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“A esta edad hay más historias por escribir que tiempo para ocuparse de ellas”.
Arturo Pérez-Reverte; Hombres buenos; ALFAGUARA, 2015
Nací en El Crucero, un pueblo nicaragüense que pertenece al departamento de Managua. Está a más de 900 metros de altura sobre el nivel del mar y relativamente cerca de la costa del Océano Pacífico. Surgió hace casi un siglo y en la actualidad alcanza los 15.000 habitantes. Aunque con el paso de los años va aumentando la importancia del sector servicios, su economía sigue vinculada a la agricultura, sobre todo a la producción de café. Y, como es tradición en pueblos de estas características, en el mío también estaba arraigada -y, aunque en menor medida, lo sigue estando- la costumbre de denominar a personas con un apodo, que, a menudo, se hace extensivo a los miembros de una misma familia.
El Borola era un señor grueso y bajito, al que no se le adivinaba el cuello. La Paula Gata era una señora con unos poco habituales ojos azules. El Coime era llamado así por ser el encargado de un salón de juegos recreativos. El Porroco debía su apodo a tener el pelo rizado y pegadito al cuero cabelludo. El Cumbo era un hombre alto que caminaba encorvado. El Melico o el Meliquín era el barbero del pueblo, cuyo nombre era Manuel. El Pelón era un hombre que no tenía pelo, y a sus descendientes, tengan más o menos pelo, se les llama los Pelones. Los Gallina han recibido el apodo de su madre Carmen. El Juan Cabo era un fumador de puros empedernido, siempre con un cabo, una colilla, en la boca; a los de su familia se les llama Cabitos. Las Garrafonas eran unas señoras… con forma de garrafa. Los Billetes eran unos hermanos con cortes de pelo igualitos a los que llevaban los Bee Gees; y su padre era el Cusuco, que debía su apodo a ser grueso y con cabeza pequeña, como los cusucos o armadillos. Los Cabeza o los Cabezones, eran llamados así por motivos obvios. Y los Mallullos por ser del color de las cáscaras de los plátanos muy maduros o, en jerga infantil, muy mallullos.
A mi familia nos llaman los Garrobos, o las Garrobas si se hace referencia a nosotras, las mujeres. El origen del apodo está en una broma que, en el trascurso de una fiesta, le gastaron a mí abuelo Juan cuando fue animado a participar en una piñata. Como es sabido, el juego consiste en romper con un palo y llevando los ojos vendados una vasija de barro, que en mi pueblo se cuelga de la rama de un árbol. Suele estar llena de dulces, pero, en este caso, cuando mi abuelo acertó lo que cayó sobre él fue un enorme garrobo. En mi pueblo se conoce con este nombre al macho de la iguana, aunque los que saben deltema dicen que son dos especies diferentes. En cualquier caso, como se recoge en la imagen, ambos son animales vinculados a la cultura indígena.
También había un señor al que se llamaba el Zorro por tener el rostro afilado, la boca picuda y el pelo tieso. A sus descendientes se les conoce como los Zorros o, si son mujeres, las Zorras, sin que, en ninguno de los géneros, el apelativo tenga ninguna connotación despectiva o insultante. Al menos no lo tiene entre la gente de El Crucero, aunque hay una anécdota que da a entender que la forma de aceptar el apodo no es la misma si entre quienes lo escuchan puede haber personas que no sean crucereñas.
Mi padre, Cristóbal, es conocido por Garrobo, como todos y todas los que descendemos del abuelo Juan. Cierto día estaba estaba subido en el autobús que va desde El Crucero hasta Managua esperando que arrancara. Y apareció por allí una vendedora, que se llama Francisca y es apodada Zorra, por ser de la familia del Zorro. Ambos se conocían desde niños, por ser del pueblo y, además, por haber sido compañeros de escuela. Francisca se acercó a la ventanilla del autobús y le gritó a Cristóbal: “Garrobo, cómprame cajetas” (son dulces de coco empaquetados). Y mi papá le respondió en similar tono de voz: “No llevo reales, Zorra.” Por algún motivo, Francisca se sintió incómoda con la respuesta y estalló en insultos hasta que, entre las risas del destinatario, el autobús inició su marcha. Al cabo de unos días, cuando se volvieron a encontrar por las calles del pueblo, ya en el tono amigable habitual entre ellos, la Zorra le dijo: “Garrobo, desgraciado, el otro día no sé qué te hubiera hecho, creo que hasta te hubiera matado”. Él volvió a responder con más risas, que ambos acabaron compartiendo.
Post scriptum: Cristóbal dice a Francisca: “No llevo reales, Zorra”. En nuestro pueblo, y en muchos otros de hispanoamérica, “reales” es ahora solo una forma genérica de referirse al dinero. Pero el real fue una moneda de curso legal en el Reino de España -y, por tanto, también en sus colonias- desde el siglo XIV hasta mediados del siglo XIX. Incluso después, cuando se implantó la peseta, siguió circulando con un valor de 25 céntimos de peseta. Según me han contado, todavía en los años 50 del siglo XX existía la moneda de “dos reales” (50 céntimos de peseta), que era famosa porque tenía un agujero en el centro.