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Los viejos rockeros nunca muerenoctubre 2018

Canciones para una voz sénior

Cuando se tienen 65 años y alguien te dice “a que no te atreves a…”, por lo general suele haber solo dos opciones: afrontar el reto de intentarlo o asumir que muy posiblemente ya no lo vas a hacer nunca.

Estamos en noviembre. Es un buen momento para hacer pública mi experiencia en LA VOZ SENIOR. Advertían que, dada la relevancia que el programa otorga a las audiciones a ciegas (sic), era importante no publicar nada relativo a la participación en el casting. Además, me comprometí -por escrito- a estar disponible hasta el 22 de octubre para realizar posibles pruebas de selección. Superada esa fecha, hay que dar por finalizada la experiencia. Ha sido interesante. Y, también, irrepetible.

Tenía toda la razón Nietzsche cuando decía que “La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”. Siguiendo este principio (también vigente para un hombre serio) he pretendido relatar mi efímero y risueño recorrido por LVS con humor… y, como no podía ser de otra forma, con canciones. Es una parte de la historia de un sénior que, en un momento de su vida, se atrevió a cantar en escenarios en los que nunca se habría planteado hacerlo cuando todavía tenía vergüenza torera. ¿O debería decir cuando no la tenía?


Un lunes de mediados de septiembre, desde Donosti a Bilbao nos fuimos por toda la A8. Al volante, la culpable, atenta a los eternos conos consagrados por ¡Vaya semanita! El menda, repasando las grabaciones hechas en el ensayo de la mañana, para interiorizar las notas de comienzo... y no derrapar en el primer agudo. Y, por supuesto, adecuadamente vestido: en chándal fresquito, porque no era cosa de llegar sudado y con el pelaje arrugado. Para evitarlo había solicitado apoyo logístico a mi amigo Ramón Bilbao, que nos dio cuartelillo. Esto me permitió llegar fresco como una lechuga del país al hotel en que se celebraba el casting. Que, por cierto, estaba cerca de la Basílica de Begoña, lejos del fragor del centro de la ciudad, lo que daba cierta garantía de que el entorno fuera tranquilo y relajado.

Una vez en el interior del hotel, las señales ad hoc nos permitieron llegar a las dependencias en que se desarrollaba el casting. Allí nos recibió un joven que, amablemente, indicó a Toñi que no podía traspasar el umbral de la zona de l@s elegid@s. Sería casualidad, pero, durante la media hora escasa que estuve en aquella sala de espera, me pareció que la concurrencia que allí se había dado cita era la demostración inequívoca de que los viejos rockeros nunca mueren. En efecto, la mayoría de los 7 u 8 varones con los que coincidí (sólo había un par de señoras) tenían aspecto de haber sido roqueros veteranos ya a finales de los 70, cuando Miguel Ríos hizo popular la canción. La definición exacta la puso después Amaia, la amiga de mi mujer: eran los rockeros del IMSERSO. Mientras tanto, como hubiera podido decir el enamorado de Marieta al que glosaba Javier Krahe en la canción: “y yo con mi bolero como un gilipo-o-o-llas”.

La espera no duró mucho. Lo suficiente como para que me dieran a leer y firmar una autorización para utilizar las imágenes del casting (o algo así, porque al papel sólo le eché un vistazo). En aquel momento hubiera firmado hasta que era bilbaíno: lo que me preocupaba era no desafinar y no equivocarme con la letra en francés. En cualquier caso, lo que no tiene perdón para un viejo conspirador es que ni siquiera pedí una copia. Está claro que el miedo a hacer el ridículo existe y te lleva a cometer torpezas. Pero allí lo importante era cantar. Y lo hice.

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