Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

Ocho apellidos vascos, galletas y luna llena2014

En una reciente visita a Zumaia he podido añadir una nueva constatación empírica a una tesis a la que me adherí hace tiempo: a menudo, la realidad supera a la ficción. Nuestra amiga Itziar Maiora, zumaiarra de adopción desde hace décadas, ya nos había advertido de lo que, con gran dosis de perplejidad por mi parte, pudimos comprobar in situ.

En efecto, el continuo peregrinar por Zumaia de quienes, sobre todo en época estival, recorren la ruta del norte del Camino de Santiago tiene, desde hace unos meses, una competencia inusitada. Quienes tengan afición por la Geología podrían pensar que el atractivo para el aumento de visitantes es la Ruta del Flysch o quienes se interesan por las artes clásicas, que el reclamo radica en el Espacio Cultural Ignacio Zuloaga o el Museo Taller de Julio Beobide. En realidad, se trata de una prolongación moderna de esta segunda opción, porque la nueva pléyade de visitantes está vinculada al denominado séptimo arte.

En efecto, lo que mueve a los y las nuevas peregrinas es conocer de cerca y, por supuesto, llevarse el correspondiente recuerdo fotográfico de los sitios de esta villa costera que han sido elevados a lugares de culto por la película española más taquillera de la historia: Ocho apellidos vascos. Tales parajes son denominados por sus visitantes como “la ermita de la boda” y “la fuente de la manifestación” (sic).

Debo confesar que, a pesar de la advertencia previa, quedé impresionado al ver a lo lejos la romería que pululaba alrededor de la ermita de San Telmo -la de la boda- y, sobre todo, al contemplar de cerca al grupo de adolescentes que se sacaban fotos junto a San Juan iturria -la fuente de la manifestación-, mientras se corregían mutuamente sobre la posición de los y las protagonistas de la escena y sobre el relato preciso de la parte correspondiente del guión. No hay duda: la fuente ha saltado definitivamente a la fama cinematográfica; hay quien dice que para competir con la Fontana de Trevi, en la que se manifiesta la rubísima Anita Ekberg en La dolce vita.

No obstante, lo que más me impactó en el marco de la escena real que se desarrollaba en la citada fuente fue la capacidad de sacar provecho a las nuevas posibilidades que ofrece el turismo cinematográfico que ha demostrado Margari, la vecina de Zumaia que regenta la frutería que lleva su nombre y que está situada justo al lado de la fuente.

Dicha señora, tras haber sufrido los inconvenientes que el rodaje de la película causó a su negocio, al parecer, ha decidido sacar rendimiento a la posición privilegiada que ocupa su establecimiento en el nuevo recorrido turístico. Para ello, ha ampliado su oferta y, además de los productos tradicionales de la frutería, vende unos pins (esos con imán, que en algunas casas decoran los frigoríficos) y unas ¡galletas de los ocho apellidos vascos!, convenientemente empaquetadas bajo esta precisa denominación, acompañada de las mismas imágenes recogidas en los pins, las que representan los dos famosos hitos peliculeros del pueblo: la fuente y la ermita.

La iniciativa comercial -que se publicita convenientemente en una pizarra escrita a mano y situada en medio de la ya famosa placita en la que está enclavada la fuente- me llevó a preguntar más detalles sobre el nuevo tour turístico. Y nuestra amiga Itziar (que debe ser una de las pocas personas que todavía no ha visto la película) me indicó que la presencia de la nueva especie de turistas se ha convertido en algo masivo y cotidiano, que llegan autobuses enteros que, al parecer, realizan la ruta completa: comienza en Leitza y, tras pasar por Zumaia, acaba en la vecina Getaria, que son los pueblos en los que está rodada la película.

Por cierto, cuando los y las fans de Ocho apellidos vascos inician su recorrido en Leitza es habitual que pregunten dónde está el mar que se ve en la película. Y un leitzatarra xelebre, cansado de explicar que los exteriores de la película en los que sale el mar no están rodados en aquel pueblo navarro y que el Cantábrico queda un poco más lejos, a los que demandan información al respecto les cuenta, con acento a lo Karra Elejalde, que “lo que pasa es que por las noches, sobre todo en las de luna llena, baja tanto la marea que, luego,... ¡no se alcanza a ver la mar!”.

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