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Aquella mañana de septiembreagosto 2018

Memorias de un hijo póstumo

Gabriel García Márquez decía que toda persona tiene vida pública, vida privada y vida secreta. Es una buena forma de clasificar los aconteceres de una biografía, aunque las fronteras entre unas y otras vidas son difusas y, además, cambiantes con el tiempo. En estas cuatro historias hay recuerdos, interpretaciones, recreaciones y reflexiones que pertenecían a mi vida privada o, incluso, a la secreta. Ahora pasan a la esfera de lo público.

No ha sido una idea gestada y madurada en el tiempo. Las exigencias del guión de un curso sobre cómo escribir relatos me llevaron a escoger entre experiencias vitales que me habían dejado huella. Elegí el fallecimiento de mi aita Luís García Simón, hace 66 años. Y alrededor de este leitmotiv surgió, casi inevitablemente, esta tetralogía.


Es lo que tiene hacerse muy mayor: cuando te adentras en eso que llaman la cuarta edad te acuerdas de lo que pasó hace décadas mejor que de lo ocurrido hace unos días. Aunque aquellas horas no se me olvidarían nunca; ni siquiera si volviera a reencarnarme una y otra vez como creen en algunas religiones. La vida sigue; pasan los años; y hay momentos en que te encuentras viviendo como si nada hubiera ocurrido, como si el hoy hubiera llegado a ser como es de forma inevitable. Incluso llegas a contar lo que sucedió aquel día como si fuera una historia ajena. Eres consciente de que has tenido que aprender a seguir viviendo, a luchar cada día por salir adelante, a sufrir y llorar por otros acontecimientos. Y también a disfrutar, algo que al principio parecía imposible. Pero, siempre, incluso ahora que el futuro es corto y predecible, acaba surgiendo desde muy dentro la pregunta mil veces formulada y nunca respondida con certeza: ¿cómo hubiera sido mi vida, nuestra vida, la de los dos y la de nuestros hijos si él hubiera estado a mi lado? 

Cuando sonó el timbre de la puerta estaba dando las últimas puntadas a aquel dichoso vestido. La clienta lo quería para ir a una boda. Me había traído un recorte de una revista. ¡Como si su cuerpo tuviera algo que ver con el estiloso dibujo al que le había plantado el diseño de Balenciaga! Me había llevado más tiempo que el previsto conseguir algo parecido. ¡A mí sí que me hubieran venido bien las clases de corte a las que, sin ninguna gana por su parte, había asistido mi hermana la mayor! Y todavía no había podido acabar mi vestido nuevo. Quería tenerlo para cuando él bajara a casa. Hacía ya un mes que estaba ingresado. Le habían extirpado un quiste. Decían que era una operación sin importancia… 

—Es la vecina—dijo mi madre, mientras entraba al cuarto en el que yo cosía durante el día; el mismo que por la noche ella y mi padre utilizaban como dormitorio—Han llamado de la clínica y han dicho que subas cuanto antes—añadió, muy seria. 

Noté que mi corazón se aceleraba. En la visita del día anterior me había dicho que muy pronto le iban a dar el alta. ¿A qué venía esta llamada? Igual había llegado el momento de su regreso a casa. ¡Y mi vestido sin acabar! Me levanté. Salí al pasillo. La vecina estaba al lado de la puerta de la calle. La suya era una de las contadas viviendas que tenían teléfono en la vecindad. Era muy buena gente. No les importaba que diéramos su número por si tenían que avisarnos. Tenían dos hijas; nosotros, chica y chico. Ella también estaba embarazada. 

—¿Qué pasa? ¿Por qué tengo que subir? ¿Qué te han dicho?

—Nada—dijo la vecina. Han preguntado por ti, les he dicho que vivías al lado y me han dicho que te avise: que subas cuanto antes.

—¡Anda, vete! Ya me ocupo yo de los críos si vienen a comer antes de que vuelvas—dijo mi madre. 

