Crónicas de un hombre serio  /  Escritos con y para el corazón  

Discriminación de las mujeres en el ámbito deportivojulio 2016

Ainhoa Azurmendi Echegaray

Ainhoa Azurmendi Echegaray, Doctora en Psicología octubre 2016

Javier García Aranda

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.” (Bertolt Brecht; 1898-1956)

Si Bertolt Brecht hubiera conocido a Ainhoa, no habría tenido más remedio que cuestionarse la estrechez de su frase y ampliarla a las mujeres, porque, sin duda, habría considerado que Ainhoa es una luchadora imprescindible. Y porque, además, tras conocerla, habría tenido la absoluta certeza de que si ninguneaba a las mujeres le iban a caer las del pulpo.

Si se tiene la suerte de conocer a Ainhoa, ya no se puede prescindir de ella. No queda otra que hacerse de su equipo. Y pelear junto a ella, seguramente durante toda la vida, para que las mujeres tengan, de verdad, sin subterfugios, los mismos derechos, los mismos reconocimientos y las mismas recompensas por su esfuerzo y sus resultados que los que tenemos los hombres. Y si en algún sitio esos objetivos de igualdad tienen vigencia histórica es en el ámbito del deporte, donde secularmente ha reinado un machismo impenitente.

Antes, ahora y siempre, Ainhoa será nuestra Ainhoa. Pero, desde ahora, aunque ya sea un reto superado y tenga por delante un abanico de nuevos proyectos y objetivos, estaremos orgullosos y orgullosas, además, de que sea nuestra Doctora. Y, además, como ella bien sabe, a alguno le dará por ello un poco de sana envidia.

La tesis doctoral de la Doctora Ainhoa Azurmendi Echegaray lleva por título “Obstáculos psicosociales para la participación de las mujeres en el deporte como entrenadoras y árbitras”. Como muestra de la aportación que esta tesis realiza al conocimiento se adjunta un breve apartado de su extenso y sobresaliente contenido.


La incorporación de las mujeres al ámbito deportivo se ha producido mediante la superación de obstáculos tanto de carácter estructural o sociocultural, como organizacional y personal. Estructural, porque el punto de partida se ubica en una sociedad patriarcal en la que las desigualdades de género se manifiestan en todos los ámbitos que forman parte de la misma, y que implica una división sexual de roles y estereotipos (Alonso-Arbiol y cols., 2009), apoyada en demasiadas ocasiones por la ciencia y el paradigma científico surgido en dicha sociedad (Cardeñoso, 2007). Organizacional, porque las estructuras formales que organizan y gestionan el deporte son espacios androcéntricos creados por y para los hombres, que se caracterizan por estilos de funcionamiento masculinos que priorizan la actividad deportiva de los hombres, y que presentan grandes resistencias al cambio (Pfister, 2013; Puig y Soler, 2004). Y personales, porque, tal y como se ha señalado anteriormente, el propio proceso de socialización conlleva la interiorización de roles y estereotipos que no están en consonancia con las expectativas generadas hacia las mujeres en este ámbito (Azurmendi, 2009; Chabalaev y cols., 2013). Además, según Gill (1994), las actitudes de las mujeres hacia el deporte no se pueden explicar sólo a través del comportamiento individual de estas, dado que dicho comportamiento tiene lugar en determinados contextos sociales e históricos.

A pesar de la progresiva incorporación de las mujeres a los diferentes niveles del ámbito deportivo aún existen barreras que dificultan el acceso y la permanencia de las mujeres en el mismo (Azurmendi, 2005a; Doupona y Bon, 1999; Fasting y cols., 2014; Iglesia y cols., 2013; Martínez y Moreno, 2009; Zagalaz, 2005), en especial, en los clubes y las federaciones, donde no sólo estas tienen menor presencia sino que, en muchos casos -sobre todo por lo que se refiere a las deportistas de alto nivel-, el sistema patriarcal imperante impone serios obstáculos a su incorporación (Puig y Soler, 2004). Tusell (2009) argumenta que las federaciones acostumbran a ampararse en su autonomía privada para aprobar normas que esconden prácticas discriminatorias y, en esta misma línea, Mercier y Werther (2001) afirman que las organizaciones deportivas no son espacios neutrales sino estructuras androcéntricas fundadas en base a valores masculinos que refuerzan y perpetúan el statu quo. En esta misma línea, Vázquez (2001) señala que la cultura masculina dominante de las estructuras deportivas dificulta la participación de las mujeres, y que estas se encuentran ante la necesidad de hacerse valer para obtener la aprobación del entorno en un mundo masculino.

