No hay nada como enfrentarse a una página en blanco y ponerse a escribir para saber si sobre un asunto que nos ronda por la cabeza tenemos ideas claras y podemos decir algo consistente. Quien lo haya intentado sabe el tiempo y el esfuerzo que cuesta, y conoce también la satisfacción que produce conseguirlo.

jga - junio 2020

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Y Dios creó al hombrejulio 2021

Las historias hay que leerlas dejándose llevar por ellas. Por eso, cuando leo novelas no me gusta hacerlo lápiz en ristre, dispuesto a subrayar frases o tomar notas. Si algo me llama la atención, me limito a hacer un doblez en la esquina de la página correspondiente. Un tiempo después de acabar el libro, suelo echar un vistazo a las páginas señaladas. Si la frase o el párrafo me sigue pareciendo interesante, me entretengo un rato en pensar sobre lo que dice o en fijarme en cómo lo dice. Hoy le ha tocado el turno a La buena suerte (Alfaguara, 2020), la novela de Rosa Montero que más me ha gustado desde que leí Amado Amo (Debate, 1988).


A decir verdad, han sido varias las páginas del libro en las que me he reencontrado con reflexiones interesantes. En una de ellas, recién iniciada la novela, la autora señala que el protagonista “no ha logrado un acuerdo con la vida, un acuerdo consigo mismo”, lo que le hace parecer un hombre sin esqueleto, porque “una ausencia completa de destino… es como andar sin huesos”. En otra, recoge una terrible sentencia: “con los años, las parejas se van llenando de pequeñas desilusiones, de divergencias del proyecto amoroso que creyeron entrever en la primera pasión, de fallos propios y ajenos, rendiciones, aceptación acomodaticia de sus egoísmos y su cobardía”, de forma que “el otro o la otra cada vez está más cerca en las rutinas pero más lejos en lo esencial, hasta llegar a convertirse, en ocasiones, en perfectos extraños”.

Con todo, la reflexión que, en este momento, me parece más oportuna es la que sugiere un complemento idóneo para las vacaciones de este segundo verano de pandemia: además del siempre recomendable aire libre y del inevitable reposo ante el televisor para ver las proezas y las frustraciones de los héroes y las heroínas del citius, altius, fortius (más rápido, más alto, más fuerte), no puede faltar la lectura de alguna novela. Porque las novelas son para el verano todavía más que las bicicletas y porque, además, es la forma de corresponder a los acertados designios del creador, ya que, como bien nos recuerda Rosa Montero en otra de las páginas de su libro, “Dios creó al hombre porque tenía necesidad de escuchar historias”. Y también a la mujer, claro.

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