Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

La paranoia que surgió del confinamientoabril 2020

Y un saludo para los que nos estén escuchando”. Era una frase que usábamos en tiempos de la dictadura franquista al acabar una conversación telefónica. Habíamos interiorizado que, hubiera o no motivo para ello, el puñetero gran hermano de la época podía estar escuchando. Además, no era prudente andar preguntando al susodicho a ver si tenía pinchada la línea. A decir verdad, la coletilla se usaba, sobre todo, para vacilar al colega de turno. Al menos si la conversación no se había adornado con proclamas contra el régimen. Después, algunos hemos seguido usando la frase en tiempos más recientes, cuando andábamos en conspiraciones de salón y algunos ruiditos telefónicos no habituales llevaban a sospechar que alguien pudiera estar interesado en conocer la siguiente jugada. Una paranoia.

El confinamiento da para mucho; entre otras cosas, para leer libros y ver series televisivas. Y hasta para que se produzcan curiosas conjunciones. Oficina de infiltrados, serie de espías, francesa, historia digna de Le Carré, una inmersión en el espionaje del siglo XXI; recomendable para aficionadxs al género. La chica que vivió dos veces, sexta entrega de la saga Millennium, novela de David Lagercrantz, continúa la historia iniciada por el desaparecido Stieg Larsson; la jodidamente lista Lisbeth Salander y el Mikael Blomkvist de los cojones, compañerxs de confinamiento; la historia también tiene espías. El resultado es que acabas consultando mapas para ubicar a los personajes de la serie en sus correrías por Oriente Próximo y buscando el significado de siglas que se manejan en la novela: MUST, servicio de inteligencia militar sueco; GRU, su equivalente ruso.

Metido en harina, a uno le da por indagar, acaba leyendo reportajes de fuentes serias y, en principio, nada conspiranoicas, y llega a la conclusión de que lo del GRU acojona. No solo porque dicen que con ellos es mejor no andarse con bromas, sino porque, según The New York Times, “En 2016, el portal de noticias ruso Vzglyad describió a miembros de la unidad de ser capaces de descifrar cualquier código en menos de tres minutos y de reencriptarlo sin tener que interrumpir su tesis doctoral de física cuántica en la que están trabajando” (Redacción BBC News Mundo, julio 2018). 

Uno lee estas cosas, se va a otros quehaceres (domésticos, por supuesto; porque no solo de espías vive el hombre), y cuando vuelve a sentarse delante de la pantalla se encuentra con un aviso extraño que dice que algo no anda bien, que hay que dejar tranquilo al artefacto y que luego, cuando le apetezca, se reiniciará. Y, claro, la conclusión está servida: esto es cosa de un hacker (como la Salander, pero de los malos) o un trol (¡ojo al dato!, según la RAE, “monstruo maligno que habita en bosques o GRUtas”), que se ha enterado de que ando con negocios de espías y ha decidido echar un vistazo a lo que hay en el ordenador.

Es obvio que el confinamiento puede acabar generando paranoia. A unos nos da por los espías; a otrxs, por el papel higiénico, o por la levadura. En cualquier caso, un saludo para quien ande mirando a ver si tengo algún texto encriptado. Igual se lleva alguna sorpresa. Me encantaría.

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