Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

Vamos a contar melones, tralarájunio 2017

Hace unos cuantos años, durante un recorrido campestre por los alrededores de un pueblecito de Extremadura llamado Garciaz, me topé con una escena que no concordaba con las imágenes que sobre el asunto tenía almacenadas en mi cabeza. Dado que no se me ocurría ninguna explicación razonable a lo que veía, interpelé al respecto a mi mujer Toñi, compañera de paseo e infinitamente más versada que yo en asuntos agropecuarios: ¿qué hacen esos melones tirados por el suelo?

La sorpresa inicial que le causó la pregunta se convirtió casi de inmediato en un ataque de risa, que le impidió articular palabra durante un rato antes de responder: ¿dónde van a estar los melones en un melonar si no es sobre la tierra? Y seguidamente me planteó, con cierto retintín, la cuestión definitiva: ¿dónde pensabas que crecían los melones? Contesté que siempre había creído que lo hacían colgando de las ramas de un árbol. La respuesta dio lugar a que se reanudara el ataque de risa.

Desde aquel día, la anécdota ha sido recordada en innumerables ocasiones ante familiares y amistades como dato incontestable de mi profunda ignorancia en materia hortofrutícola. Con el consiguiente cachondeo de la audiencia, ya que, al parecer, todo el mundo sabe cómo se cultivan los melones. Lógicamente, en mi escaso volumen de registros sobre producción agraria, hace tiempo que cambié la imagen de melones colgando de un árbol por la de melones desparramados por el suelo. Y así pasaron los años, hasta que hace unas semanas tuve una revelación que resolvió definitivamente el origen de mis creencias sobre los melones.

Estaba compartiendo la preparación de la ensalada nuestra de cada día con mi hija Leyre, cuando, no recuerdo a santo de qué, le pregunté si en las excursiones escolares en las que había participado también cantaban canciones para animar el viaje. Por ejemplo, aquella que dice “Ahora que vamos despacio... vamos a contar mentiras, tralará...” Me dijo que la canción le resultaba conocida, pero que no se acordaba de la letra.

Para estimular su memoria, seguí cantando mentiras: “Por el mar corren las liebres... por el monte, las sardinas, tralará...”. Y continué con lo que parece una exageración incluso para los años de la posguerra: “Un día al salir de casa... con hambre de seis semanas, tralará...” Mi hija no recordaba la letra, ni daba muestras de estar especialmente interesada en ello. Pero, ya puesto, decidí seguir adelante: “me encontré con un ciruelo... cargadito de manzanas, tralará...”.

La evocación me llevó a la infancia y a recordar, cómo si lo tuviera delante, el ciruelo” (para los legos en la materia, un árbol con ciruelas colgando) y su transformación en un árbol del que cuelgan manzanas (para los entendidos, un manzano). El asunto deriva hacia frutos (avellanas y nueces) que, en mi opinión, lucen menos colgados del árbol. Y cambia de tercio lanzando una advertencia: “Chiquillo no tires piedras...”, que culmina con una explicación que se lleva por delante la idea del “ciruelo” convertido en manzano: “que no es mío el melonar, tralará...”.

En este punto se produjo la revelación: el supuesto cirueloconvertido en árbol cargadito de manzanas(el susodicho manzano) se transforma ahora en melonar”. En este trasiego frutal, la mente de un chaval urbanita que va elaborando imágenes sobre la historia que cuenta la canción ¿qué es lo que imagina? En buena lógica, cuando se habla de melonarno se imagina melones desparramados por el suelo con una especie de tubillos que los conectan entre sí, sino ¡un árbol con los correspondientes melones colgando!, que sustituye al manzano que antes era un ciruelo”.

Una vez descubierto con alharaca el origen infantil de mi confusión melonera, me he entretenido en buscar la canción en internet. Y he descubierto una versión que, aunque modifica en parte el relato grabado en mi memoria infantil, está acompañada de unos dibujillos en los que, tras la sucesiva transformación de frutales, al llegar al “melonar” muestra los melones convenientemente esparcidos por el suelo.

En este caso, los niños y las niñas que aprendan la canción en sus tabletas no se imaginarán que los melones salen colgando de un árbol. Lo más probable es que, de acuerdo a su experiencia, piensen que surgen amontonados en los bordes de algunas carreteras, donde son vendidos por los lugareños a quienes pasan en coche por allí; salvo algunos ejemplares, que son llevados al centro comercial al que suelen ir a hacer la compra. Porque las criaturas siempre piensan con una lógica aplastante.

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