No hay nada como enfrentarse a una página en blanco y ponerse a escribir para saber si sobre un asunto que nos ronda por la cabeza tenemos ideas claras y podemos decir algo consistente. Quien lo haya intentado sabe el tiempo y el esfuerzo que cuesta, y conoce también la satisfacción que produce conseguirlo.

jga - junio 2020

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MADenero 2021

Según los diccionarios que internet pone a nuestra disposición con un clic, el término inglés mad puede traducirse por enojado, loco, disparatado, absurdo, descabellado, insensato, furioso, enfadado y unos cuantos adjetivos más. En cada caso, el significado debe elegirse, obviamente, según el contexto. 

Eric Hobsbawm, en su Historia del siglo XX (publicada en 1995 para analizar el siglo XX corto, el que va el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914, hasta el final del régimen soviético, en 1991), se decanta por “loco” como la traducción más adecuada para MAD, que no por casualidad es el acrónimo de Mutually Assured Destruction. 

Esta expresión, destrucción mutua asegurada, era utilizada para poner nombre a la situación en la que el mundo vivió durante buena parte de la segunda mitad del pasado siglo. La expresión ha caído en desuso, pero la situación sigue siendo parecida. O, quizás, peor.


Hace algún tiempo que muchas personas relevantes vienen diciendo que el actual clima de violencia que sufre la humanidad debe ser considerado como una Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, Hobsbawm (1917-2012) opina que esta denominación debería adjudicarse a la conocida como “guerra fría”, iniciada inmediatamente después de que en 1945 acabara la Segunda Guerra Mundial, tras el lanzamiento de sendas bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Paradójicamente, según indica el citado historiador “la singularidad de la guerra fría estribaba en que, objetivamente hablando, no había ningún peligro inminente de guerra mundial”, al menos de una que fuera a desarrollarse de forma similar a las dos anteriores. 

No obstante, como decía Thomas Hobbes (1588-1679) en su Leviatán (1651), “la guerra no consiste solo en batallas, o en el acto de luchar; sino en un espacio de tiempo donde la voluntad de disputar en batalla es suficientemente conocida”. Es por eso por lo que muchos de quienes vivimos en aquella época, en la que era constante el enfrentamiento dialéctico entre los EE. UU. y la URSS, tenemos la percepción de que la ciudadanía mínimamente informada no tuvo más remedio que acostumbrarse a vivir con la incertidumbre de que, deliberadamente o por descuido, en cualquier momento se podía desencadenar una guerra nuclear que arrasara buena parte del planeta. No es de extrañar, por tanto, que cuando el sociólogo Ulrich Beck (1944-2015) acuñó en 1986 la expresión “sociedad (industrial) del riesgo”, para poner de manifiesto el elemento clave del cambio que se había producido en el proceso de modernización, pensara que el riesgo más grave era el derivado del uso -militar y civil- de la energía nuclear. Un riesgo ante el que no cabe establecer límites espaciales ni temporales y que es la evidencia de que la historia se encuentra ante “una civilización que se pone en peligro a sí misma”, como señala Beck

Hace varias décadas que se dio por finalizada la Guerra Fría para dar paso a la cruenta Tercera Guerra Mundial que se está desarrollando, como ha señalado, entre otras personas, el papa Francisco. Pero no puede pasarse por alto que los arsenales nucleares tienen más potencial destructivo que el que tenían en 1991 cuando desapareció la URSS y dejó la hegemonía militar en manos de los EE. UU. El riesgo de holocausto nuclear sigue vigente, aunque el asunto haya dejado de llamar la atención de los medios de comunicación, probablemente porque vivimos en una época en la que, como ocurre ahora mismo, para mucha gente el riesgo de morir es algo tan cotidiano y sencillo como, por ejemplo, respirar unos pocos aerosoles contaminados con la cepa británica, o sudafricana, o brasileña, o japonesa. 

Las distopías posnucleares, convertidas en espectáculos audiovisuales, han pasado a ser un elemento de consumo. Tanto si se relatan hechos reales, como en Chernóbil, o imaginarios, como en Max Mad (que puede traducirse como loco Max, en referencia al nombre del protagonista, o como locura máxima). Nos hemos inmunizado ante el riesgo de desastre nuclear. Hasta tal punto que han sido contadas las veces en que se ha llamado la atención acerca de que el botón que pone en marcha la maquinaria de destrucción de la mayor potencia nuclear ha estado, durante los últimos cuatro años, a escasos metros de un personaje tan poco fiable como Donald Trump

La prueba inequívoca de que el riesgo de catástrofe nuclear ha existido, existe y va a seguir existiendo es que Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de los EE. UU., tras el reciente asalto al Capitolio protagonizado por las huestes de Trump MAD, declarara públicamente haber hablado con Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto de las fuerzas armadas estadounidenses, “sobre las precauciones disponibles para impedir que un presidente inestable inicie hostilidades militares o tenga acceso a los códigos de lanzamiento y la orden de un ataque nuclear". Menos mal que han conseguido echarlo. Esperemos que sea definitivamente.

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