Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

Los jueves, inyecciónseptiembre 2018

Una vez al mes voy a la farmacia del Hospital Universitario Donostia. Allí me suministran un medicamento para la EPOC, que diariamente debo inhalar. Lo más lógico es que pudiera aprovisionarme en la farmacia de mi barrio, pero... Y menos mal que el hospital está cerca de casa. Porque maldita la gracia que me haría ir hasta allí si viviera lejos. Siempre toca hacer cola. Se hace a la vieja usanza: “me dicen, por favor, quién de ustedes es el último -o la última-” (el género depende de la persona que esté junto a la puerta, que es a quien más miro mientras hago la pregunta).

La concurrencia suele ser variopinta. Me incluyo, por supuesto, entre los raritos: suelo ir con mascarilla. Más que nada para evitar el innecesario intercambio de gérmenes (esos que, antes y después de la espera, comparto con las muchas personas que van a o vienen del hospital en el autobús de línea). Un ejemplo adicional de espécimen: la última vez, había un señor que esperaba su turno en la calle; mientras, se fumaba un canuto de finas hierbas; cuando se acercaba su turno, antes de entrar dejó estratégicamente aparcado junto a la puerta el porro inconcluso; al salir, lo recogió para rematarlo.

En la citada última vez coincidí también con una señora muy salada. Para resumir diré que tenía un parecido sorprendente con la abogada Cristina Almeida: edad similar, físico calcado y un hablar con el mismo acento extremeño (lo conozco bien, porque es el que tienen mi suegra y mi suegro). Estaba yo estratégicamente situado en el pasillo que lleva a la calle, junto a la puerta de la sala de espera, cuando, salido de las profundidades del hospital, se acercó a mi posición un médico y llamó por su nombre a la señora. Mantuvieron una conversación en voz alta a apenas un metro de mí: imposible no enterarme. El médico, circunspecto, trataba de explicarle que no tenía potestad para decir cómo tenían que atenderla cuando se fuera a pasar las vacaciones a Extremadura. La señora no cejaba en su empeño de reclamarle que le hiciera un escrito en el que pusiera que los jueves le tenían que poner la inyección, para que ella fuera con el mandado al ambulatorio de allá (imagínense a la señora planteando su tesis en el más puro acento de su tierra de origen y al médico poniendo cara de qué hago yo ahora).

En esas estaba la cosa cuando a la señora le tocó el turno de entrar a por su medicación. Y allí se quedó el médico, esperándola para continuar la perorata, mientras daba cabezadas a un lado y a otro, con claros síntomas de desesperación. Protegido por el anonimato que proporciona la mascarilla, decidí intervenir. Y, con cierta cautela, me dirigí al galeno: “me temo que le va a resultar difícil convencerla”. Al parecer, percibió mi talante solidario y, apesadumbrado, me respondió: “es que no puedo ordenar por escrito cómo tienen que hacer allí las cosas”. Apurando la suerte y con la intuición que da la experiencia, le sugerí que hiciera un escrito que dijera que todos los jueves la señora debía ponerse la inyección. Y, como el médico me escuchaba con toda atención, me atreví a concluir: “creo que con eso se dará por satisfecha; así puede ir al ambulatorio cada jueves y reclamar que le pongan su inyección; y evitar que, por ejemplo, le digan que vaya otro día”. El médico me miró, esperanzado, y dijo solemnemente: “eso está claro; una vez empezado el tratamiento, la inyección deben ponérsela todos los jueves”. No pudo ver mi sonrisa debajo de la mascarilla cuando se dirigió de inmediato al despacho en el que estaba la señora (supongo que haciendo acopio de inyecciones para los jueves de sus vacaciones).

Al poco, salió la señora y volvió a sentarse en la sala de espera. No me pude reprimir y, sin ningún preámbulo, le pregunté: “¿ya le va a hacer el escrito el médico?”. Ella, sin dudarlo, me respondió que sí, y añadió: “pero no sé dónde se ha metido”. Eché órdago y, para rematar la faena, le dije: “tranquila, ha ido a hacer el escrito; enseguida viene”. Mientras la señora me miraba tratando de adivinar mi papel en el asunto, me llegó el turno de recoger lo mío.

Al salir, tuve la alegría de ver al médico con la señora. Le estaba entregando el famoso escrito. Alcancé a oír que, curándose en salud, le decía: “esto es todo lo que puedo hacer”. Ahí se puso de relieve cierta bisoñez por parte del galeno. Porque la entrega del -para la señora- valiosísimo escrito debía haber estado acompañada de algo así como: “aquí está su escrito, señora; ya verá como no tiene ningún problema para que cada jueves le pongan su inyección. Seguro que con este discurso la señora habría hecho mucho más tranquila el viaje hasta su tierra y se habría presentado en el ambulatorio con total seguridad de que iba a poder cumplir puntualmente con su tratamiento: los jueves, inyección.

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