Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

Para Navidad, traje de almirantediciembre 2019

En casa, la comida de Navidad acostumbra a desarrollarse con un programa distinto y más moderado que la cena de la víspera. Suele haber alguna incorporación (si en nuestro alrededor hay alguna persona, familiar o no, que en estos días señalados no tiene una alternativa mejor, es invitada a venir), pero el resultado final siempre es un menor número de comensales. Además, salvo alguna excepción puntual, ya suelen estar repartidos los regalos de Olentzero. Suele ser una comida tranquila y con cierto aire de resaca, con todo quisqui diciendo que la cena fue demasiado copiosa y que mejor una comida suavecita. En realidad, este propósito inicial sólo lleva a que lxs asistentes hagan un menú más personalizado: hay quien se pone hasta arriba de ensaladilla rusa y quien piensa que el paté se va a poner malo si no se come de inmediato. Eso sí, luego sólo macedonia y helado “para bajar”.

En el menú de este año, la única novedad relativamente sorprendente - porque no es la primera vez que hace acto de presencia- es un brebaje cuyo nombre comercial no tengo intención de mencionar, que hace furor entre nuestras hijas. Suelen traerlo de diferentes colorines que, juntos, más que bebidas para acompañar comidas parecen formar parte de un anuncio de la última colección de perfumes psicodélicos.

La comida trascurre con placidez, hasta que, como por arte de magia, vuelve a entrar en escena el tema que ya había amenazado la noche anterior con ser protagonista: qué se hace con la gente cuando acaba de entregar la cuchara. Puede parecer una fijación morbosa, pero todxs lxs presentes se lo toman, de nuevo, como un asunto perfecto para acompañar a las viandas navideñas. Me pregunto si no tendrá su parte en el asunto la citada bebida que, ante mis miradas de asco, Ari (hija menor; una de las nuevas incorporaciones) dice que sólo es vino blanco dulce. Versión contradicha de inmediato por la lectura de la etiqueta que indica la composición de aquello; porque allí se citan hasta los pétalos de rosa, pero no se menciona a las uvas ni de pasada. Así que ni vino, ni nada por el estilo.

La lectura de ingredientes corre a cargo de Marijose, amiga de la familia, que ya no quiere perder su turno de palabra y se apresta a contarnos sus peripecias en el velatorio de un vecino de su pueblo. Dado que la familia estaba muy afectada, ella se brindó a vestir al muerto para la ocasión. Decidieron ponerle: “el traje de la Primera Comunión de su nieto pequeño”. La respuesta de Toñi, mi mujer, fue inmediata: “pues sí que era bajito el señor; ¿o es que el nieto era muy alto”. Como van a confesar poco después, Ari y Leyre (hija mayor) también confeccionan sus imágenes mentales: uno ve al señor con pantalones quisquilleros; la otra, con unas mangas justo por debajo de los codos. Sin embargo, con cierta cara de sorpresa, Marijose se reafirma: “todo era lógico; la familia había decidido que se le pusiera el traje de la Primera Comunión de su nieto pequeño; y así lo hice”.

Mi respuesta no se hace esperar: “¡Con dos cojones! ¿Vestisteis al abuelo con el traje de almirante?”. La mirada de Marijose va de Toñi hasta mí y de mí hasta Toñi, hasta que, tras pensarlo un momento, dice: “creo que no me he explicado bien; se trataba de vestirlo con el traje que llevó a la comunión de su nieto el pequeño”. De pronto, vemos la luz al final del túnel. Pero el destrozo ya está hecho. Todo el mundo hace públicas las imágenes que han pasado por su mente. Y el cachondeo provoca risas y lágrimas para el resto de la comida. Ni siquiera es necesario que Marijose añada el relato de sus peripecias para comprobar si el muerto llevaba en el dichoso traje la documentación: “¡Lo difícil que fue cachearlo con rigor mortis!

Para buscar la causa última del jolgorio sin límites, pienso en que lxs demás comensales, relatora incluida, han degustado (sic) el ya famoso líquido con color entre colutorio bucal y aftershave; pero, me pregunto: ¿qué he tomado yo para ser capaz de ver al buen señor vestido con traje de almirante? Unos segundos de reflexión y ¡ya está!, no puede ser otra cosa: el ajilimójili que prepara mi hermano Luisan cada Nochebuena, con el que he aliñado mi ensalada. ¿Será que le ha añadido a la fórmula unas gotas de ese líquido del diablo? Porque, a pesar de sus colores naíf, sólo puede ser un fluido del lado oscuro. ¿Será por eso lo del vello de Chewbacca?

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