Crónicas de un hombre serio  /  Escritos con y para el corazón

Tiempo de coronavirusmarzo 2020

Días enteros sin quitar siquiera el pestillo que echamos por las noches a la puerta de casa. La calle, ni pisarla. Es mi mujer, Toñi, la que, pertrechada con guantes y mascarilla, se acerca de vez en cuando al súper para, tras hacer la pertinente cola, traer provisiones. Y, de paso, aprovecha el viaje para bajar la basura. Me ha dicho que hay un cártel en el portal que advierte que no se puede andar subiendo y bajando las escaleras de la vecindad para hacer deporte por ser un espacio de uso común; hasta se amenaza con una denuncia a la Ertzaintza. El balcón se ha convertido en el espacio para hacer vida social: para preguntar a la vecina si se va recuperando de su reciente operación; para ver que sigue habiendo vida exterior, a través de las ventanas abiertas de la casa de enfrente; para comprobar que el mundo no se ha paralizado del todo viendo pasar vehículos por la autopista, oyendo el ruido de los trenes y del topo, que intuimos casi vacío; para ver como los perros, una y otra vez, pasean a sus dueños por el parque que hay al final de la calle; también para salir todos los días a aplaudir a quien se lo merece -en particular a los y las trabajadoras de la sanidad-, o a participar en una cacerolada contra quien haga falta.

Es tiempo de lectura, bendito vicio adquirido casi en la infancia, leyendo los pocos libros disponibles (incluidos un par de ellos que mi ama tenía medio escondidos -le debían parecer subidos de tono- y algunas novelas de amor de Corín Tellado). Es tiempo de estudio para quienes pensamos que la mejor manera de mantener la mente en forma es recorrer cada día el camino del conocimiento; o de telelana para quien todavía sigue en el tajo y puede seguir aportando (tras acondicionar como sitio de trabajo el todojunto que forman la cocina y el salón). Es tiempo de buscar nuevas rutinas para hacer deporte, de ver películas y series televisivas, de intentar infructuosamente arreglar los electrodomésticos que siempre se estropean en el peor momento, de escuchar un viejo disco casi olvidado. Es tiempo de internet, de wasaps, de videollamadas, de conversaciones telefónicas con hijos e hijas, con amigos y amigas, o con familiares con los que no hablamos habitualmente. Es tiempo de retomar el gusto por tocar un rato el piano (para no olvidar lo (poco) aprendido) o de cantar canciones, mientras se añora el ir a cantárselas a las personas mayores que están en las residencias, ahora más solas que nunca, para alegrarles una mañana o una tarde. Es también tiempo de escribir, aunque resulte difícil, casi obsceno, redactar artículos o relatos que dejen de lado este tiempo que nos ha tocado vivir.

Para quienes tenemos una vida callejera poco intensa y no añoramos salir cada día -salvo para hacer deporte o ir con la música de acá para allá- pasar la mayor parte del día en casa no es un encierro insoportable; sólo una circunstancia singular, casi unas vacaciones. Pero es difícil olvidar que estamos en estado de alarma, que los servicios sanitarios están en situación crítica, que hay quienes llevan mal estar confinados (incluidas niñas y niños) o sin poder visitar a los seres queridos; y también que, por desgracia, ha habido y sigue habiendo quien no llega a fin de mes, quien sobrevive en o al borde de la pobreza, quien pasa el día en la calle y duerme donde puede, quien tiene un mal presente y no vislumbra ningún futuro, quien enferma, quien está hospitalizado, y quien se muere. Aunque ahora todo esto se nos ponga más en evidencia y hasta nos agobie porque encendemos la radio o la televisión a cada rato y escuchamos la permanente crónica de lo que está deparando este tiempo de coronavirus.

Hace unos días, Xabier, nuestro hijo mayor, me decía que los momentos de la historia de la humanidad en los que más se ha manifestado la solidaridad entre la gente y se han puesto en marcha iniciativas que han disminuido la desigualdad entre las personas han sido los que han seguido a las grandes guerras, catástrofes o epidemias. ¡Ojalá esta vez también vuelva a suceder!

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