No hay nada como enfrentarse a una página en blanco y ponerse a escribir para saber si sobre un asunto que nos ronda por la cabeza tenemos ideas claras y podemos decir algo consistente. Quien lo haya intentado sabe el tiempo y el esfuerzo que cuesta, y conoce también la satisfacción que produce conseguirlo.

jga - junio 2020

Últimos textos publicados en  'Negro sobre blanco'

Sobrevivir al covidjunio 2022

Empezó siendo una lucha colectiva: los enterradores no daban abasto; quienes trabajaban en la sanidad se erigieron en héroes y heroínas; los balcones se convirtieron en símbolos de resistencia. El verano de 2020 trajo la nueva normalidad (sic): el logro más importante, morirse ordenadamente, sin generar atascos, sin imágenes políticamente incorrectas. Siguieron las olas: las vacunas pasaron a ser las protagonistas. No contagiarse se convirtió en un reto individual, secundado solo por las personas más allegadas. La única estrategia colectiva era llevar mascarillas en algunos lugares; con más o menos orden, pero sin exagerar. La gente se seguía muriendo, pero la mayoría eran personas a las que más o menos ya les tocaba. Lo importante era recuperar la economía; volvía el culto al ocio. Hubo quien pensó que la pandemia iba a suponer un punto de inflexión, que habría un antes y un después en la forma de encarar la lucha colectiva por la vida. Se equivocó: hemos salido igual de individualistas y egoístas que antes. O quizás más.


Hubo personas que durante muchos meses pensamos que, si nos contagiábamos, teníamos una alta probabilidad de entregar la cuchara. Las vacunas traían buenos augurios, pero nadie que se considerara persona de riesgo se fiaba de lo que podía pasar. Cuando decayó definitivamente el uso de las mascarillas, la suerte estaba echada: o confinarse en casa para los restos o, antes o después, contagiarse irremediablemente. 

Hay gente que se sigue muriendo por covid. Algunos hemos sobrevivido. Y, a decir verdad, mirado a toro pasado, no ha sido para tanto. Unos cuantos días con una especie de gripazo y, después, una mejora paulatina. Salvo, claro está, que te toque el covid persistente y te quedes atrapado en el tiempo.  

No obstante, si perteneces al grupo de quienes las estadísticas pronostican malos augurios, los primeros días, los más chungos, mientras estás aislado -con o sin remedio-, pasas ratos pensando si el pulgar del destino se va a ir moviendo hacia arriba o hacia abajo. Un buen momento para hacer recuento. Como decía San Agustín, la felicidad -suponiendo que exista- consiste en seguir deseando lo que se tiene. Me lo pienso cuando consiga dar negativo en el test de antígenos. ¡Hay que ver lo pesado que es el bicho!    

Leer texto completo

Utilizamos cookies propias para adaptar el sitio web a sus hábitos de navegación. Si quiere conocer más información sobre el uso de cookies, visite nuestra Política de cookies.

Acepto la política de cookies