Historias  /  Sucedidos

El perronoviembre 2019

Cuando años más tarde leí “Lola, espejo oscuro”, sentí rabia al acordarme del miedo que pasaba cada vez que mi madre me mandaba a donde su hermana. La tía vivía en la ladera del monte en el que acababa nuestro barrio, en una casa con un pequeño huerto. El motivo de mis visitas era recoger un poco de la verdura que cultivaba. Siempre era al atardecer, cuando acababa el horario escolar. Mientras iba, pensaba que al volver todo estaría oscuro, lleno de sombras amenazantes. Y sentía una gran inquietud. 

No sé cómo adivinaba el momento. Pero, cuando salía por el umbral de la puerta cargada con mi bolsa, él me estaba esperando. Era pequeño, de raza incierta y color entreverado. Me miraba, y se ponía a caminar a mí lado. Siempre en silencio, sin pedir nunca una caricia. En aquellos largos minutos de recorrido por aquel camino embarrado y lleno de recovecos, su presencia me tranquilizaba. Cuando llegábamos a lo alto de la larga escalera, tenuemente iluminada, que conducía hasta los primeros edificios del barrio, se paraba. Cada vez que descendía un tramo, me volvía. Allí seguía, quieto, mirándome. Hasta que llegaba abajo. Antes de adentrarme entre las casas, lo miraba por última vez. Entonces se daba la vuelta y se marchaba. Sabía que el próximo día también podía contar con él. Nunca supe cómo se llamaba. Igual no tenía nombre.

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