viales de un preparado de antígenos que, aplicado a un organismo, provoca en él una respuesta de defensa, que es como define vacuna el diccionario de la RAE. En mi caso, salir de casa lo indispensable para hacer un poco de deporte al aire libre iba a dejar de ser el único contacto con el mundo exterior. La operación vacuna estaba en marcha. Cada día estaba más cerca que me llamaran para decirme que era el siguiente de la lista.


Pero el invierno fue largo y la primavera se inundó de colores sin traer la buena nueva. Hasta que un día mi amigo J, el que hizo la mili en África, me avisó de que acababan de llamar a los de su quinta; la siguiente era la mía. Había que estar atento para coger cita antes de que colapsara el sistema. Porque, como me advirtió mi amigo, dicen que lo tienen todo digitalizado, pero puedes pasar el día delante del teclado o llamando por teléfono. Seguí su consejo y conseguí mi turno. Un gozoso día del mes de las flores quedó señalado en mi calendario como el Día V

La larga espera certificaba que no había sido incluido en ningún grupo de riesgo, pero, como conozco el percal, decidí mover pieza. “Llamo porque no quiero ponerme en la cola para vacunarme y provocar un tapón cuando alguien repare en mi historial médico”. Con esta letanía comenzaba las explicaciones que tuve que dar, varias veces, a las señoras que sucesivamente me cogieron el teléfono. Tras mucho insistir y escuchar repetidamente, en bilingüe, lo de “si llama para…, pulse…”, conseguí llegar hasta la persona indicada, que resultó no ser otra que una enfermera de mi centro de salud. Tras estudiar el caso y hacer las oportunas consultas, me dijo que había hecho bien en llamar, pero que no había ningún problema: el Día V sería vacunado. Con AstraZeneca, para más señas. 

A la Hora H prefijada me presenté, en perfecto estado de revista, en el vacunódromo instalado en la plaza de toros o lo que sea (también se juega a baloncesto) de Illumbe. Cuando ya tenía el brazo despejado y la enfermera esgrimía la jeringuilla, comenzó a hacerme las preguntas de rigor: “usted no tendrá…., ni….”. Respondí sinceramente, advirtiendo que ya había hecho las consultas pertinentes y me habían dado las bendiciones. Me miró con ojos que denotaban una sonrisa cómplice bajo la mascarilla, enfundó el arma, y me sugirió que esperara un rato, que iba a hacer una consulta. Mientras esperaba se acercó varias veces para decirme que no se olvidaba de lo mío y asegurarme que ese día salía se allí vacunado, sí o sí. Con AstraZeneca o con lo que hiciera falta. Encantadora. Y un poco ingenua. 

Al cabo de una hora compareció la que debía tomar la decisión. O eso creí. Me invitó a hacerle un resumen, momento que aproveché para subrayar que todo había sido previamente consultado y supuestamente resuelto. Pero ella, concienzuda, quería cerciorarse de que AstraZeneca era la adecuada para mí. Pasó otra hora antes de que volviera para decirme que le faltaba un último plácet. Para entonces, llevaba un buen rato repitiendo, una y otra vez, ida y vuelta, el corto paseíllo -exactamente cinco pasos- que permitía el lugar en que me habían ubicado mientras evacuaban consultas. Debió pensar que estaba nervioso e insistió en que me sentara y estuviera tranquilo. Le puse al corriente de que el problema no era mi estado emocional, sino que allí hacía un frío que pelaba. Y me sugirió que me fuera a tomar el sol.

La tercera hora de espera la pasé recorriendo los alrededores hasta que, cuando mi paciencia estaba al borde de la quiebra, recibí la llamada definitiva. Alguien había decidido que AstraZeneca no era la mía, así que ese día no me tocaba. Ni esa vacuna ni ninguna otra. Como dijo mi amigo J cuando le conté el episodio, “ningún piloto se atrevió a subirse al avión”. La vocera me pidió disculpas y me informó de que ya me llamarían para darme una nueva cita. Sería con Pfizer o con Moderna. Le recordé que había hecho la consulta previa precisamente para evitar lo que estaba ocurriendo. Intuí su encogimiento de hombros; me aseguró que me llamarían enseguida. 

