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Ausenciasagosto 2018

Memorias de un hijo póstumo

Gabriel García Márquez decía que toda persona tiene vida pública, vida privada y vida secreta. Es una buena forma de clasificar los aconteceres de una biografía, aunque las fronteras entre unas y otras vidas son difusas y, además, cambiantes con el tiempo. En estas cuatro historias hay recuerdos, interpretaciones, recreaciones y reflexiones que pertenecían a mi vida privada o, incluso, a la secreta. Ahora pasan a la esfera de lo público.

No ha sido una idea gestada y madurada en el tiempo. Las exigencias del guión de un curso sobre cómo escribir relatos me llevaron a escoger entre experiencias vitales que me habían dejado huella. Elegí el fallecimiento de mi aita Luís García Simón, hace 66 años. Y alrededor de este leitmotiv surgió, casi inevitablemente, esta tetralogía.


El cementerio era un laberinto de senderos. Cada uno tenía su nombre escrito en un letrero de madera de color verde. Siempre había varias señoras que estaban limpiando los panteones de sus familias. También retiraban las flores que se habían marchitado y colocaban otras nuevas. Algunas me conocían de verme por allí. Me saludaban con una sonrisa cuando hacía cola junto a ellas para coger agua en un grifo que había en una esquina. Iba muchos domingos, con una de las hermanas de mi padre. Mientras ella limpiaba, me sentaba en una esquina del panteón y miraba los nombres de la lápida. Siempre lo hacía. Sobre todo leía y releía el de mi aita. Al acabar, escondíamos entre unos arbustos la botella que utilizábamos para el agua. Antes de marcharnos siempre rezábamos: un padrenuestro, un avemaría y el gloria. A veces se echaba a llorar y se sonaba con un pañuelo. En una de aquellas ocasiones me miró mientras trataba de sonreír y me dijo que hacía ocho años que había muerto mi padre. Estábamos en septiembre. Yo había cumplido siete en mayo.

La tía iba cada semana al cementerio. Siempre fue soltera. Vivía con los abuelos, junto con otra hermana y su familia. Después de morir el aita, la abuela quería que fuéramos a visitarla a menudo. Y como nuestra madre tenía que coser para ganar su sustento y el nuestro, nos solía mandar a nosotros solos. Cuando nací, en 1953, mi hermana todavía no había cumplido los nueve años; mi hermano tenía seis. Recorríamos la ciudad de un extremo al otro: una niña, acompañada de otro niño, empujando un carrito con un bebé. Seguro que la gente nos miraba.

Mientras fui pequeño iba mucho a aquella casa, incluso después de morir los abuelos (dicen que la abuela nunca se recuperó de la muerte de su hijo; el abuelo murió poco después que ella). Todos me trataban con mucho cariño; y mi prima y mis primos, como si fuera su hermano pequeño. A veces me llevaban a la panadería en la que había trabajado mi aita. Estaba a pocos metros del portal. Muchas veces entraba adonde se hacía el pan. Pensaba en que mi aita había estado allí muchas veces. Había visto una foto suya en la que aparecía con sus compañeros.

La tercera de las hermanas del aita fue una de mis segundas madres (la otra fue una hermana de la ama que nunca tuvo hijos, aunque sí muchos sobrinos). Estaba casada. Tampoco tenían hijos, pero siempre vivió con ellos su cuñado (el hermano pequeño del tío), que siendo un niño se había quedado huérfano. Era como un hermano mayor para mí. Cuando conseguía estar entre los primeros de la clase (según los resultados de los exámenes, nos iban cambiando de sitio), me premiaba con una vuelta en una modesta moto que usaba para hacer los recados en la tienda de comestibles que regentaban. Pasaba mucho tiempo en casa de aquella tía. Me hablaba mucho de mi aita. Y nunca se cansaba de repetirme que, sobre todo, tenía que querer mucho a mi madre.

Una vez que estaba paseando con ella había un desfile militar, y nos paramos a verlo. Los soldados que iban en cabeza llevaban picos y palas. Al caminar daban potentes zancadas y braceaban levantando la mano por encima de la cabeza. Mi tía me explicó que se les llamaba gastadores y que solían elegirlos para desfilar de esa forma por ser altos y bien plantados. Luego, me miró muy fijamente y me dijo que, mientras estuvo haciendo el servicio militar, también mi padre había desfilado como gastador. Poco después, me tocó a mí hacerlo, con un hacha de madera al hombro, en una celebración escolar. Y, aunque yo no era de los más altos, me acordaba de lo que me había contado mi tía.