Según Puig y Soler (2004), los obstáculos hacia las mujeres se agudizan en los deportes tradicionalmente considerados masculinos porque en esos deportes el rechazo y las dificultades son aún mayores. Además de los obstáculos relacionados con la distribución de recursos, estas autoras señalan que en estos deportes se incomoda a las mujeres que reclaman sus derechos haciéndoles sentir caprichosas y exigentes -ante un incesante trabajo voluntario que desarrollan los hombres en la junta directiva-; por el contrario, a los hombres no les es necesario protestar porque se considera de justicia satisfacerlos. Esta idea está relacionada con el neosexismo, y con las reticencias que muestran los hombres hacia la permeabilidad para el acceso de las mujeres a determinados ámbitos, porque perciben la incorporación de las mujeres como una amenaza a los intereses colectivos (Expósito y Moya, 2001).

Esta situación de desigualdad en el deporte se ve reforzada por los medios de comunicación, que continúan destinando menos espacio a las deportistas, que se centran en aspectos extradeportivos, y que tienden a infantilizar a estas así como a sexualizar su cuerpo (Bruce, 2013; Fontecha, 2016); y por el reparto de las tareas del hogar, que continúan asumiendo en gran parte las mujeres. En relación con la distribución sexual de roles en el ámbito doméstico, es importante tener en cuenta que el deporte es, por lo general -salvo en el caso de los y las deportistas profesionales-, una actividad que se desarrolla en el tiempo de ocio. El tiempo libre de las mujeres está condicionado por las tareas domésticas y el cuidado de personas enfermas (Martínez y Moreno, 2009), y el tiempo libre del que disponen muchas mujeres es tiempo libre residual (Mosquera y Puig, 2002).

Diversas autoras apuntan a que algunas mujeres se hacen cargo de la mayor parte de los imprevistos que surgen en la vida familiar como las enfermedades, acompañamiento de niñas y niños a sus actividades, gestiones con instituciones, compra de regalos, citas médicas, etc. (Buñuel, 1994; Louveau, 2004; Mosquera y Puig, 2002), y que no es de extrañar que estas tiendan a vincularse a actividades que no requieren previsión o preparación especial -natación recreativa, aerobic, gimnasia de mantenimiento, danza, etc.- (Mosquera y Puig, 2002). Estas actividades permiten, por un lado, improvisar y poder decidir en el momento si se asiste a la sesión o no, porque el grado de implicación no es tan grande como el que exige la participación en un deporte vinculado al ámbito federativo y a la competición (Azurmendi, 2009); y por otro lado, perpetúan el estereotipo de feminidad porque se orientan hacia la estética y la salud y, porque, además, se desarrollan fundamentalmente en espacios cerrados (Fontecha, 2016). En este sentido, el tiempo, y la forma en que este se gestiona por parte de mujeres y hombres para la práctica deportiva, constituye una herramienta para la conciliación que permite mantener el statu quo en la distribución sexual tradicional de los roles sociales.

Por lo tanto, la práctica deportiva de las mujeres, y su posterior vinculación en los estamentos técnicos y arbitrales, está condicionada por mecanismos socioculturales, organizacionales y personales que interactúan simultáneamente, y que influyen sobre las decisiones - supuestamente- individuales que adoptan las mujeres con relación al deporte. Las prioridades que cada mujer establece son fruto de la confluencia de las expectativas sociales y de los estereotipos; de la aceptación y la permeabilidad, o de las resistencias del ámbito deportivo, cuyo posicionamiento se manifiesta a través de los estilos de funcionamiento, de las actitudes hacia las mujeres, y de los recursos económicos, humanos y materiales destinados a estas; y del nivel de coherencia interna o de disonancia cognitiva que las mujeres experimentan cuando “quebrantan” el orden “natural” establecido.

En este sentido, es importante identificar las situaciones de desigualdad que habitualmente se perciben como naturales en el ámbito deportivo (Gallego y Estebaranz, 2005; López Crespo, 2007), y que producen consecuencias sobre las experiencias subjetivas de las mujeres en este ámbito, ya afectadas, incluso en su conversación interior o autodiálogo privado, por la socialización de género (Calvete y Cardeñoso, 2002); Calvete y cols., 2005). Además de los aspectos señalados en apartados anteriores sobre el proceso de socialización, la alfabetización motriz y los estereotipos, una de las principales formas de discriminación hacia las mujeres en el deporte se manifiesta a través de una menor dedicación de recursos económicos, humanos y materiales a estas (Azurmendi y Leunda, 2013).

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