Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

La dieta de la alcachofafebrero 2019

Había oído hablar de ella, aunque no conocía su intríngulis. Sospechaba que su fama estaba relacionada con las propiedades de ese apreciado producto de la huerta que es la alcachofa. Pero hasta hace poco no había intuido que la clave del asunto pudiera radicar en la cantidad de alcachofas que se incluyan en la susodicha dieta.

Ha sido en un reciente viaje a Sevilla. No pude disfrutar demasiado del color especial de la ciudad del que habla la conocida canción, ni estoy de acuerdo en que allí la lluvia sea siempre una maravilla (sobre todo si hace acto de presencia todos los días). Pero pude comprobar de primera mano la pureza radical de su oferta culinaria en lo que se refiere a comida para raros, que es la que, por obligación y un poco por devoción, suelo degustar cuando viajo (y, por supuesto, también cuando como en casa).

Esta vocación hizo que mi mujer Toñi y yo nos acomodáramos en un restaurante de cierto postín que presumía de tener comida para celíacos, veganos y demás especies raras culinariamente hablando. Tras haberme informado sobre qué platos garantizaban que no iba a quebrantar mi estricta dieta, me decanté por iniciar el ágape con unas alcachofas. Por supuesto, hay una testigo que da fe de que en la carta el referido plato aparecía anunciado tal cual: alcachofas. En plural. Además, la testigo decidió secundarme, y también se apuntó a degustar las alcachofas.

Debo reconocer que la simpática camarera que nos atendió ya nos había dado un aviso (como los que de vez en cuando le caían a Curro Romero en La Maestranza), pero no habíamos captado el alcance de su advertencia. Porque cuando, para no encargar comida en demasía, Toñi le había preguntado sobre el tamaño de las raciones, ya nos había dicho que en general estaban bien, pero que no era el caso de las alcachofas.

Habíamos decidido compartir los platos. Lo hicimos con el segundo (pescadito frito: ración exigua para el saque de una pareja del norte) y con el tercero (el arroz que nos sacó del hambre). Pero, a la vista de la profecía de la camarera, habíamos optado por no compartir las alcachofas. ¡Menos mal! Porque si lo hubiéramos hecho aquello podía haber acabado en tragedia culinaria.

Cuando la sincera camarera nos trajo sendas raciones de alcachofas (sic), vimos con estupor que cada una de las raciones consistía en UNA ÚNICA ALCACHOFA estratégicamente colocada en un grandísimo y majestuoso plato con un huequito ad hoc en el centro. Y no se crean que venía acompañada de una espléndida guarnición de alguna otra especie vegetal o animal que, además de embellecer aquel tesoro culinario, pudiera saciar nuestro apetito. La solitaria alcachofa sólo tenía como aditamento una yema de huevo de codorniz que, situada justo debajo, ejercía como de almohadilla. ¿Se imaginan el problema que hubiera supuesto el reparto de la dichosa yemita si hubiéramos decidido compartir también aquel plato? Eso sí: la alcachofa estaba deliciosa. ¡Como para habernos comido al menos una docena! (A poder ser sin el acompañamiento de la docena de yemas, para no causar un desparrame de nuestro nivel de colesterol.)

Para cuando acabamos el pescadito frito y el salvador arroz que pedimos con urgencia a la vista del descalabro alcachofero, además de haber comprobado que también en Sevilla está vigente el culinary mantra que predica que uno se sienta a la mesa para experimentar placeres etéreos y no para alimentarse, también había comprendido el secreto de la dieta de la alcachofa. En singular.

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