Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

Los sonidos del silencio azulmarzo 2016

He visto y oído cosas que hasta hace poco no pensaba que los humanos pudiéramos imaginar. He visto, con los ojos entreabiertos, en la perplejidad del estado mental instalado entre el sueño y la vigilia, vibrar los rayos de luz azul que desprenden las máquinas que controlan los cuerpos. He oído, en la oscuridad atravesada por esos rayos azules, los sonidos insistentes, monótonos, a veces estériles, de esas máquinas para las que no existe ni la noche ni el día. Y he oído, por azar de la casualidad cósmica, sonidos inhumanos que resquebrajaban la noche y taladraban las mentes, emitidos por alguna criatura mitológica que aúna en su garganta los rugidos de todas las fieras existentes e inventadas.

He visto y oído estas cosas más acá de Orión y bastante lejos de la Puerta de Tannhäuser. Y para que las sensaciones no se pierdan en el tiempo, diluidas en esa lluvia que es tan frecuente en esta tierra, y como parece que todavía es hora de seguir viviendo, escribo esta versión bufa y bladerunneriana de mi gran noche en el área de observación del Servicio de Urgencias del Hospital Donostia (por supuesto, desde el máximo respeto y con todo mi agradecimiento a sus trabajadoras y trabajadores).

En una primera impresión, aquello acojona: más de una docena de ordenadores, terminales, pantallas, impresoras y artilugios varios identifican la existencia de un centro de operaciones que parece que, en cualquier momento, va a recibir desde el espacio sideral un mensaje del tipo “Houston, tenemos un problema” (por otra parte, es lo esperable en estos tiempos tecnológicos, cuando lo que está en juego es la salud de la gente). Alrededor, los compartimentos-probeta, donde más de una docena de humanos maltrechos vamos a ser cuidados, observados, analizados y medicados durante unas horas, hasta elaborar un veredicto que oriente nuestro camino hacia la recuperación.

Esta variante de la atención de urgencias está vigente las 24 horas de cada día. Pero es por la noche, durante el insomnio de enfermo intranquilo pero que tiene el remanente de vitalidad suficiente como para vivirlo con sentido del humor, cuando, desde la paradoja de ser el observado, se pueden percibir detalles insólitos de una noche singular.

Tras horas de no poder conciliar el sueño y con la expectativa de no poder hacerlo, el cansancio se acaba imponiendo y te lleva hasta los brazos de Morfeo, siquiera durante un rato. Y es en la duermevela posterior en la que mejor se perciben los sonidos del silencio azul.

Azul, porque es el color de la luz que emiten los pilotos de los monitores instalados en cada habitáculo, conectados a un sinfín de tentáculos que en la penumbra les confieren la apariencia de máquinas de Matrix. Los sonidos que inundan aquel, en teoría, silencioso observatorio nocturno son, sobre todo, los de las propias máquinas: un “pi” cada 20 segundos.

Todo avance tecnológico conlleva una mejora y, por lo general, también alguna servidumbre. La mejora es evidente: los tentáculos maquineros, previamente conectados a la persona objeto de observación, permiten obtener información sobre sus constantes vitales y proceder a su inmediata y sistemática ordenación digital para facilitar su análisis. La servidumbre es el repetitivo “pi” que durante el día -y buena parte de la noche- se diluye en el ruido de fondo del fragor de la batalla cotidiana, pero que en las horas de mayor calma nocturna y asociado al azul de las luces de los pilotos confiere al entorno un aire de submarino de película surcando la profundidad del océano en navegación silenciosa.

No obstante, lo del “pi” da lugar a ciertas reflexiones metodológicas. Parece algo lógico y razonable si su propósito es avisar a quien realiza las labores de observación de que la situación sigue dentro de la normalidad o, en su caso, de la aparición de cierta anomalía en la situación de quien está siendo observado, lo cual debería ponerse de manifiesto mediante un cambio en el tono, la intensidad o la frecuencia del susodicho “pi”. Pero empieza a ser algo sospechoso si la máquina sigue “piando” cuando ninguno de sus tentáculos está conectado al paciente.

En este caso, o bien quien diseñó el aparato no tuvo en cuenta su posible inoportunidad (lo cual es posible, pero poco probable), o bien es un síntoma inequívoco de un uso pretecnológico del aparataje que, cuando no está conectado al paciente, debería ser colocado en stanby o modo de espera, que es lo que, a mi juicio, reclama el aparato con su “piar”. Lo cual -me temo- está en el origen de buena parte de la matraca de los “pis”.

Llegados hasta aquí, sólo queda por desvelar la etiología del otro componente sustancial de los sonidos de la noche de autos.

He conocido personas con habilidad para dormirse, pero pocas comparables a la del emisor del sonido en cuestión: apenas pasaban unos segundos desde que la enfermera acabara de suministrarle la medicación y el momento en que emitía una señal inequívoca de haber pasado la frontera del sueño. Esa señal era precisamente el inicio de una sucesión ininterrumpida de ronquidos cuya intensidad y variedad exige que el emisor sea catalogado como las grandes cotas míticas del Tour de France: “fuera de categoría” o, como diría Perico Delgado, “hors catégorie”.

Juro por Orión y ante la Puerta de Tannhäuser que no se trata de una apreciación subjetiva de compañero de dormitorio con sueño ligero. Uno no ha hecho la “mili”, pero puede distinguir entre unos ronquidos normales o incluso intensos y otros de categoría de efectos especiales. A buen seguro que su dominio sonoro de la noche no ha tenido ni tendrá rival, ni por aquellos lares ni por la mayor parte del universo conocido o por conocer.

Por la mañana, cuando el interfecto abandonó el lugar camino de su domicilio, observé con admiración a su mujer y me quede preguntándome cuál será el color de sus insomnios, con la evidencia de conocer cómo son sus sonidos del silencio.

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