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Para sus nietas y nietosfebrero 2024

Cuando empecé a quedar con amigos del colegio, uno de nuestros pasatiempos era jugar al futbolín. En el sitio al que íbamos había también billares; de los de antes, de los de hacer carambolas. Una vez decidimos probar. Era difícil. Uno de ellos resultó ser muy bueno. Me contó que su padre le enseñaba. Un día que habíamos quedado para jugar, cuando llegué, él estaba echando una partida con su padre. Vi cómo le explicaba la forma de hacer algunos trucos. Se lo pasaban bien jugando juntos.” (Ausencias)


Jesús Mari Vicente Benito, in memóriam

La escena en la que Jesús Mari jugaba al billar con su aita quedó profundamente grabada en mi memoria de hijo póstumo. Nos habíamos conocido pocos años antes, cuando coincidimos en la misma aula; yo era un recién llegado y él, el alumno más aventajado de la clase. Desde el principio nos caímos bien. Junto con Luis Gabilondo Pujol, acabamos formamos un trío que, poco a poco, se fue consolidando como grupo de amigos. Entre los 10 y los 17 años, compartimos estudios de bachillerato y preuniversitario (fuimos la última generación que hizo el “preu”) en el Colegio del Sagrado Corazón - Mundaiz, en San Sebastián, un colegio solo para chicos, donde las únicas personas del sexo femenino que había eran las señoras que realizaban tareas de limpieza o cocinaban para los frailes y los pocos alumnos mediopensionistas.

Era un tiempo pretecnológico. No había móviles ni consolas. Tampoco teníamos actividades extraescolares, salvo los pocos elegidos para formar parte de los equipos del colegio, cuya existencia dependía de la afición de alguno de los frailes y no de una planificación educativa. Los domingos por la mañana, después de la misa escolar obligatoria (sic), íbamos a ver los partidos de fútbol de la playa y/o los del Salleko, el equipo de balonmano que jugaba en un campo infame, improvisado en el frontón de rebote que había en Anoeta. Por la tarde, cada dos semanas, pertrechados de paquetes de pipas, íbamos a ver a la Real; era cuando los partidos se jugaban a primerísima hora, porque el viejo campo de Atotxa todavía no tenía iluminación artificial. También íbamos a menudo al cine; muchas sesiones dobles en el Bellas, el Trueba, el Actualidades o el Pequeño Casino. Y, por supuesto, jugábamos al futbolín; y, más tarde, también al billar, una disciplina en la que nunca conseguimos ganar a Jesús Mari. Y así, poco a poco, siendo buenos alumnos y chicos formales, dejamos atrás la niñez.

E inmediatamente, al ritmo que nos fueron marcando nuestras respectivas hormonas -y, seguramente, también nuestras lecturas, vivencias y reflexiones-, entramos en la adolescencia. Fue una época compleja y vertiginosa, en la que, cada uno como mejor supo y pudo, nos fuimos haciendo mayores, tratando de superar retos a base de cometer errores que, inevitablemente, nos fueron dejando cicatrices. En aquellos años, en calidad de miembros del equipo de baloncesto del colegio, compartí con Jesús Mari entrenamientos y partidos, de los que no nos quedó más remedio que aprender, sobre todo, de las derrotas (Luis, tremendo futbolero, solo se acercó a las canastas para dejarse por allí medio diente). Después llegó el momento de ir a la universidad, y cada uno de nosotros tomó un rumbo diferente para afrontar la vida de adultos.

Aunque intuyo que, al igual que yo, Jesús Mari vivió siempre en Donosti (desde que empezó en la universidad, Luis siempre ha vivido fuera), el destino no quiso que nuestros caminos coincidieran. La última vez que lo vi, a lo lejos, fue mientras iba paseando con su perro por el paseo de La Concha. Como casi siempre en aquella época, iba con prisa, de una reunión de trabajo a otra, y tomé la mala decisión de no hacer un alto en el camino para acercarme y saludarle. La siguiente vez que tuve noticias suyas fue cuando un compañero de colegio y de partidas de futbolín me dijo que nos había dejado. Desde entonces le debía estas líneas.

¿Por qué las escribo ahora? Porque hace poco, después de muchas décadas, me reencontré con Luis y hablamos de Jesús Mari a propósito de la foto en la que aparecemos los tres en el lugar donde siempre quedábamos: el Tubo, un termómetro luminoso de enormes dimensiones que estuvo durante años adosado a la fachada de las oficinas de una entidad bancaria ubicada en la esquina de la Avenida y la calle Fuenterrabía. ¿Y por qué dedico estas líneas a sus nietas y nietos? Pues porque, un poco en broma pero muy en serio, suelo decir que lo que aquí escribo es para mis nietos y nietas, y quería que este texto fuera también para los y las suyas.

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