Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

KARAOKEmarzo 2017

Como otros muchos y muchísimas otras, fui instruido durante largos años en los usos socio-religiosos del nacional-catolicismo. Tras una infancia llena de semanas santas sin música, llegó una época en la que las misas con guitarras y canciones folk parecían aportar algo de aire fresco al rancio incienso secular. Pero no tardó en llegar el momento de pasar página: la distancia entre los sermones y la vida real era de tal calibre que, aunque Jesús de Nazaret siempre me ha parecido un personaje histórico magnífico, decidí que estaba tan lejos del catolicismo como de las pseudoreligiones esotéricas que empezaban a proliferar.

Un ejemplo significativo de los rituales de la época era el mea culpa, que se repetía tres veces, con acompañamiento de sendos golpes en el pecho, en el momento culminante de la oración conocida como el “yo pecador. Y como desde hace tiempo he dejado de seguir de cerca los cambios en las ceremonias católicas, debo entonar de antemano el mea culpa porque mis opiniones al respecto pueden no ser fidedignas, ya que no están sustentadas en datos empíricos contrastados. Asisto a bautizos, comuniones, bodas o funerales por cariño y respeto hacia las personas a quienes se dedican los actos litúrgicos, pero no por devoción religiosa.

Aunque hay honrosas excepciones -como la del sacerdote que administró con una mezcla insuperable de naturalidad y delicadeza la extremaunción a una familiar muy querida-, la asistencia a la mayor parte de estos eventos es como entrar en un túnel del tiempo, en el que casi todo resulta extemporáneo: desde el oficiante que larga a las criaturas que van a recibir la primera comunión un sermón sobre Melquisedec (sic), hasta el que, como si de una misa de colegio se tratara, abronca a los asistentes por no limitarse a “dar la paz” sólo a quienes están a su lado, pasando por el que hace un análisis simplón y tendencioso sobre la problemática social. 

Sin embargo, antes incluso de que el papa Francisco hiciera acto de presencia y que quienes son más papistas que el papa trataran de boicotearlo, hay unos elementos que indican que la modernidad ya había llegado a los templos católicos: los artilugios en los que se va apuntando cómo seguir la literatura de la ceremonia y/o donde se van mostrando las letras de las canciones.

Para quienes gustamos de cantar, es todo un detalle que se ofrezca este servicio de karaoke, denominación que empleo con todo respeto (para ver la seriedad del asunto basta ver como se lo toman los japoneses, que son los que inventaron la palabra) y sin perjuicio de que, en algunos casos, el tamaño de la pantalla y/o de la letra sea poco apta para mayores.

Maestros tiene la santa madre Iglesia -dicen- para cavilar por qué la liturgia católica moderna no saca más partido a la música. En todo caso, para intentarlo, deberían revisar en profundidad el repertorio, porque, salvo excepciones realmente emocionantes, la banda musical suele ser poco atractiva y bastante cursi.

Una época del año ideal para comprobar el buen servicio de los karaokes y, al tiempo, el inmovilismo musical de la Iglesia Católica es el mes de mayo, el mes de las flores, en el que seguro que todavía siguen vigentes las novenas o similares dedicadas a la Virgen María. Y apuesto un óbolo a que se seguirá cantando aquella que empieza por “Venid y vamos todos, con flores a María”, y que sigue con una de las frases más enigmáticas que he oído en mi vida, religiosa y civil: “con flores a porfía”.

Según el diccionario de la RAE, “a porfía” es una locución adverbial cuyo significado es “con emulación y competencia”. Interpretada en sentido estricto, parece dar a entender que no es suficiente con llevar las flores con devoción, sino que el acarreo florar debe ser realizado de forma competitiva; algo así como yo llevo más y mejores flores que tú. No estaría de más que el asunto se aclarara, sobre todo para que los niños y las niñas que conserven la tradición de las flores y los cánticos no se vean en el trance de tener que competir o, lo que es más probable, tengan que vivir con una duda permanente sobre el enigmático significado de “a porfía”.

Aunque en su día se cambió hasta la letra del padrenuestro, la locución “a porfía” parece poco proclive a ser modificada. Porque a ver quién busca una alternativa que rime con María y no provoque la zozobra musical de quienes tienen -tenemos- interiorizada la versión original. Una buena solución sería dar una explicación de que se trata de una porfía santa (algo parecido a la envidia santa que me recomendó en su día un fraile para incentivarme a sacar mejores notas que otros). Y, en mi laica opinión, la mejor manera para hacer saber la explicación a la concurrencia sería ponerla, junto a la letra de la canción, en el correspondiente karaoke.

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