Me fui tal y como estaba: una bata de verano y alpargatas. A principio de los años 50 y con mis 32 años no desentonaba en aquel día soleado de primeros de septiembre. Sé que cogí una chaqueta de punto porque me la puse después, al volver a casa. Entonces ya la llamábamos rebeca. Habíamos visto la película poco después de casarnos, en el cine del barrio. Vivíamos en casa de mis padres, con mi hermana pequeña. Las otras dos ya estaban casadas y vivían por su cuenta. Hasta la clínica había unos veinte minutos de caminata. Fui deprisa. Estaba nerviosa. Una y otra vez me venían a la mente malos presagios, pero los rechazaba. Quería pensar que íbamos a bajar juntos. La idea de volver a tenerlo en casa y de esperar cada mañana a que regresara después de haber pasado la noche trabajando en la panadería era estimulante. ¡Qué pena me daba no haber podido acabar el vestido nuevo!, ¡con lo bien que me sentaba el color blanco con el moreno del verano! Tendría que darle la noticia. Pero eso sería después, cuando estuviéramos en la cama, pasando la noche juntos antes de que volviera a trabajar. 

—¿Ha venido usted sola? Pase un momento a esa sala; enseguida estoy con usted. 

Es lo único que me dijo aquella monja cuando me identifiqué. Tardó unos minutos en volver. Mientras tanto, no quería pensar en nada. 

Ni me miró a los ojos cuando volvió y me dio la noticia. 

—Su marido ha fallecido. Lo siento. Tiene que firmarme estos papeles.

—¿Qué le ha pasado? pregunté, sin poder contener las lágrimas.

—Ha sido una embolia. Suele pasar a veces—me espetó la monja. Sin contemplaciones.

—Pero ayer estaba bien… me dijo que iba a bajar pronto a casa—las lágrimas me salían a raudales—. ¿Puedo verlo?

No me dejaron. Creo que firmé los papeles. Me dijeron que se ocuparían de que el cadáver fuera trasladado a casa (entonces no había tanatorios). Emprendí el camino de vuelta. Sentí frío. Me puse la rebeca. Al recorrer aquellas calles tan familiares quería pensar que todo era un mal sueño. Empezaba a pasarme lo que tantas veces me ocurrió durante los años siguientes: cuando miraba a lo lejos me parecía verlo aparecer entre la gente. Alto, delgado, serio, guapo… Pensé en nuestra hija mayor y en el pequeño, al que le estaba costando salir adelante. Y también en nuestro tercer hijo, el que yo sabía que llevaba dentro y que él nunca llegaría a conocer. 

Muchos años después conté a ese hijo que había llegado al mundo de chiripa: no me cabía ninguna duda de que había sido concebido la última vez que había estado con su padre. Había sido la tarde anterior a que subiera a la clínica para que le operaran. El solía echar la siesta para recuperar las horas de sueño que no podía permitirse por las noches. Ese día, como otros, me había ido con él a la cama. Estaba cansado. Se durmió de inmediato. Al poco, me levanté con cuidado para no despertarlo, pero… Me pidió que me quedara. Le dije que era tarde, que andaba toda la familia por allí alrededor. Y me fui a coser. A los pocos minutos me entró el remordimiento. Era su último día. Volví a la cama. Me recibió con una sonrisa. Nos llevábamos bien. También en la cama. Habíamos aprendido juntos. Me preguntó si había riesgo. Le dije que no se preocupara. Y me quedé embarazada. 

Como cada día, miro el mar desde la ventana de la vivienda a la que, unos años después, me fui a vivir con mis tres hijos. Sé que no llegaré a cumplir el siglo de vida que todo el mundo me augura. Los recuerdos se van difuminando y entremezclando confusamente con lo soñado o lo imaginado. Pero me acuerdo bien de aquel día en que mi vida se partió por la mitad, de la desolación infinita que sentía aquella mañana de septiembre cuando volvía de la clínica. Han pasado muchas décadas desde entonces. He vivido todo lo que la vida me ha ofrecido. Con entusiasmo, con pasión. Pero nunca he olvidado sus ojos azules, su boca, sus manos, su piel. ¡Mira que si estuviera esperándome! ¡Con lo joven que seguirá siendo!

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