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Permanecer en el recuerdoagosto 2018

Memorias de un hijo póstumo

Gabriel García Márquez decía que toda persona tiene vida pública, vida privada y vida secreta. Es una buena forma de clasificar los aconteceres de una biografía, aunque las fronteras entre unas y otras vidas son difusas y, además, cambiantes con el tiempo. En estas cuatro historias hay recuerdos, interpretaciones, recreaciones y reflexiones que pertenecían a mi vida privada o, incluso, a la secreta. Ahora pasan a la esfera de lo público.

No ha sido una idea gestada y madurada en el tiempo. Las exigencias del guión de un curso sobre cómo escribir relatos me llevaron a escoger entre experiencias vitales que me habían dejado huella. Elegí el fallecimiento de mi aita Luís García Simón, hace 66 años. Y alrededor de este leitmotiv surgió, casi inevitablemente, esta tetralogía.


Cuando apenas se han superado los treinta años, casi nadie suele tener todavía el afán de perdurar más allá de la muerte. Además, si uno trabaja como panadero, no tiene como objetivo dejar ninguna obra memorable para la posteridad: sólo aspira a sacar adelante a su familia. Esto es así por mucho que, pasados los años, mi hijo pequeño, el que no llegué a ver nacer, bromee diciendo que hay tres personas en la historia que murieron a los treinta y tres años habiendo dejado una gran huella tras de sí: Alejandro Magno, Jesús de Nazaret... y su padre.

Se dan muchas vueltas a cómo es el momento de la muerte y a qué sucede después: que si uno ve pasar toda su vida como si fuera una película; que si la luz al final del túnel; que si la música de las esferas; que si sólo hay el apagón del punto final; que si hay reencarnación, resurrección, purgatorio, paraísos, infiernos... Sea cual sea la opinión o creencia de cada cual, lo que no ofrece dudas es que, para la persona que fallece, el devenir del tiempo de los vivos queda para siempre en suspenso. Y, desde ese momento, sólo quienes siguen viviendo pueden recordar, interpretar, valorar o imaginar qué hizo o pensó la persona fallecida mientras vivió, cómo afrontó el momento de la muerte o qué posturas u opiniones habría tenido sobre lo acaecido posteriormente, tanto en su entorno más cercano como en cualquier otro.

Cuando se muere joven, se dejan sin escribir muchos renglones de la vida. Y, en ocasiones, hay quien los rellena con lo que mejor le encaja para dar forma al personaje imaginado que sustituye a la persona desaparecida. Quien muere ya no puede reivindicar su propia visión y opinión sobre nada, ni siquiera sobre lo experimentado en su propia existencia. Sea como fuere, hay un aspecto de mi corta historia sobre el que nadie puede tener ninguna duda: durante mis últimos años, mi mujer, junto a nuestra hija y nuestro hijo, eran lo más importante.

En el último mes, cuando ella subía a visitarme a la clínica en la que me habían operado de algo que parecía poco importante, hacíamos planes para el futuro. No habíamos podido disfrutar de nuestra juventud. La guerra nos llegó siendo adolescentes. Después, mi servicio militar -o lo que fuese aquello- no se acababa nunca. Le pedí que me esperara. Tuvo paciencia y lo hizo. Nos casamos cuando todavía el ejército no me había licenciado. No nos alcanzaba para vivir por nuestra cuenta, y no tuvimos otra alternativa que irnos a vivir a casa de su familia (algo muy normal en los años de la posguerra). Enseguida llegó la niña; luego, el niño. Y, simultáneamente, ella enfermó del pulmón. ¡Un año en el sanatorio antituberculoso sin saber qué iba a pasar! Pero lo superamos.

