Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

La maldición de la tildeabril 2018

La Semana Santa de este año de gracia ha sido especialmente tenebrosa. No sólo por la visión y audición de la última versión coral de “El Novio de la Muerte” -la cual ha contado con la sospechosa aportación de una cualificada representación del gobierno pepero-, sino porque ha vuelto a cruzarse en mi camino una antigua y traicionera enemiga. 

Todo comenzó cuando desapareció misteriosamente de este blog un texto recientemente publicado: A propósito de la prisión permanente revisable. Las reflexiones planteadas en el texto no eran nada heterodoxas, pero el deseo de añadir un poco de aventura a la semana de pasión me llevó a imaginar la posibilidad de haber sido víctima de un ataque de la neocensura que nos invade, la cual sólo podía haberse llevado a cabo con la complicidad de quienes manejan los inframundos de internet.

Para investigar las causas de la desaparición, mis limitados conocimientos en la materia me llevaron a comprobar si había algún problema con otros textos del apartado del blog en que estaba ubicado el texto desaparecido. Y hete aquí que, aunque a la mayoría de ellos se podía acceder sin ningún problema, al tratar de abrir algunos otros aparecía un críptico mensaje: las cifras 4 0 4 escritas en gran tamaño, seguidas de un texto en inglés cuyo significado profundo no alcanzaba a descifrar. La situación alcanzó niveles de pánico cuando al intentar acceder a otros textos del blog elegidos al azar unos se abrían y otros llevaban irremisiblemente, una y otra vez, al mismo frustrante mensaje.

El enigma estaba servido. Sólo había que averiguar qué tenían en común los textos que no se podían abrir y que -ya no cabía ninguna duda- estaban siendo saboteados por algún turbio contubernio. Pero, tras un tiempo de observación, no conseguí llegar a ninguna explicación concluyente. Para resolver el misterio decidí acudir al oráculo, que no era otro que mi informático de cabecera, Aitor Uranga. La explicación era sencilla (sic): el nuevo servidor en que el susodicho había reubicado recientemente el blog es más rápido, más seguro y más de todo, hasta el punto que -Aitor dixit- allí se hacen las cosas como deben hacerse: los nombres de los archivos no pueden llevar espacios, ni letras no internacionales, ni... ¡tildes!

Tras unos días de zozobra, todo culminó con un suspiro de alivio cuando Aitor me comunicó que tenía una fórmula para que tener una tilde en el título no condenara a ningún texto a la clandestinidad. Sin embargo, las jornadas de angustia bloguera rescataron de mi subconsciente un acontecimiento que me traumatizó durante mucho tiempo y que todavía me induce cierto afán de revancha.

No tendría más de 6 o 7 años cuando tuve que pasar mi primer examen como alumno de las escuelas públicas Viteri. El método para realizar la prueba era el habitual en aquellos años de mediados del siglo XX: el maestro iba haciendo las preguntas y cada uno las iba respondiendo en un modesto cuaderno, que posteriormente era entregado para su corrección.

Eran 20 preguntas. Respondí bien a 19. Sólo me acuerdo de la que fallé. Consistía en escribir correctamente una palabra que el maestro repitió varias veces en voz alta. La escuché. La escribí. La leí. La releí. Y caí en la trampa. Sólo lo supe después, cuando me entregaron el examen corregido. La palabra era “cárcel”. Sencilla. Dos sílabas. Sin la posibilidad de una “h” traicionera; sin tener que resolver el dilema entre una “g” y una “j” o entre una “b” y una “v”. Pero yo la había escrito ¡sin tilde!

Nunca me ha consolado saber que nadie me había explicado todavía cuándo una palabra debía llevar tilde. Ni tampoco tomar conciencia de que las pocas lecturas a las que tenía acceso en aquel tiempo (todavía me era desconocida La cárcel de papel de La Codorniz) eran los tebeos de “El Jabato” y “El Capitán Trueno”, cuyos protagonistas nunca iban a la cárcel, ya que sólo circunstancialmente eran hechos prisioneros.

La dichosa tilde me había jugado una mala pasada. Para que no volviera a sucederme la decisión era evidente: ante la duda, se pone la tilde. Y que no venga a estas alturas la RAE diciendo, por ejemplo, que a sólo no hay que ponerle nunca tilde, ni que tampoco hay que ponérsela a los pronombres demostrativos salvo que haya riesgo de anfibología (sic). Después de haber sufrido durante toda mi vida la maldición de la tilde, ¡ya no me hace quitar las tildes ni el más moderno de los ordenadores!

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