Crónicas de un hombre serio  /  Escritos con y para el corazón

Temo la prudencia de los imbéciles, amo la locura de los responsables1992

Ana de la Vega

Javier García Aranda 2014

Ana de la Vega era mi amiga. Era una mezcla alquímica irrepetible de capacidades, pasiones, intuiciones y sensibilidades que la hacían capaz de simultanear con éxito su oficio de directora de un centro deportivo con su vocación de poetisa. Tuve suerte: me eligió como amigo. Y cuando nos dejó, todavía demasiado joven, entendí para siempre las palabras tantas veces escuchadas a otro poeta, Alberto Cortez: “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Hasta siempre, Ana.

P.S.: el artículo que se reproduce fue publicado en diciembre de 1992, en la revista Dirección Deportiva editada por Sports Quality International.


La frase que pone título a este artículo es de Pedro Durán Farell, y he de reconocer que hacía tiempo que no me sentía tan provocada por una idea como por la que se desprende de tal exposición. Chapeau, don Pedro, después de leer su entrevista (1) me he enamorado de usted. Dejar transcurrir el tiempo junto a un hombre así debe ser una de las locuras más responsables que pueda imaginar.

Una locura responsable puede ser el ideal para mantener viva la vida; pasar por aquí sin ver esa opción, sin olerla, dejarla marchitar, es dejar marchitar cuanto tenemos, aun sin saberlo.

Está bien lo de utilizar como fondo patrones éticos, basados en distintas ideologías que le garanticen a uno la seguridad de no equivocarse: es necesario partir de un buen punto de referencia. Pero intentar vivir con intensidad, intentar crear algo distinto cada día, con toda la capacidad de improvisación que eso supone, se hace del todo imposible a personas que adopten patrones de conducta intransigentes y rígidos, escondiendo la mayoría de las veces tras ellos una prudencia que hace sospechar.

Cambien los términos: temo la locura de los imbéciles, y temo, diría yo también, la prudencia de los responsables.

Actuar frente a una escala de valores establecida con extremada rigidez impide cualquier respuesta emocional, que sería en sí misma la que daría en cualquier sentido sus posibilidades racionales. Es desde la rigidez extremada que sobreviene una inacción total ante cualquier propuesta satisfactoria, retadora o agradable.

Recuerdo a un gran psicólogo que decía en su exposición que cuando el ser humano se deja llevar por esquemas de comportamiento que emanan de su fuerza interior, no tendrá una actuación diferenciada de la que surja de un exceso de análisis.

Cuando se tienen tan interiorizados los patrones de conducta, se actúa de una forma incontrolada ante cualquier toma de decisión. A una persona que actuara, ante cualquier sentido, de tal modo, podríamos calificarla de persona responsable, puesto que confía en las bases éticas de su comportamiento espontáneo.

Basándonos, pues, en los criterios de una persona de este perfil, po- dríamos apostar con los ojos cerrados por el ser humano que es capaz de actuar bajo una escala de valores que, más que analizada o pensada, es sentida en todo su interior, que puede ser por lo tanto vivida como una emoción, cerrándole así el paso a toda elucubración.

«El que vive amenazado por el miedo a equivocarse, la mayoría de las veces optará por no actuar. Quien no hace nada no se equivoca. Quien reprime sistemáticamente sus emociones e ilusiones elimina con mayor facilidad desilusiones y ansiedades. Quien busca desesperadamente la certeza en sus ideas y comportamientos vivirá instalado en la no acción, la no decisión, y en un descontrol permanente y regresivo de sus sentimientos.» (2)

Aceptar la naturaleza de un comportamiento asentado sobre una base de responsabilidad humana es aceptar la realidad de cada uno y poder sentirnos felices con nuestra vida.

Resumiendo lo expuesto, D. Pedro, yo también amo profundamente la locura que pueda abordar cualquier ser humano responsable, lo que elimina, asimismo, la fuente de angustia continua que paraliza bajo una prudencia excesiva a cualquier persona incapaz de aceptar como punto de referencia su maravillosa naturaleza, creada por el Sumo Hacedor.

(1) Empresa 2000. Octubre 92. «Entrevista con D. Pedro Durán Farell»; (2) Corbella, Joan. «Pensar o viure emociones».


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