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Quizás, quizás, quizás & La Vie en Roseoctubre 2018

Canciones para una voz sénior

Cuando se tienen 65 años y alguien te dice “a que no te atreves a…”, por lo general suele haber solo dos opciones: afrontar el reto de intentarlo o asumir que muy posiblemente ya no lo vas a hacer nunca.

Estamos en noviembre. Es un buen momento para hacer pública mi experiencia en LA VOZ SENIOR. Advertían que, dada la relevancia que el programa otorga a las audiciones a ciegas (sic), era importante no publicar nada relativo a la participación en el casting. Además, me comprometí -por escrito- a estar disponible hasta el 22 de octubre para realizar posibles pruebas de selección. Superada esa fecha, hay que dar por finalizada la experiencia. Ha sido interesante. Y, también, irrepetible.

Tenía toda la razón Nietzsche cuando decía que “La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”. Siguiendo este principio (también vigente para un hombre serio) he pretendido relatar mi efímero y risueño recorrido por LVS con humor… y, como no podía ser de otra forma, con canciones. Es una parte de la historia de un sénior que, en un momento de su vida, se atrevió a cantar en escenarios en los que nunca se habría planteado hacerlo cuando todavía tenía vergüenza torera. ¿O debería decir cuando no la tenía?


La logística para el casting presencial de LA VOZ SENIOR en Bilbao tenía dos componentes básicos: las canciones que tenía que cantar, que obviamente eran la clave del asunto; y la parafernalia añadida, que también tenía lo suyo. Por ejemplo: para elegir vestimenta tuve que hacer pase de modelos y que las titulares del casting casero -Toñi y nuestra hija Ariadna- dieran el preceptivo visto bueno.

Había que cantar dos canciones a capela (en una de ellas te podías acompañar de un instrumento, aunque no era mi caso). En realidad, se trataba de hacer una versión reducida de cada una de ellas que se ajustara al tiempo señalado: unos 45 segundos. La actuación duraba, por tanto, apenas minuto y medio.

No fue nada fácil elegir dos canciones que tuviera suficientemente interiorizadas como para ser capaz de hacer sendos apaños ad hoc. Tras dedicar un buen rato a repasar mi repertorio y a navegar por YouTube escuchando versiones, me decidí por cantar una canción en castellano y otra en inglés. Pero esta última fue rechazada en el casting casero: las juezas opinaban que mi forma de expresar la letra no era convincente. Y tenían razón.

La elección final es fácil de deducir: una versión con sólo tres estrofas del famoso bolero Quizás, quizás, quizás, para ser cantada -salvando todas las distancias- con cierto aire a Andrea Boccelli; y el archiconocido estribillo de La Vie en Rose, cuya única versión en masculino que pude encontrar (era importante para la letra), que no fuera demasiado pastelera y tuviera cierta marcha, fue una de Julio Iglesias con ritmo de samba.

Y con esos dos trocitos de canción me pasé unos días dale que te pego: dentro de mi cabeza, cantando por lo bajini y, cuando el entorno lo permitía, a pleno pulmón (dicho sea con las limitaciones intrínsecas de mis órganos respiratorios). Este entrenamiento y un ensayo general (que fue fundamental para redondear el trabajo), realizado la misma mañana del día de autos con Mireia, mi profesora de canto, conformaron el bagaje con el que fui al dichoso casting presencial. En síntesis: una mezcla de la duda del Quizás, quizás, quizás y del optimismo de La vie en rose.

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