No quedaba otra que volver a casa y esperar un nuevo Día V. Para colmo del recochineo, al poco recibí un mensaje -¡maldito sistema!- en el que se me citaba para recibir la segunda dosis. Decidí echar el resto de la mañana para avisar de que no me habían puesto la primera y que, por tanto, la cita no era pertinente. Una nueva sesión de “si llama para…, pulse…”, rematada, varias veces, con un aquí estamos a tope, así que mejor si te lo piensas. A la que finalmente me atendió le expliqué que de segunda dosis nada, que lo que quería era una cita para la primera y tal. Tranquilo, todo está controlado, me aclaró después de hacerse un lío para explicarme que la cita que no venía a cuento la había enviado el ordenador de forma automática y, de paso, decirme que su negociado no era el de primeras citas. Me quedé mosqueado. Y con razón. Porque, pasados un par de días, un espía me chivó que en el sistema seguía figurando como candidato a la segunda dosis de AstraZeneca. Hasta ahí llegó mi paciencia. 

Vuelta al “si llama para…, pulse…”, hasta que pude explicar a otra señora las razones de mi estado de cabreo. De inmediato me puso al corriente de que el sistema solo le permitía dejar constancia del asunto mediante una incidencia (sic). Con el tono más intimidatorio posible le pedí que me pasara con su jefe, con el jefe de su jefe o, siguiendo la jerarquía, hasta llegar al mandamás más cualificado del tinglado sanitario vasco. Impertérrita, aguantó el chaparrón y, amablemente, me dijo que lo suyo eran las incidencias, y que la otra alternativa era llamar a mi centro de salud. Es decir, volver a los orígenes e iniciar de nuevo la peregrinación. “Si llama para…, pulse…”. Vuelta a poner voz de enfadado y a contar la historia. La nueva estaba más entrenada. En cuanto insistí, me aclaró que ella era solo un filtro y que, si lo que realmente quería era hablar con el centro de salud, me pasaba ipso facto. Una vez que saludé a la enésima interlocutora me dije que aquella era la definitiva, mi última oportunidad antes de resignarme a ser el último vacunado de Euskadi

Tuve que amenazar con personarme en el centro de salud y declararme en huelga de hambre. En serio. Y conseguí que me creyera capaz de hacerlo. Me prometió que hacía una gestión y me llamaba. Le aseguré que si no lo hacía me iba a presentar allí, dispuesto a cumplir mi amenaza. Tranquilo, que le llamo. Después comprendí que inmediatamente después apretó el botón del pánico. En apenas diez minutos me llamó un señor -el primero y, al parecer, único del sistema- y me ofreció una cita para vacunarme con Pfizer al cabo de pocos días o, si prefería con Moderna, incluso antes. Y no solo me envió de inmediato un mensaje confirmando la cita para la primera dosis, sino también otro dándome fecha y hora para la segunda. Quedó claro que el sistema funciona. 

El Día V definitivo fui a ponerme mi dosis. Esta vez no me mandaron a la plaza de toros, sino a un discreto habitáculo de un centro de salud. Apenas tuve que esperar dos minutos antes de entrar en la sala de autos. La enfermera, ajena a la conspiración, intentó preguntarme sobre mi historial médico. No le di opción. Le dije que estaba todo atado y bien atado, que procediera. Y me la puso. En tres semanas, la segunda dosis. Después, pasado el plazo correspondiente, me haré un test de anticuerpos. Por si acaso. A estas alturas, no me fío del sistema.

Otros textos de  'Anecdotario'

¿Quieres hacer algún
comentario sobre este texto?

Contacto
contacto





Información básica sobre protección de datos.

Responsable: Javier García Aranda.
Finalidad: gestionar la suscripción al blog y la comunicación entre el autor y el usuario o la usuaria; moderar los comentarios que se realicen sobre el contenido del blog.
Legitimación: consentimiento del interesado o interesada.
Destinatarios: no se cederán datos a terceros, salvo por obligación legal.
Derechos: acceder, rectificar y suprimir los datos, así como otros derechos recogidos en la política de privacidad.