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Si tú te atrevesoctubre 2018

Canciones para una voz sénior

Cuando se tienen 65 años y alguien te dice “a que no te atreves a…”, por lo general suele haber solo dos opciones: afrontar el reto de intentarlo o asumir que muy posiblemente ya no lo vas a hacer nunca.

Estamos en noviembre. Es un buen momento para hacer pública mi experiencia en LA VOZ SENIOR. Advertían que, dada la relevancia que el programa otorga a las audiciones a ciegas (sic), era importante no publicar nada relativo a la participación en el casting. Además, me comprometí -por escrito- a estar disponible hasta el 22 de octubre para realizar posibles pruebas de selección. Superada esa fecha, hay que dar por finalizada la experiencia. Ha sido interesante. Y, también, irrepetible.

Tenía toda la razón Nietzsche cuando decía que “La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”. Siguiendo este principio (también vigente para un hombre serio) he pretendido relatar mi efímero y risueño recorrido por LVS con humor… y, como no podía ser de otra forma, con canciones. Es una parte de la historia de un sénior que, en un momento de su vida, se atrevió a cantar en escenarios en los que nunca se habría planteado hacerlo cuando todavía tenía vergüenza torera. ¿O debería decir cuando no la tenía?


El cuestionario y los imprescindibles aditamentos -fotos y vídeos- para inscribirse formalmente en LA VOZ SENIOR quedaron casi en el olvido. En ello influía, vergüenza torera al margen, la falta de aptitudes por mi parte para llegar hasta las fases avanzadas del programa. No sólo porque mis cualidades como cantante son obviamente limitadas, sino, sobre todo, porque son notables mis limitaciones físicas para recorrer ciertos itinerarios.

Además, como me advirtió la culpable, en estos programas los caracoles - cantar canciones, que es lo que me gusta- suelen ser menos importantes que la salsa -la parafernalia adjunta-. Y, en su docta opinión, en cuanto quienes producen LVS tuvieran conocimiento de mi talante insurrecto y poco dado a colaborar en chorradas, no me dejarían ni acercarme. No obstante, pudo más mi afán por saber (al menos indiciariamente) cómo se cuece un asunto de esta índole: ¿será verdad que es posible pasar de ser un apañado cantante de éxitos del karaoke (que es mi caso) a cantar en la televisión ante millones de espectadores?

En todo caso, un factor clave para llevar a cabo el conato de aventura - que, en principio, sólo consistía en formalizar la inscripción- era tener la sensación de que, dejando de lado cualquier objetivo añadido, era posible disfrutar con la realización de las tareas inherentes. Básicamente consistía en sacar las fotos y grabar los vídeos (rellenar el cuestionario y tramitar la inscripción no era especialmente divertido, pero tampoco era para tanto). Obviamente, para meterse en faena era necesaria la colaboración de la culpable. Ella esgrimió de inmediato al argumento que Luís Miguel utiliza en su bolero: si tú te atreves...

Aquello podía ser divertido. Nos pusimos manos a la obra. Una mañana de domingo salimos a pasear por Donostia en plan turista y nos dedicamos a las fotos. Las pedían de cuerpo entero y alguna en que se viera bien la cara del artista (o sea que, al parecer, LA VOZ no es tan ciega como pretenden). Y sacar una foto en la que un servidor aparezca guapito de cara es una tarea imposible. Con cierto esfuerzo (posar no es lo mío), logramos superar con éxito razonable el escollo de las fotos.

Por la tarde, vencida la pereza propia de la siesta veraniega, nos dedicamos a grabar los vídeos. Obviamente lo hicimos en plan doméstico, con el móvil. Nunca me hubiera imaginado lo liante que es sincronizar el cante con el seguimiento de las indicaciones de la culpable -que era la que realizaba la grabación- para que no me saliera del encuadre. Hay que reconocer que, aunque trabajoso, fue un rato divertido.

Pedían dos vídeos, pero, sobre la marcha, decidimos grabar y enviar tres, siguiendo la muy sénior convicción de que es mejor que sobre a que falte. Además, el objetivo era mostrar la capacidad de cantar en diversos estilos e idiomas: si se hace, se hace bien. El repertorio fue elegido entre canciones que alguna vez había cantado como solista en los grupos corales en los que participo. Por un lado, Can't Help Falling In Love, la balada de Elvis Presley con la que había debutado junto a Las Chicas del Coro de Helduen Hitza (dentro de poco hará tres años que empecé con ellas mi andadura cantarina); por otro, la Habanera del Guria, que desde hace poco tiempo suelo cantar, secundado por mis compañer@s del Coro Alaitu, en nuestra gira por las residencias de ancianos de Donostia y alrededores. Y, para completar la terna, una canción que he intentado, sin fortuna, cantar con unas y otros: una versión abreviada de Les feuilles mortes que interpretaba Yves Montand.

Aquella misma noche, sin darle demasiadas vueltas, rellené el cuestionario y lo envié junto a las fotos y los vídeos. Se trataba de cumplir el trámite y esperar a ver lo que pasaba. Como lo más probable era que la respuesta fuera un amable y cariñoso mensaje que dijera gracias y adiós (o ni siquiera eso) nos olvidamos del asunto. Me había atrevido. Misión cumplida.

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