Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

El hombre del lorojunio 2018

Los sonidos que emiten las calles de las ciudades tienen un amplio abanico de matices, que van evolucionando con el desarrollo de la tecnología y los cambios en el modo de vida. Por ejemplo, quienes nacimos en las décadas centrales del siglo XX hemos oído cómo a lo largo de los años aumentaba el nivel de ruido generado por el vertiginoso incremento del parque de vehículos a motor; y según el barrio en que vivamos, es también muy probable que hayamos observado cambios importantes en los sonidos producidos por los grupos de niñas y niños que jugaban en las calles y que, tanto por su menor cantidad como por la implantación de hábitos de ocio menos callejeros, han ido disminuyendo de forma apreciable.

Un fenómeno que se ha intensificado en las últimas décadas, sobre todo en las calles más transitadas de las ciudades, es la presencia de músicos que, con mayor o menor grado de afinación, llenan el aire con las melodías más variadas a la espera del óbolo que les permita ir sobreviviendo. Es por eso que hace unos días me sorprendió el ruido musical que llegó a mis oídos mientras caminaba por una calle de un barrio nuevo y relativamente alejado del centro de la ciudad. Tras un breve instante de escucha, descarté que aquella música pudiera provenir de un grupo callejero al uso: el sonido era claramente enlatado y, además, su estridencia era más que notable (no pretendo herir susceptibilidades de l@s aficionad@s al género, pero se trataba de una especie de reguetón que merecería ser incluido en el repertorio de la “música de gasolineras” que tanto gustaba a José María Íñigo).

Mi nivel de estupefacción alcanzó el máximo nivel cuando descubrí que el origen del despropósito musical era un hombre con un loro. El sujeto caminaba alegremente al ritmo de la supuesta melodía, ataviado con una vestimenta más propia de verano caribeño que de la lluviosa y húmeda temporada que estamos sufriendo por estas latitudes norteñas. A quienes no estén al loro del argot vigente en las décadas del desarrollismo del pasado siglo, les sugiero que consulten la entrada loro en el diccionario de María Moliner, donde encontrarán que una de las acepciones es “radio o radiocasete”, o el diccionario de la RAE, que sólo menciona “radiocasete”. 

En efecto, el causante del infernal ruido callejero que iba dejando tras de sí un reguero de personas incrédulas -las más añejas, como es mi caso, amagaban una media sonrisa- era un ejemplar de una especie que creía extinguida: la formada por hombres, mayormente jóvenes, caminando acompasadamente al ritmo del sonido emitido por el loro que llevan colgando de una de sus manos o, más genuinamente, apoyado en uno de sus hombros; la música puede provenir de una radiofórmula (sic) o, con mayor probabilidad, de una casete.

Hay otras especies que con el paso de los años han ido sustituyendo a la descrita. La más conocida es la formada por conductores de coche, probablemente tuneado, que circulan, sobre todo en horario nocturno, con la ventanilla bajada y el equipo de sonido emitiendo a todo volumen música bacalao (aunque es muy posible que el repertorio esté derivando hacia el reguetón). Pero nada comparable al original, al genuino, al incomparable hombre del loro, al que, en plan cultillo y según traducción googlera, podríamos denominar homo cum psittacus.

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