Crónicas de un hombre serio  /  Cosas de teatro

¿Quién eres, Ernesto?junio 2026

Después de haber debutado en el teatro representando a Carlos el zapatero en ¿Y ahora qué?, la obra escrita y dirigida por Cristina Torres, no tuve más remedio que preguntarme ¿Y ahora qué, Javier? La respuesta fue que estaba en disposición de interpretar nuevos personajes, con la convicción de que dejarían huella en mí y la aspiración de dejar en ellos mi pequeña aportación. Después, en El antes y el ahora, escrita y dirigida por Lurdes Villagrán Teresa, los avatares teatrales hicieron que me tocara interpretar tanto a Andrés el del Círculo como al cura de La sotana y La canción de los misioneros.

Este curso, Patxi Pérez, autor y director de No quiero más, quiero mejor, me adjudicó la tarea de interpretar a Ernesto, un personaje con el que he tratado de identificarme a lo largo de los últimos meses y al que todavía hoy sigo preguntando: ¿Quién eres, Ernesto? Para encontrar la respuesta pensaba ver y escuchar con atención el vídeo del estreno de la obra, que fue el pasado 20 de mayo en Lugaritz Kultur Etxea, pero me han comunicado que no se grabó. Así que tendré que esperar hasta que representemos de nuevo la obra, el 1 de octubre, en Okendo Kultur Etxea. Mientras tanto, me tendré que atener a lo que dice el propio Ernesto.


¿Qué quién soy? Eso me gustaría saber a mí. A estas alturas, después de tantas idas y venidas por la vida, uno solo sabe que lo importante es que los días buenos sean más y mejores que los menos buenos. Y sin hacerse trampas en el solitario, porque, por aquello de la disonancia cognitiva, podemos acabar llamando más y mejor a cualquier cosa que signifique una discontinuidad en el devenir de los días mediocres.

He dicho que me gustaría saber quién soy, pero, a decir verdad, lo que en realidad me gustaría es saber quién quiero ser a partir de ahora. Sí, a partir de ahora, porque la vida es, ante todo y sobre todo, lo que nos queda por vivir. Lo pasado es solo el reto que hemos conseguido superar para llegar hasta aquí. Un reto en el que hemos tenido que recorrer caminos complejos y llenos de encrucijadas, en las que continuamente hemos tenido que tomar decisiones. Y siempre queda la duda de cuántas veces hemos elegido la mejor opción y en cuántas nos hemos equivocado.

Pero no voy a eludir la pregunta, porque alguna cosilla sobre quién soy sí que tengo clara: me gusta leer y me gustan los libros, incluso los que todavía no he leído. Y, entre ellos, me impactan especialmente aquellos que están escritos con la musicalidad que hace que las palabras se conviertan en poesía, incluso si los libros están en prosa. Aunque pueda pensarse lo contrario, no me interesa la técnica poética: lo que me gusta es el ritmo con el que las y los poetas juntan las palabras. Y si además dicen algo interesante, miel sobre hojuelas.

Y, por cierto, también me gusta la comida, y hasta soy un poco cocinillas. Cuidar la salud es importante para envejecer sin más achaques que los inevitables por el deterioro de la maquinaria. Y para ello solo hay dos recetas inapelables: comer bien y hacer deporte. Pero también hay que dar gusto al paladar. Tengo un amigo que dice que la clave está en que te acabe gustando lo que te hace bien, pero me parece que su lógica es un poco engañosa. Porque lo del brócoli al vapor con aceite de oliva crudo está bien y hasta resulta rico, pero también hay que dejarse caer, moderadamente, en la gula, y eso pide más y mejores sabores.

Y si te gusta la comida, lo más probable es que, como me ocurre a mí, también te guste un poco la bebida. Aunque para este asunto soy muy, muy riguroso: buen rioja y, para ocasiones realmente especiales, armañac, para olerlo concienzudamente y, de vez en cuando, mojarse los labios. Por cierto: las bebidas con burbujas me parecen un horror embotellado, ¡aunque se trate de champán francés de la mejor cosecha!

Llegados hasta aquí, la pregunta es si se puede tener una vida buena solo con libros, poesía, comida rica y, eventualmente, alcohol de calidad. Y ahí es donde entra lo del cohousing: vivir con otra gente es mejor que vivir solo. (Un breve paréntesis para protestar por la palabrita que define la experiencia y manifestar mi preferencia por “vivienda colaborativa”; igual es porque me gusta el significado sociológico de la versión en francés: habitat participatif.)

¿Todo son ventajas? No. No siempre apetece estar con personas con las que no compartes su forma de ver la vida (futura), ni como añoran (demasiado) su recorrido por el pasado y, sobre todo, que tienen ocurrencias extemporáneas a las que cuesta responder con una sonrisa cómplice. Por cierto, sobre todo en esto último, probablemente sean mis excentricidades las más difíciles de aguantar; sobre todo mi tendencia a estar rumiando un texto -en particular, algún poema- y, de repente, como en un arrebato, declamárselo a quienes están a mi alrededor como si en ello me fuera la vida.

Creo que me lo aguantan porque saben que es solo un acto reflejo de quien ha pasado mucho tiempo solo, rumiando lecturas y pensamientos e imaginando aventuras imposibles. Y por eso les tengo tanto aprecio y estoy siempre dispuesto a compartir sus iniciativas. Aunque debo reconocer que me saca de quicio que algunas de ellas me hagan sentir como miembro de un rebaño. ¡Mira que querer vestirme con un uniforme unisex! Claro que, al final, me lo tendré que poner para ir a la boda. En venganza, en cuanto me achispe un poquito, les recitaré el poema de George Topîrceanu (1886-1937), que hace referencia a la ciorbă, la sopa tradicional ácida de Rumanía, que seguro que forma parte del menú de la celebración. El poema se titula “Cin´ s-a fript cu ciorbă…” (“Quien se quemó con la sopa…”):


El cuñado de un comerciante

vino un día a visitarlo

y quiso, antes del viaje,

besar a su propia hermana.

—¡Ni se te ocurra! —gritó el marido—.

—¿Y por qué no, cuñado mío,

si es mi hermana y yo su hermano?

—¡Aunque fueras su padre! —dijo el otro—.

Quien se quemó con la sopa

hasta al yogur le sopla.

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