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Los chicos de la Cruz Rojaabril 2018

Ariadna Cuesta

Mamadou & Mamadou y Los Chicos de la Cruz Roja

Javier García Aranda

[…] En definitiva, me quedo con mis dos textos: Mamadou & Mamadou y Los chicos de la Cruz Roja, que esta historia ha hecho que se conviertan definitivamente en relatos. Si tiene un rato, léalos, por favor. Y, en un improvisado certamen, decida a cuál de ellos le otorga el primer premio y a cuál, el accésit. Están firmados con los seudónimos que elegí para enviarlos al dichoso certamen (el de verdad), que son, nada más y nada menos, que los nombres de mis hijas. Su veredicto -el de usted, lector/a, y el de ellas- es el que realmente me importa (El relato de los relatos).


Si usted tiene hijas o hijos adolescentes y en plena celebración de las fiestas de su pueblo o ciudad suena el teléfono de su casa a las dos de la madrugada, lo mejor que le puede pasar -y lo menos probable- es que se trate de algún despistadillo que ha marcado mal el número y le ha despertado en el primer sueño. Lo más lógico es que la llamada esté relacionada con las celebraciones festivo-nocturnas de alguna de sus criaturas.

Por tanto, si una es de las que tiene un teléfono en la mesilla de noche y se despierta al instante, lo que desea fervientemente durante la breve fracción de tiempo que trascurre desde que suena el primer pitido del teléfono hasta que, antes de que suene el segundo pitido y ya sentada en la cama, oye la voz de quien está haciendo la llamada, es que al otro lado del teléfono esté alguna de las citadas criaturas. Aunque sea para contarle una increíble milonga que le haga tener que levantarse de la cama e ir a recogerla a no-se-sabe-dónde porque le ha pasado no-se-sabe-qué.

Y lo que menos desea es que suene una voz que le pregunta si aquella es la casa de fulanito o menganita y, tras contestar que sí, esperar otro interminable instante de tiempo hasta que su interlocutor le dice que no se asuste, que no le pasa nada grave, que no ha tenido ningún accidente, que sólo se siente indispuesta (el lector avezado ya habrá concluido que se trata de una adolescente), que, al parecer, le ha sentado mal algo que ha bebido. Que es la forma suave de decirle aquello de que su hija se ha agarrado una tajada de padre y muy señor mío, que la tenemos hace rato por aquí tirada, echando la pota, y que se venga usted a por ella, que la cruz es suya, que por aquí ya tenemos bastante con nuestra Cruz Roja.

Para ese momento ya tiene a su marido expectante. Y tras tranquilizarlo diciéndole que a la niña no le pasa nada grave, que sólo está borracha y que hay que ir a por ella, no queda otra que asumir que toca levantarse, vestirse con lo primero que se pille, coger el coche, recorrerse la ciudad maldiciendo las puñeteras fiestas y las celebraciones juveniles correspondientes, y acercarse hasta la base de la Cruz Roja en la que tienen a la criatura llorando la cogorza.

Tras llegar al sitio en cuestión e identificarse como progenitores de la indispuesta, un señor joven, simpático y atento, con la media sonrisa de quien está acostumbrado a esos trámites, dice que está ahí al lado, que ya se le está pasando, que les ocurre a muchos y muchas. Con cara de circunstancias y tras dar las gracias por ocuparse de la criatura, sólo queda dirigirse a la sala contigua, donde se encuentra la interfecta acompañada por dos muchachos que, al parecer, la están consolando por el mal rato que está pasando por habernos dado el disgusto de tener que ir a recogerla en aquel trance. 

Observando la abnegación de aquellos jóvenes, cuya vocación de servicio a la sociedad les lleva a renunciar a las actividades festivas para dedicarse a ejercer como voluntarios y, entre otros avatares, atender a quienes se pasan en sus celebraciones, una recupera buena parte de la fe en la juventud; la que daba por perdida en la travesía nocturna, al recorrer la ciudad en fiestas cual si se tratara de la nueva Gomorra.

Se les ve tan dispuestos, tan solidarios, tan identificados con la causa, ataviados con los colores blanco y rojo de la institución en la que ejercen sus benefactores servicios -llevan sendos pantalones rojos y camisetas blancas-, que a una se le llena el corazón de admiración. Y aceptamos con resignación, respeto y dando las gracias que, tras acompañar a la niña hasta el coche y despedirse cariñosamente de ella, uno de ellos nos diga, solemnemente, que la cuidemos mucho.

El resto de la noche no tiene mayor historia. Vuelta a casa en silencio, miradas esquivas, algunas disculpas balbucientes; y vete a la cama a dormir que mañana ya hablaremos. Luego, un buen rato de insomnio hasta que se pasa el subidón de adrenalina, suspirar confiando en que el resto de la muchachada doméstica no se haya metido en ningún otro lío y, para coger el sueño, contar los días que quedan para que se acaben las dichosas fiestas.

Al día siguiente, tras el reparador descanso -el de la niña-, llega el momento de las explicaciones más pausadas y del consiguiente sermón sobre la maldad intrínseca de los excesos etílicos. Por supuesto, en el contexto del análisis de lo bueno y lo malo de los festejos, se señala como ejemplo de buenas prácticas a los chicos de la Cruz Roja que tan amablemente se habían ocupado de ella. Y entre perpleja y sonriente, la niña dice que no, que los simpáticos muchachos no eran de la Cruz Roja, que sólo eran unos colegas que se habían prestado a acompañarla.

Y una, estupefacta y con sensación de haber pasado parte de la noche en fuera de juego, dice aquello de que hasta llevaban el uniforme que caracteriza a los chicos de la Cruz Roja; con lo que la criatura, ya definitivamente recuperada de la correría nocturna, no puede aguantar el cachondeo al decir que sólo era una casualidad que llevaran -ambos- camiseta blanca y pantalón rojo. ¡Los muy horteras!

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