Negro sobre blanco  /  Epistolario

Epístola a Iñigo Errejónoctubre 2019

Sr. Iñigo Errejón:

En los medios de comunicación y entre buena parte de la población hay un consenso generalizado acerca de que usted está académicamente bien preparado y es intelectualmente muy capaz. Además, cae bien a la gente, incluso a quienes no están plenamente de acuerdo con sus planteamientos. No parece usted un oportunista que haya llegado a la política con algún interés espurio; ni siquiera con el afán de que le reconozcan su indudable carisma como animal político. Sólo pondría una objeción: aunque no dudo de que sus intenciones sean respetables y plenamente democráticas, pone mucho ahínco en alcanzar el poder. Pero eso es algo común a la práctica totalidad de los políticos y, además, debo reconocer que mi visión es la de un veterano sindicalista, siempre alineado en posiciones de contrapoder. 

En cualquier caso, no es mi intención emitir un juicio moral sobre su forma de comportarse en la vida pública. Además, no soy quién para hacerlo, ya que no pertenezco a ninguna organización en la que usted haya desarrollado su actividad política. No obstante, como viejo afiliado a una organización que se precia de serlo (es pública y notoria mi pertenencia al sindicato ELA desde hace muchos años), tengo enraizada una idea bastante clara de qué es una organización y cómo deben comportarse sus miembros. Y me ha causado cierta decepción que su postura al respecto no coincida en absoluto con la mía. 

Cuando ha sido interpelado sobre las razones que le han llevado a continuar su vida política fuera de Podemos, ha respondido que un partido político es un instrumento que debe estar al servicio de lograr mejoras o impulsar transformaciones que necesite la sociedad o una parte de ella (en este punto, siempre suele mencionar a las personas más desfavorecidas). Coincido con usted en que una organización política (hago extensivo el término a sindicatos y a movimientos sociales estructurados) es un instrumento del que se dotan quienes se integran en ella para lograr reivindicaciones o aspiraciones, bien sea para el conjunto de la sociedad, bien sea para alguna clase, grupo o colectivo social. 

(No sé si coincidirá conmigo en que, sin poner en cuestión que una organización política es un instrumento, hay circunstancias históricas en que la propia consolidación de la organización puede ser, además, un objetivo añadido. En mi opinión, ha habido momentos históricos en que la consolidación de algunas organizaciones como instrumentos al servicio de los/as más desfavorecidos/as ha tenido un interés especial. Por ejemplo, en la transición política, tras décadas de prohibición y clandestinidad de las organizaciones de izquierda; otro ejemplo, más reciente -y probablemente más discutible- ha sido cuando usted y otros/as compañeros/as suyos/as decidieron crear un partido político y acabar con el bipartidismo).

Obviamente, cualquier organización política democrática debe estar abierta a que puedan integrarse en ella quienes compartan sus principios y acepten sus reglas de funcionamiento interno. Por tanto, estará de acuerdo conmigo en que, con el paso del tiempo y el cambio de contexto social, una organización puede ir modificando sus postulados y hasta sus propios principios fundacionales. Y en ese devenir puede que deje de ser un instrumento válido para algunos/as de sus integrantes, incluso si se trata de algunos/as muy relevantes o de sus propios/as fundadores/as. Imagino que es lo que les ha ocurrido a algunos/as en Podemos, incluido usted.

¿Cómo debe actuar en ese caso un/a miembro de una organización? Creo que es ahí donde usted y yo discrepamos. Si una persona ha considerado durante un tiempo que una organización era un buen instrumento, hasta el punto de implicarse como militante e, incluso, como dirigente, es de toda lógica que debe respetar que dicha organización siga siendo un instrumento válido para quienes deseen continuar en ella. Por tanto, si llegado un momento esa persona no quiere seguir en la organización, lo correcto es hacer mutis por el foro, sin menoscabar ni el funcionamiento ni el supuesto prestigio de la que hasta ese momento era su organización. 

Después, cuando haya pasado cierto tiempo y se haya desvinculado de la imagen pública de su antigua organización, si hay otra (o decide crear una ad hoc) que, honestamente, le parece un mejor instrumento para llevar a cabo sus ideales políticos, esa persona podrá, legítimamente, iniciar una nueva andadura política y, al tiempo, tener el respeto y, quizás, hasta mantener la amistad de sus antiguos/as compañeros/as. No sé si me he explicado bien, pero usted, que es listo, seguro que me ha entendido.

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