Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

La patera de Pasaiamarzo 2019

En esta tierra de tan exacerbado culto a la buena mesa cualquier excusa es buena para hacer una excursión gastronómica. Si el objetivo es una comida en Casa Cámara, el restaurante sanjuandarra que desde finales del siglo XIX viene ofreciendo placeres culinarios a una generación tras otra, el itinerario desde Donostia tiene dos alternativas.

La primera es ir directamente por carretera hasta Pasai Donibane, nombre oficial y muy popularizado del tradicional Pasajes de San Juan, pueblo surgido de una de las aldeas originarias del municipio de Pasaia o Pasajes, en el que se aúnan administrativamente los núcleos de población que circundan el puerto del mismo nombre. La otra opción es ir en coche, en autobús de línea o incluso andando hasta Pasai San Pedro, pueblo ubicado al otro lado de la ría que lleva al puerto, enfrente de San Juan (con el que comparte los orígenes del municipio). Y desde allí, en la vieja motora que cubre el trayecto por mar entre uno y otro pueblo, recalar justo al pie del restaurante, a cuyas ventanas, impregnadas de salitre, llega la espuma de las olas los días de viento y fuerte marejada.

Esta segunda opción fue la elegida por los Jotas (Juanjo-Juanma-Jose-Javi) para celebrar el último de los ágapes que periódicamente compartimos, en estricta observancia de un régimen genuinamente comunista (siempre compartimos el menú que por estricto consenso elegimos) y siguiendo la consigna marxista de que a cada uno según su necesidad. Nuestros eventos eran antes cenas interminables rematadas con desayunos intempestivos, que por exigencias de la edad han sido reemplazadas por solemnes almuerzos. En ellos, junto a análisis de lo divino y lo humano propios de un grupo de incipientes ancianos de la tribu, rememoramos anécdotas y contrastamos versiones (¡ay las memorias!) de la historia de medio siglo de vidas paralelas.

El día de autos había alerta por viento y predicción de marejada en el Cantábrico (ambiente ideal para que, contaminadas por los puñeteros anisakis, se entrenen nuestras merluzas antes de pasar a la cazuela). Y aunque desde el embarcadero de San Pedro se veían saltar las olas contra las rocas de la bocana del puerto, en los pocos cientos de metros que debía recorrer la motora para trasladarnos hasta San Juan, el vaivén ocasionado por el motor encubría con creces la apenas incipiente marejadilla. Así hicimos el histórico trayecto, patroneados por un marinero que llevaba en su cara y en sus manos los más genuinos rasgos de quien ha faenado durante muchas mareas en la cubierta de un pesquero.

Aunque la mayoría de los comensales del turno eran turistas, el restaurante es razonablemente caro como para permitir que, de vez en cuando, unos autóctonos que hemos sobrevivido con bien a la crisis podamos permitirnos el dispendio de dar cuenta de una frugal ración de crustáceos. Cumplido el ritual de la, como siempre, larga sobremesa, iniciamos el recorrido de la ruta en sentido contrario.

Para entonces ya estábamos en pleamar y los borreguitos que coronaban las olas eran indicadores de que el viaje en la motora sería algo más movido. Sin embargo, los efectos de la marejada -que no del txakolí que algunos Jotas habían trasegado- quedaron enmascarados por la sorpresa de encontrarnos que al timón de la lancha ya no estaba el veterano pescador de la ida, sino un fornido beltza, acompañado de otro todavía más corpulento que parecía estar aprendiendo el oficio.

(Para quien no sea de estas latitudes, debe explicarse que beltza significa negro en euskara y que se trata de una denominación que no suele utilizarse con carácter peyorativo. Prueba de ello es que ha sido utilizada como apelativo cariñoso de deportistas como el recientemente fallecido Dalian 'Txipirón' Atkinson, exjugador de la Real Sociedad, o Hessie  ́Helicóptero ́ Hollis, baloncestista de la época dorada de Askatuak, que también era conocido como  ́Superbeltza ́.)

Nuestra sorpresa ante el supuesto origen de los comandantes de la nave habría sido menor de haber sabido que hay un alto porcentaje de inmigrantes entre los alumnos que, con la manifiesta intención de convertirse en profesionales de la mar, cursan estudios en el Centro de Formación Náutico-Pesquera de Pasaia (que, por cierto, lleva el nombre de Blas de Lezo desde mucho antes de que a VOX se le ocurriera reivindicar la figura del ilustre sampedrotarra).

Salvando todas las distancias, fue como compartir con aquellos inmigrantes subsaharianos unos minutos de la probable travesía en patera que los trajo hasta Europa. ¡Ojalá que en Pasajes encuentren el lugar donde realizar sus sueños! Por de pronto nos despidieron con una sonrisa y un ¡agur!

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