Historias  /  Sucedidos

Tetuánenero 2020

Un día mi padre dijo que nos teníamos que venir al norte. Alguien le había dicho que había trabajo. Era un verano de comienzos de los 60. Nos instalamos en casa de unos parientes lejanos de mi madre. Mis padres y mi hermana pequeña en una habitación que daba a un patio oscuro. A mí me pusieron un colchón al lado de la cama en que dormían los dos hijos pequeños de la familia. Mi madre dijo que en octubre iría a la escuela. Hasta que cumpliera los catorce no me aceptaban como aprendiz en un taller. Me quedaba casi un año.

Aquellos meses no fueron de vacaciones. A los pocos días, mi madre y yo cogimos un autobús para ir al centro de la capital. Le habían dicho que había una tienda de comestibles en la que necesitaban un chaval para repartir los pedidos. Empecé a trabajar al día siguiente. Me trataron bien. Me daban un bocadillo para almorzar y otro para merendar; y también algunas piezas de fruta que estaban un poco “tocadas” para llevar a casa. Me pagaban la tarde de cada sábado. Cuando iba a las casas, solían darme propinas. Mi madre me dijo que me las podía quedar, pero que con ellas me tenía que pagar los viajes en autobús. Poco quedaba.

El trabajo era sobre todo por las mañanas. Algunos días, solía estar por allí un sobrino de los dueños. Era más joven que yo. A veces me acompañaba a algunas casas. Por las tardes me solía ayudar a ordenar la trastienda. Un día me pregunto a ver de dónde era. Le dije que de Tetuán. Me miró con extrañeza y añadió: “Creo que está en África; un día le oí hablar de ese sitio a mi abuelo que, cuando era joven, estuvo allí en una guerra”. Me encogí de hombros y sonreí. Después, cuando pregunté a mi madre, me enteré de que donde habíamos vivido hasta entonces es un barrio de Madrid.

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