Crónicas de un hombre serio  /  Escritos con y para el corazón

Andrés Morales, cacereñoenero 2021

En los años 60, miles y miles de personas, a quienes las corruptas élites que gobernaban la dictadura franquista no habían tratado como ciudadanos y ciudadanas que se merecieran una vida digna, no tuvieron más remedio que dejar sus pueblos de origen y emigrar, a países extranjeros o a otras zonas de la península, para ganarse el pan de cada día. Un pan que ningún dios proveía, sino que tuvieron que amasar con el sudor de sus frentes y los callos de sus manos. Muchas de esas personas vinieron a Gipuzkoa; entre ellas, una cantidad importante que habían nacido en Cáceres, que las circunstancias llevaron hasta un pueblo que entonces todavía se llamaba Rentería

En aquellos años, más que un gentilicio que denotara su origen, cacereño era una forma despectiva de referirse a quienes pasaron a ocupar el estrato socioeconómico más desfavorecido de la sociedad guipuzcoana. Uno de ellos era Andrés Morales, natural de Garciaz (Cáceres), un veintañero que había trabajado desde los doce años en el campo y que, junto con su mujer Antonia y su hija Mari Jose -luego tendrían otras dos, Toñi y Cristina-, se vino a la lluviosa, húmeda y gris Rentería a buscarse la vida. Para él ser cacereño fue siempre un orgullo. Sentimiento que compatibilizó, por un lado, con un profundo respeto hacia la tierra que le había brindado la posibilidad de labrarse un porvenir y sacar adelante a su familia y, por otro, con una gran admiración hacia la capacidad de lucha de la clase trabajadora vasca (de la que se sentía incondicionalmente partícipe) para defender sus derechos y rebelarse ante las injusticias.

Cacereño es también el titulo de una conocida novela de Raúl Guerra Garrido (nacido en 1935 en Madrid y donostiarra de adopción desde 1960), publicada en 1969, en la que narra las vicisitudes de quienes, como Andrés, habían llegado a una tierra de supuesta promisión, en que se entrecruzaban las oportunidades de trabajo y el rechazo social. En las páginas del libro, hay un pasaje en que se relata la conversación entre Pepe, un joven recién llegado, y su maestro en el oficio de albañil, que casualmente se apellida Morales y que se dirige al joven en unos términos en los que se podía haber expresado el propio Andrés Morales. El cual, por cierto, trabajó en la obra de construcción de las viviendas en la que está ubicada la escena narrada en la novela. Doy fe de ello porque Andrés Morales me lo contó personalmente. Andrés falleció hace unos días, el 2 de enero de 2021. Era aita de mi mujer Toñi y aitona de mi hija Leire.


El amanecer le sorprende colocando ladrillos. Las manos se le quedan tiesas con la fresca, para calentarlas se las mete en los bolsillos lo más cerca posible de sus partes. Pepe ha ascendido, ya le dejan poner un ladrillo encima de otro gracias a las lecciones del «Morales».

—De momento, un saco de cemento.

Con esta frase solía empezar «Morales» sus explicaciones de cómo manejar la mezcla, el yeso, la llana, el andamio y lo que le echasen en materia de construir casas. […]. Era un didacta nato, disfrutaba aprendiendo, pero más enseñando.

—¿Cuánto tiempo llevas en el oficio? —preguntó Pepe. […]

— […] En cuatro [años] llegué a maestro.

—Mucho de todas formas. En el pueblo no hacía nada y no tenía porvenir, pero ahora, por más que currele, estoy en las mismas, tampoco lo tengo.

—¿Cómo que no? Tu pan te lo ganas tú, será poco pero puedes progresar, estás aprendiendo un oficio. ¿Qué quieres? ¿Que te lo den mamao? […] Vas por mal camino, chaval, aprende bien el oficio y ya verás cómo te sirve, quizá para hacer tu propia casa

 […] Un ladrillo encima de otro los paños se van acabando, empalman y las plantas adquieren forma de pisos. Había que andar listo pues el tiempo imponía su ley y no se podía perder corrigiendo errores, las chapuzas valen. Los especialistas venían achuchando: electricidad, escayola, sanitarios. ¿Quién ocupará esta vivienda? Mientras tanto el cemento se endurece también en las grietas de las manos, es casi imposible sacarlo de las uñas.

—Lo bueno sería una cosa.

—¿Qué? —preguntó «Morales».

—Encargado de la obra —dijo Pepe.

—Mejor arquitecto, hombre.

—Para eso hacen falta estudios. El encargado no los necesita, el encargado es simplemente el más duro.

—El que más sabe.

—Gaitas, el más espabilao. Es cuestión de dar con el camino y seguirlo caiga quien caiga. […]

—No quiero quitarte de la cabeza la idea de prosperar, es lo fetén, pero haz caso de este consejo: lo que hagas, hazlo bien y procura aprender todo lo que te rodea. A veces te parecerá un esfuerzo inútil, pero a la larga siempre vale.

—Seguro, viejo —Pepe le golpeó amistosamente el hombro—, hace un frío que tiembla el misterio, vamos a calentarnos.

Con gasolina hicieron fuego en un cubo plano. Extendieron hacia las llamas sus manos anchas, cortas, fuertes y rotundas, enrojecidas de frío. Desde tan alto la perspectiva de la Avenida de Pío XII, con la fuente luminosa regalada por los catalanes a la ciudad, el teatro Astoria y toda la pesca, hacía bonito.

Raúl Guerra Garrido, 1969, Editor digital: Titivillus; pp. 61-63.
Otros textos de  'Escritos con y para el corazón'

¿Quieres hacer algún
comentario sobre este texto?

Contacto
contacto





Información básica sobre protección de datos.

Responsable: Javier García Aranda.
Finalidad: gestionar la suscripción al blog y la comunicación entre el autor y el usuario o la usuaria; moderar los comentarios que se realicen sobre el contenido del blog.
Legitimación: consentimiento del interesado o interesada.
Destinatarios: no se cederán datos a terceros, salvo por obligación legal.
Derechos: acceder, rectificar y suprimir los datos, así como otros derechos recogidos en la política de privacidad.