Hasta que tuve siete años, vivíamos en casa de los abuelos maternos. En otra de las puertas del rellano vivía una familia con la que teníamos mucha relación. El hijo pequeño era unos meses mayor que yo. Jugábamos mucho juntos. Iba muchas veces a su casa a ver la televisión. Nosotros no teníamos. También tenían teléfono. Y un piano. El padre era un señor muy simpático que solía ir vestido con corbata. Cuando me saludaba me llamaba mutiko.

En el mismo rellano también vivía mi madrina. Tenía una edad similar a la de mi madre. Era soltera y, según decía la ama, había sido desgraciada en amores. Tenía otro ahijado. Los dos solíamos pasar unos días en su casa durante la Semana Santa. Varios años, en el domingo de Pascua, acompañamos al otro ahijado de vuelta a su casa y nos quedamos a comer con su familia. En una ocasión celebraban el cumpleaños del padre. A los postres, el otro ahijado y su hermana mayor se levantaron de la mesa y regresaron con unos regalos. El padre abrió los paquetes, se puso muy contento y dio un abrazo a cada uno. Después, por la tarde, la madrina y yo nos volvimos a nuestro barrio. Al despedirnos, me dio un beso y unas monedas. Aunque me sonreía, se notaba que estaba triste.

Hasta los diez años fui a una escuela pública, como la mayoría de quienes en aquel tiempo teníamos poco dinero. Allí se estudiaba una especie de educación primaria que acababa a los 14 años. Te daban un certificado de estudios... y te ibas a trabajar. Mi hermano y yo tuvimos suerte: a pesar de que vivíamos en condiciones muy humildes y nuestra situación económica era muy precaria, mi madre estaba empeñada en que estudiásemos (mi hermana no tuvo esa oportunidad; en aquellos años era difícil que una chica la tuviera).

A los diez años fui a un colegio de frailes para cursar el bachillerato. Un día, al salir de clase, un compañero me siguió hasta la parada del autobús que cogía para volver a casa. Iba acompañado de algunos otros, que le jaleaban. No había tenido ningún problema con él, pero, al parecer, tenía alguna cuenta pendiente conmigo. Era más alto y fuerte que yo. Jamás me había peleado con nadie. Estaba asustado. Se encaró conmigo. Me empujó. Como pude, repelí el empujón. Debí de darle una patada. Se retiró y, a los pocos segundos, empezó a vomitar. Me dijo que ya nos veríamos. Y se marchó. Me fui a casa con una gran angustia. Por lo ocurrido y por lo que podía suceder. No sabía a quién pedir ayuda. No se lo conté a nadie. Nunca volvió a ocurrir nada. Llegamos a ser buenos compañeros.

Cuando empecé a quedar con amigos del colegio, uno de nuestros pasatiempos era jugar al futbolín. En el sitio al que íbamos había también billares; de los de antes, de los de hacer carambolas. Una vez decidimos probar. Era difícil. Uno de ellos resultó ser muy bueno. Me contó que su padre le enseñaba. Un día que habíamos quedado para jugar, cuando llegué, él estaba echando una partida con su padre. Vi cómo le explicaba la forma de hacer algunos trucos. Se lo pasaban bien jugando juntos.

En una ocasión, el religioso que era responsable de nuestra clase me llamó a su mesa. El resto de compañeros estaba estudiando para un examen. Me dijo que había estado revisando la situación familiar de los alumnos de la clase: todos tenían padre y madre menos yo. Me preguntó si quería mucho a mi madre y si era bueno con ella. Mientras tanto, me cogió la mano. Le dije que sí. Me sentía muy incómodo. Pensaba que algún compañero de clase estaría mirando la escena. Era un fraile bastante mayor, con malas pulgas; aunque no tenía mala fama como otros. Me dijo que me portara bien en casa y que estudiara mucho. Enseguida dejó que me fuera a mi sitio. Me sentí aliviado. Al poco, cumplí quince años.

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