No hay nada como enfrentarse a una página en blanco y ponerse a escribir para saber si sobre un asunto que nos ronda por la cabeza tenemos ideas claras y podemos decir algo consistente. Quien lo haya intentado sabe el tiempo y el esfuerzo que cuesta, y conoce también la satisfacción que produce conseguirlo.

jga - junio 2020

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Bajonazooctubre 2022

Para explicar qué es la inflación, el diccionario en línea de la RAE ofrece una definición sencilla: “elevación del nivel general de precios”; igual de entendible es la que propone para el fenómeno contrario, la deflación: “descenso del nivel general de precios”. Sin embargo, la academia pone en evidencia que deflactar es un verbo para iniciados en economía cuando señala que su significado es “transformar valores monetarios nominales en otros expresados en monedas de poder adquisitivo constante”. Curiosamente, este es el término elegido por algunos próceres de la política y del que se han hecho eco los medios de comunicación para explicar a la población la intención de bajar los impuestos. Según dice, el objetivo es paliar el efecto conjunto de la subida de los precios y la insuficiente subida de los salarios, las pensiones y, en general, las prestaciones económicas públicas.


Como diría el abuelo de la Trilogía de la Ciudad Blanca de Eva G.ª Sáenz de Urturi: ni deflactación ni hostias, lo que quieren es liarnos con unas cuantas operaciones matemáticas, que la mayor parte de la gente apenas entendemos, aunque algunos digan que sí (sobre todo políticos y periodistas que son analfabetos matemáticos), para conseguir que parezca que pagamos menos, cuando al final siempre son los mismos los que sacan tajada.

La tesis del abuelo -probablemente sea cosa de la edad- ha sido avalada por Miguel Ángel Revilla, aunque él es de los que entiende perfectamente tanto las operaciones matemáticas como sus consecuencias. En efecto, el presidente cuasiperpetuo de Cantabria ha confesado que no va a tener más remedio que apuntarse a esa tendencia desaforada a bajar los impuestos, a pesar de que considera que es una opción “lamentable”, asociada al propósito de convertirse en “paraísos fiscales” que tienen algunas comunidades autónomas.

Con este panorama, se echa de menos que alguien anime el cotarro haciendo una síntesis que evite el vértigo de usar términos como deflactación. Algo parecido a lo que hizo el ínclito Albert Ribera cuando se sacó de la manga de la ONCE el término cuponazo (una síntesis tan mediática como tendenciosa para referirse a la compleja operación de calcular el cupo que paga Euskadi para financiar el 6,24% de todos los gastos que, en cualquier ámbito, realiza el Estado, en competencias cuya titularidad no ha sido asumida por la comunidad autónoma vasca).

En el caso de la bajada de impuestos que nos invade, una palabra que sigue la linde de la denominación de origen del ex de Ciudadanos sería bajonazo, que, según la RAE, es un bajón de considerables proporciones (el de los impuestos puede que alcance dimensiones electoralmente bíblicas). Una pega es que la segunda acepción que recoge el diccionario para el término es propia del argot taurino para referirse a una “estocada excesivamente baja”, lo que puede dar lugar a interpretaciones un tanto apocalípticas.

Al final, como ha señalado el periodista Carlos Alsina -declarado defensor del cultismo económico deflactar-, igual a lo que aspira el pueblo es a lo que proclamaba una pintada aparecida en una pared de Buenos Aires en tiempos del corralito y que, según mantiene Andrés Ortega (EL PAÍS, julio de 2022), llegó hasta allí desde el parisino Mayo del 68, pasando por un periódico mexicano: “¡Basta de realidades; queremos promesas!”

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