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Después de viejo, gaiteroenero 2016

Dedicado a Las chicas del Coro enero 2016

En Después de viejo, gaitero cuento las experiencias vividas junto a Las Chicas del Coro en el taller de música promovido por Helduen Hitza. Mis andanzas músico-vocales eran publicadas posteriormente en la revista de dicha asociación. Y en respuesta a mis elucubraciones, una de mis compañeras de coro, Carmen Elósegui, ha tenido la gentileza de exponer su visión de los hechos, además de plantear sus reflexiones sobre otros asuntos de mayor enjundia. Gracias, Carmen.


Autores clásicos incluían la música entre las disciplinas en que una persona debía formarse, junto a materias como las matemáticas o la lógica. Se llegó a clasificar la música entre las denominadas ciencias puras y a definirla como la ciencia de los números en movimiento.

Siempre me han causado admiración quienes tocan un instrumento y son capaces de hacer música mientras el resto debemos conformarnos con escuchar. Lo de tocar un instrumento está bastante claro: o se aprende a tocar o, como mucho, se aporrea el tambor en el festejo patronal de turno. Lo de cantar es distinto, porque, mejor o peor, todo el mundo canta: el asunto es hacerlo bien. Y siempre he pensado que era un don que la naturaleza te concedía o no.

Como dice la canción de Pablo Milanés: el tiempo pasa; nos vamos poniendo viejos. Y, mientras tanto, uno adquiere consciencia de que se ha pasado media vida suspirando por aprender a tocar un instrumento, sin atreverse a hacerlo con la excusa de que es muy difícil y requiere un tiempo del que no se dispone. Lo de cantar ya estaba claro que era algo innato y que la única alternativa era practicar el karaoke kasero.

Pero, a veces, la vida da una oportunidad y uno decide que va a dedicar parte de esa vida a aprender, siquiera un poquito, a sacar música de un piano. Y emprende el largo e inacabable camino de una misión imposible que, al menos, sirve para certificar lo difícil que es y, de paso, aprender algunas nociones sobre música. Y darle a las teclas se convierte en un placer cuasisolitario, porque hay que tener muchos bemoles para tocar delante de otras personas.

Y en esas aficiones andaba, cuando una sucesión de acontecimientos me lleva a la asociación Helduen Hitza, que me brinda la posibilidad de asistir a un taller de música donde mejorar mi eternamente incipiente formación musical y aprender los rudimentos de lo que es cantar en coro. No obstante, soy advertido de que voy a ser el único varón entre más de una veintena de mujeres, ya que el único de mi sexo que anteriormente asistía al taller había renunciado ante la abrumadora mayoría femenina.

El primer día me ofrecieron sentarme en un sitio que luego descubrí que no era casual: siguiendo la lógica coral, en un extremo estaban colocadas las sopranos, las voces femeninas más agudas, y a mi me ubicaron en el otro extremo. Tras la primera canción, Sara Varas, la excelente profesora- directora del taller, me preguntó si me había sentido cómodo e ingenuamente respondí que siempre me había costado cantar tan bajo, en referencia al volumen pianissimo en el que lo habíamos hecho. Y fui invitado a situarme en el extremo opuesto del grupo, junto a las sopranos.

Al acabar la siguiente canción la profesora me descubrió un mundo nuevo cuando me dijo que tenía voz de tenor. En un par de horas había pasado de ser un apañado cantante de éxitos del karaoke en el salón de mi casa a ser tenor. En realidad sólo es una de las categorías en que se clasifica a las voces masculinas, ya que se puede tener voz de tenor y ser un manta cantando o tener otro registro de voz y ser un excelente cantante. Pero mola que te digan que eres tenor. Como Pavarotti.

El segundo día se desataron los acontecimientos. Sara anunció que había que preparar la actuación (sic) que se celebraría en breve. Tras el impacto inicial, explicó que el asunto consistía en cantar unas canciones como preludio de una txistorrada que organizaba la asociación para sus socias y socios. Pero no dejaba de ser cantar en público.

Acto seguido, mi recién iniciada carrera como cantante experimentó una vuelta de tuerca cuando Sara planteó que una voz masculina debía hacer de solista en una de las canciones. Veinte pares de ojos se posaron en mi e imaginé que escuchaba aquello de hasta aquí has llegado, forastero. Pero uno, que ha visto muchas películas del género, sabe que en esas ocasiones la única alternativa es aceptar el reto.

Durante unos días escuché y traté de imitar cómo entonaba el gran Elvis la canción I can't help falling in love with you. Luego, me presenté ante el oído crítico de Las Chicas del Coro, canté las estrofas que me correspondían y fui proclamado tenor solista.

Tras unos cuantos ensayos, debutamos en una sala modesta pero abarrotada de escuchantes. Lo habíamos conseguido: habíamos cantado en público y, como había pronosticado una de mis compañeras, había percibido la envidia de aquellos que seguían pensando que lo de cantar es un don que la naturaleza concede sólo a algunos privilegiados.

Al finalizar, cuando abandonaba la sala junto con mi mujer Toñi y mi hermano Luís Ángel, que habían decidido no perderse la ocasión, una espectadora me dijo que cómo se notaba que estaba acostumbrado a cantar. Respondí con una sonrisa conspicua, pero Toñi, sin poder aguantar la risa, le dijo que sí, que cantaba a menudo ¡en la ducha!

Y este es el relato de cómo, con el paso del tiempo y la consiguiente pérdida de buena parte de la capacidad de tener vergüenza, a uno le llega a pasar lo que dice el proverbio asturiano: Después de viejo, gaitero.

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