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“A esta edad hay más historias por escribir que tiempo para ocuparse de ellas”.
Arturo Pérez-Reverte; Hombres buenos; ALFAGUARA, 2015
El 24 de diciembre de 1979, como era costumbre, celebré la víspera de Navidad estrenando mi vestido nuevo. Era azul, con pelotitas blancas, que así era como en mi entorno se denominaba a los lunares. El vestido tenía volantes y un lazo con el que se ajustaba a la cintura. Acababa de cumplir nueve años.
Aquel final de año estaba muy contenta. Mi mamá Matilde había venido a visitarnos a mis hermanas Toñita y Eleana, a mi hermano Cristóbal y a mí, que era la pequeña. Cuando mis padres dejaron de vivir juntos fui la única que se fue con ella. Era muy pequeña. Quizás algún día cuente cómo fue aquello. Fuimos al norte. Después, al cabo de unos años, volví al sur, a vivir con mi papá Cristóbal. Él había formado una nueva familia y, aunque vivíamos todos juntos, la que se ocupaba de nosotras era mi abuela Toña.
Era 29 de diciembre. Mi abuelita estaba cocinando la cena, ayudada por mi hermana mayor, que había heredado su nombre. De ahí la duda que surgió cuando una vecina llegó a la casa y preguntó: “¿Está la Toñita?”. La señora, que estaba muy nerviosa, aclaró que quería hablar con “la mamá de Cristóbal”. En cuanto apareció la abuela le dio la noticia: “A la mamá de las chavalas la atropelló un carro”. La abuela le preguntó: “¿A qué mamá, porque mi hija Vilma está aquí, en la casa”. Y la señora precisó: “a la mamá de las hijas de Cristóbal, de las muchachas, de la mayores”.
Al escuchar aquella conversación y saber que la accidentada era mi mamá, me asusté mucho y me invadió la pena. Además, no sé si por el tono empleado por la señora que nos había dado la noticia, todo el mundo tuvo de inmediato la sospecha de que el accidente había sido grave. Y como la señora dijo que había ocurrido “en el kilómetro 25 de la carretera sur”, no muy lejos de la casa, nos fuimos todos, menos la abuela, corriendo hacia allí.
Aquello estaba lleno de gente. Una persona encontró el bolso de mi mama; otra, un zapato. Y, de pronto, alguien preguntó: “¿Y la niña?”. Mi mama había traído con ella a mi hermana Sofía, la pequeña de las cuatro criaturas que había tenido con su nueva pareja. Y aunque una de las personas presentes dijo que creía que cuando cruzaba la carretera no iba con ella, todos seguimos buscando entre la hierba, a ver si encontrábamos algún rastro de la niña. Cuando la infructuosa búsqueda se dio por acabada, los más pequeños regresamos a la casa, los demás se fueron al hospital.
Cuando volvieron, nos contaron que cuando en el hospital habían dado los datos de mi mamá, la enfermera les había dicho que era la misma mujer que hacia poco había dejado una niña ingresada. Era Sofía, que tenía una fuerte gastroenteritis. A mi mamá la estaban operando. Estaba muy grave y se pensaba que no iba a sobrevivir. Un médico les dijo que le daban apenas 24 horas de vida. Con aquel diagnóstico, mis tíos paternos, que habían venido a la casa, decidieron que no quedaba más remedio que preparar el velatorio. Los días siguiente fueron de desconsuelo y lágrimas.
Las celebraciones navideñas se dieron por acabadas. Pero tuve mi mejor regalo cuando supe que mi mamá no se iba a morir. Le dieron el alta en el hospital a mediados del mes de febrero. La llevaron a casa de unos familiares. Cuando pude verla, llevaba envuelta la cabeza en vendas y la parte de su cara que se veía estaba llena de cicatrices. Pero, dando muestras de su carácter de mujer luchadora, se acabó recuperando. Durante aquel tiempo pasó una de las cosas más bonitas que he vivido: cuando Sofía, salió del hospital, fue amamantada por la mujer de mi padre, que también se llamaba Vilma y estaba criando a su hijo pequeño. Siempre me emociono cuando lo recuerdo. Finalmente, mi mamá se volvió al norte.
Al cabo de un tiempo, en 1981, fue un señor el que llegó a la casa de mi abuela materna María, para dar, otra vez, una mala noticia. En ese momento estaba viviendo allí con mi mamá y fui la que recibí la noticia. El señor preguntó por mi abuela y, como no estaba en casa, me dijo: “Cuando venga dile que Matilde tuvo un accidente”. No recuerdo cuánto tardó en llegar mi abuela. En realidad, no recuerdo gran cosa de aquel episodio. Solo que fue tío Domingo, un hermano de mi madre que trabajaba en un aserradero, el que se ocupó de saber qué había pasado. Nos dijo que mi madre estaba en el hospital, en observación, y que se encontraba bastante bien. También en esta ocasión se recuperó.
Quizás el que este segundo accidente fuera menos grave es el motivo por lo que no recuerdo los detalles. Y tampoco puedo revivir las emociones que sentí en esta segunda ocasión, a diferencia de los recuerdos nítidos que tengo del día del primer accidente. Por cierto, una de las cosas de aquel día que se me quedó grabada es que llevaba puesto el vestido azul con pelotitas blancas.