Poco antes de operarme, me habían ofrecido en alquiler la panadería en la que trabajaba. Aunque le gustaba mucho coser y era toda una artista con la aguja (a la postre, acabó sacando adelante a nuestros hijos a base de dar puntadas), ella se había mostrado dispuesta a dejarlo todo y ponerse a vender panes. Parecía que, por fin, la suerte nos sonreía. Había llegado el momento de ganar algo más, de prosperar. ¡Podríamos tener una vivienda para nosotros y nuestros hijos! Éramos jóvenes. No nos asustaba tener que trabajar mucho. Teníamos ilusión... y toda una vida por delante. Al menos eso era lo que pensábamos.

La habitación de la clínica era compartida, pero durante sus visitas siempre había algún momento para las confidencias y los besos furtivos. Bromeábamos sobre que, cuando me dieran el alta, tendría que pasar unos días en casa hasta acabar de recuperarme. Podríamos dormir juntos varias noches seguidas: ¡todo un regalo para quien estaba obligado a despedirse de su mujer cada anochecer para ir a trabajar! Lo que ella no me dijo y yo no llegué a adivinar en aquellas conversaciones en voz baja era que la tarde anterior a subir a la clínica, durante la siesta, habíamos engendrado un nuevo hijo. Tuvo que ser difícil para él criarse sin su padre, tener que imaginar cómo era a través de algunas fotografías y de lo que le contaban los demás; aunque seguro que no lo fue menos para su hermana y su hermano.

En los años 50 nadie hablaba de negligencias médicas; ni siquiera se planteaba la posibilidad de que hubiera errores. Ningún médico daba muchas explicaciones; además, casi nadie se las pedía. Al menos, no lo hacíamos los que pertenecíamos a las clases populares. Las cosas pasaban porque tenían que pasar. La fatalidad imponía su ley inexorable. Todo fue tan rápido que apenas tuve tiempo de sentir tristeza por no poder vivir más tiempo, por dejar a mi familia. En apenas unos minutos pasé de la ilusión por reanudar mi vida interrumpida por aquella maldita operación a hacer el tránsito hacia el más allá.

Morir joven no sólo es una tremenda mala suerte para quien fallece, sino también una desgracia difícil de asimilar para quienes deseaban compartir la vida contigo o para quienes aspiraban a envejecer y morir antes que tú (nada puede ser más duro que sobrevivir a un hijo). Por mucho que se le dé vueltas, no hay forma de encontrar argumentos para tratar de hacer un quiebro a la tragedia. A quienes te sobreviven sólo les queda el triste y paradójico consuelo de recordarte en el esplendor físico de la juventud. Al menos si la muerte no ha venido precedida de un gran deterioro. Ese fue mi caso. Estaba prácticamente recuperado, a punto de que me dieran el alta, pero...

Cuando avisaron a mi mujer de que era urgente que viniera a la clínica, no se podía imaginar que todos nuestros proyectos en común hacía un momento que se habían esfumado para siempre. No podía saber que ya se había convertido en una viuda de 32 años, madre de una hija, un hijo y un tercero por llegar. Lo que ella siempre sabría es que la quise apasionadamente hasta mi último suspiro. Y quiero pensar que también ella me amó hasta el final de la larga vida que le tocó vivir. La prueba es que, muchas décadas después, quiso ser enterrada junto a mí.

La muerte forma parte indisociable de la vida. A la gente de mi generación no le quedó otro remedio que aceptar que, además, se puede tener la fatalidad de morir joven. No fue una conclusión producto de la reflexión, sino de la mera evidencia: a la crueldad de la guerra le había sucedido la dureza de la posguerra. Sin embargo, si después de morir joven se pudiera todavía tener un sentimiento, sería de rabia. Rabia por no poder hacer nada para evitar quedarte, en un instante, suspendido para siempre, sin remedio, en la falsa eterna juventud de los recuerdos. Porque la mayoría de las personas que dejamos el mundo de los vivos sólo seguimos presentes en la medida en que permanecemos en el recuerdo de quienes nos han querido y que, de alguna forma, nos siguen queriendo y, quizás, añorando.

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