Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

El estigma de Mordorjulio 2017

Cuando a uno le proponen realizar en pleno mes de julio una travesía por la Sierra de Aralar y rematarla con la ascensión a Hirumugarrieta (1427 m.), se imagina caminando entre frondosas hayas y verdes prados en una luminosa mañana estival. Y, a pesar de la experiencia que da vivir desde siempre en esta tierra, lo que no espera es bajarse del coche y encontrarse en mitad de la niebla, con una visibilidad de apenas unas decenas de metros, a poco más de diez grados y con el temor de que el casi imperceptible sirimiri pase a mayores.

Pero una vez metidos en harina, no es cuestión de rajarse a las primeras de cambio. Josemi, el más veterano del grupo, decide “ponerse algo” sobre la camiseta veraniega, pero “sólo hasta entrar en calor”; Josemari, el tercer miembro de la cordada, no titubea para iniciar la marcha en manga corta (atuendo que mantendrá hasta llegar a la cima); el menda, con tres capas de prendas sobre el cuerpo, decide reservar el chubasquero por si la cosa empeora, prescinde de gafas y gorra porque el sol no tiene pinta de aparecer, y se coloca una cinta en la frente -¡ojo al dato!- para impedir que el sudor llegue a los ojos.

Debo confesar que sólo he visto algunas secuencias aisladas de la saga del Señor de los Anillos. Pero he sabido de la existencia de Mordor -la tierra negra de las narraciones de Tolkien- porque es el término sélfico que suelen utilizar jóvenes de mi entorno para referirse a la sensación que produce enfrentarse a la tradicional climatología vasca, sobre todo cuando se regresa a estos lares tras haberse garbeado por lugares más soleados.

Pues bien, el día de autos, tras una hora larga de andar el camino y una vez iniciada la ascensión al objetivo final, aquello empieza a parecer más una expedición por Mordor que un paseo veraniego: viento racheado y arreciando, sensación térmica invernal, niebla cada vez más espesa que impedía ver las marcas que señalan el recorrido. En suma: aquello tenía más pinta de acabar en drama -perderse en Aralar con esa climatología no es un tema menor- que en éxito montañero.

El asunto tuvo su dificultad aventurera, pero acabó felizmente: logramos hacer cumbre y, aunque en la bajada casi nos perdemos, de pronto se levantó la niebla y se hizo la luz. Como mandan los cánones, volvimos inmediatamente a los usos propios de la estación (incluidas gafas, gorra y crema para el sol). Y rematamos la excursión admirando el paisaje que se nos había ocultado durante el resto de la mañana.

Las secuelas -y no precisamente en forma del esperado cansancio- aparecieron unas horas más tarde, cuando mi mujer Toñi reparó en que tenía quemada la piel de casi toda la cabeza -en particular las generosas entradas y la incipiente coronilla-. Este dato sirvió para certificar que, efectivamente, habíamos pasado buena parte de la mañana en Mordor, donde, al parecer, hay unos rayos maléficos que pueden achicharrarte el cráneo en mitad de las tinieblas. Y, además, dejando un inquietante estigma: una línea perfecta en mitad de la frente que separa la parte superior, colorada como un cangrejo, de la parte inferior, del tono de mi palidez congénita. ¿Tendría algo que ver con la cinta que había llevado puesta mientras nos adentrábamos en Mordor?

Para mayor escarnio, el aspecto no era de quien ha ido a esquiar o ha tomado el sol en un yate y luce el contorno que le han dejado unas gafas ad hoc, sino que era como el de los que se pintan la cara con los colores de su equipo favorito. Si al menos el resultado hubiera sido llevar la cara coloreada de azul y blanco como corresponde a quien tiene querencia por la Real, pero ¡tener que andar por la vida de rojo y blanco como si uno fuera del Athletic! Sólo queda el triste consuelo de comprobar que, con el paso del tiempo, aquello va adquiriendo paulatinamente el tono desvaído de... un helado de nata y fresa.

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