“A esta edad hay más historias por escribir que tiempo para ocuparse de ellas”.

Arturo Pérez-Reverte; Hombres buenos; ALFAGUARA, 2015

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La braga amarillaoctubre 2021

Hace poco una humorista dijo que toda mujer tiene una braga con historia. Al oírlo pensé que no es fácil que alguna de ellas cuente cómo una de sus bragas pasó a tener historia. Sin embargo, hubo una ocasión en que una señora me contó cómo una de las suyas -amarilla, para más señas- se había convertido en protagonista de una historia.


Lo había conseguido. Mi madre, que era la que mandaba en casa, siempre había pensado que era mi hermana mayor la que tenía que ir a clases de corte y confección, aunque ni le gustaba ni se le daba especialmente bien. Según mi madre, mi destino era ir a trabajar a la fábrica en que ella limpiaba. Pero a mí no solo me gustaba coser, sino que me las apañaba para sacar partido a cualquier trozo de tela que llegara a mis manos. Aunque solo contaba con el apoyo silencioso de mi padre, había logrado que me contrataran como aprendiza en un taller de costura. No era un taller cualquiera: estaba dirigido por un modisto con cierta fama y allí se confeccionaban modelos exclusivos para las más adineradas de la ciudad.  

Al principio, apenas me dejaban hacer algo más que recados o entregar las prendas acabadas en los domicilios de las clientas. Como mucho me encargaban sobrehilar o dar un planchazo a algunas piezas antes de armar las prendas. Pero tenía claro que aquello era lo mío. Preguntaba sin parar a las oficialas y me ofrecía a colaborar en cualquier tarea. Poco a poco me fui ganando su confianza. Y como había veces en que el tiempo apremiaba, dejaban en mis manos alguna labor que ya estaba encaminada para que la finalizara. Todo ello, claro está, con el visto bueno del jefe, que era un lince para ver los fallos. Más de una vez tuve que descoser y volver a coser para rectificar algún error. Pero cada vez se fiaban más de mí y me iba encomendando tareas más importantes, aunque sin dejar de ser la novata, por lo que no me libraba de ni de los recados y de los repartos a domicilio. 

A menudo, en el taller sobraban pequeños retales, los cuales se repartían entre las chicas. Una vez me tocó lo que había sobrado después de cortar un vestido de verano. Era popelín de seda, de color amarillo. Me lo llevé como un trofeo. Una vez en casa, le di pocas vueltas a cómo aprovechar de la mejor manera posible aquel pequeño trozo de tela: me iba a hacer una braga. Me puse manos a la obra y enseguida la acabé. Me quedó perfecta. La lavé y al día siguiente me la puse para ir a trabajar. Cuando salí a la calle, aunque nadie podía saber que la llevaba, sentía que iba de estreno. En aquel tiempo, salvo quizás mi hermana con la que compartía habitación, era impensable que alguien me la viera puesta. Pero me sentía elegante llevándola puesta debajo de mi falda blanca plisada, que resaltaba mis piernas morenas en aquel día soleado y caluroso de finales de verano. 

Al cabo de unas horas, cuando el sol se había marchado y el día se había vuelto otoñal, me encargaron llevar al domicilio de la dueña el vestido del que había heredado la tela para mi braga amarilla. Estaba envuelto con todo cuidado, perfectamente planchado para ser estrenado en una fiesta que, al parecer, se celebraba aquella misma noche. El jefe me advirtió de la importancia de que el vestido llegara a su destino en perfectas condiciones. Y, tras mirar por la ventana y ver los nubarrones que llegaban por el noroeste, torció el gesto, me dijo que me diera prisa y que, por si acaso, cogiera un paraguas. Cuando salía por la puerta, con el vestido y el paraguas,  insistió en que tuviera mucho cuidado de que el vestido no se mojara ni se arrugara.  

No había llegado a la esquina cuando cayeron las primeras gotas. Abrí el paraguas y apresuré el paso para llegar cuanto antes a mi destino. Apenas eran unos minutos, pues el domicilio al que me dirigía estaba a escasas manzanas del taller. Pero no contaba con que la lluvia arreciara de inmediato y que, como en ocasiones solía ocurrir, lo hiciera acompañada por un viento racheado. Procuré ir por las calles más protegidas, pero cuando se levanta la galerna no hay forma de librarse. Y lo que nunca pensaba que me podía pasar pasó.  

Estaba totalmente centrada en proteger de la lluvia el vestido, que llevaba sobre el brazo izquierdo, con el paraguas, que llevaba en la mano derecha, cuando una ráfaga de viento me cogió por sorpresa. Fue al pasar la última carretera que debía cruzar para llegar a mi destino. Con las dos manos ocupadas, sin poder hacer nada por evitarlo, mi falda plisada se convirtió en una vela que se levantó hacia lo más alto. No podía detenerme en medio de la calzada. Como pude, llegué al otro lado. Me arrimé al edificio. Y, sofocada, esperé unos instantes hasta que logré que mi falda volviera a su sitio. Inmediatamente después, mantuve los ojos cerrados unos segundos, mientras me decía que había sido solo un momento y que, además, no había nadie en la calle, pues todo el mundo parecía haberse puesto a buen recaudo. 

Pero en cuanto abrí los ojos me di cuenta de mi error. Justo en la esquina de enfrente, en el entresuelo, había una oficina con un gran ventanal, en el que había un numeroso público que, a buen seguro, había asistido y seguramente disfrutado con el espectáculo. Apenas miré un momento, y de reojo, pero me pareció que allí había una cantidad ingente de señores, a los que imaginé sonriendo y haciendo comentarios sobre mi braga amarilla. Entré apresuradamente en el portal de la clienta, que estaba a pocos metros y, cuando logré que mi corazón se apaciguara, entregué, sano y salvo, el vestido.

Al bajar de nuevo al portal, miré a través de los cristales de la puerta para cerciorarme de que ya no había nadie en el fatídico ventanal, y salí corriendo en la dirección que más rápidamente me dejara fuera la vista de los improvisados espectadores. Mientras volvía hacia el taller, me puse a pensar en que nunca habría imaginado que mi bonita braga iba a ser vista por tantas personas, y todavía menos por tantas del género masculino. Cuando llegaba de vuelta al taller, me vino una sonrisa a los labios al darme cuenta de que mi braga amarilla tenía ya una historia. Y pensé que quizás algún día se la contaría a alguien.

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