Negro sobre blanco  /  Escritos de un sindicalista

Afiliación y desafiliación sindicaljulio 2017

He dedicado largos ratos de estudio al texto “Tres décadas de cambio social en España” (Juan Jesús González y Miguel Requena (eds.); Alianza Editorial, 2005). En el apartado dedicado al análisis de las Bases sociales de la política española durante las últimas décadas del siglo XX, llama la atención una referencia a la concertación social durante la transición política española según la cual “la afiliación sindical descendió de manera muy sensible en esos años” (V. Pérez Díaz; El retorno de la sociedad civil, 1987). La afirmación sorprende a cualquiera que haya vivido de cerca el devenir del sindicalismo de clase en la transición. Y, en consecuencia, invita a reflexionar e, incluso, a plantear una hipótesis alternativa.


Para hablar de afiliación y desafiliación sindical -y no perderse en elucubraciones- hay que establecer con precisión qué se entiende por estar afiliad@ a un sindicato y qué es dejar de estarlo.

Es una evidencia empírica que no hay una única forma de entender el sindicalismo ni qué debe ser un sindicato. Desde mi punto de vista (imposible de desligar de mi experiencia como viejo militante de ELA, sindicato mayoritario en el conjunto de Euskadi y Navarra), la misión de un sindicato es defender los intereses de clase de sus afiliad@s. En buena lógica, esto debe llevar a cualquier sindicato a colaborar con otras organizaciones sindicales y sociales en la defensa de los intereses de clase del conjunto de l@s trabajador@s.

Para poder cumplir su misión, el sindicato debe tener la capacidad de establecer sus estrategias con plena independencia respecto a partidos políticos, patronales, gobiernos o cualesquiera otras instancias de poder. Y para que esto sea posible es necesario que mantenga una rigurosa independencia económica, que sólo es posible si una parte sustancial de sus ingresos -cercana al 100%- proviene de las cuotas de afiliación que abonan sus afiliad@s.

Desde este planteamiento, qué es estar afiliad@ a un sindicato tiene una respuesta obvia: una persona está afiliada a un sindicato si y sólo si abona regularmente la correspondiente cuota de afiliación. Y, por consiguiente, la desafiliación del sindicato, cualquiera que sea la causa última que la provoque, se produce cuando se deja de abonar dicha cuota.

Queda claro, por tanto, que estar afiliad@ no es equivalente a secundar propuestas de movilización o de huelga, ni a votar la lista de un sindicato en las elecciones sindicales, ni siquiera a ser elegido representante sindical bajo sus siglas; tampoco lo es tener o haber tenido carnet de afiliad@ al sindicato: es imprescindible estar al día en el pago de la correspondiente cuota de afiliación.

Una vez establecido qué es estar afiliad@ a un sindicato, cualquier reflexión sobre el ascenso o el descenso de la afiliación sindical pasa ineludiblemente por conocer con exactitud el nº de afiliad@s cotizantes que cada sindicato tiene en cada momento. Y ahí está el quid del asunto.

A lo largo de los últimos cuarenta años, no ha habido manera de comprobar el número real de afiliad@s cotizantes que en cada momento ha tenido cada una de las confederaciones sindicales, más allá de creerse a pie juntillas los datos que periódicamente hacen públicos sus direcciones (la única excepción que conozco es ELA, que hace tiempo que tiene establecido un procedimiento para permitir a los medios de comunicación verificar los datos sobre afiliad@s cotizantes).

Sin embargo, a pesar de la ausencia de datos contrastados sobre la afiliación real de cada sindicato, desde que la Ley 19/1977, de 1 de abril, sobre regulación del Derecho de Asociación Sindical posibilitó la legalización de los sindicatos de clase y durante los siguientes años de la transición política, está fuera de toda duda que se produjo el acercamiento a los sindicatos de un número relevante de trabajador@s: casi puede decirse que llegaban en aluvión, junto con sus correspondientes problemas y aspiraciones laborales.

Lo anterior es una evidencia para cualquiera que haya vivido de cerca el sindicalismo en la transición política. Otra cuestión es en qué medida l@s trabajador@s que se acercaron a los sindicatos se convirtieron en afiliad@s cotizantes. Sin duda, ese proceso estuvo vinculado a la estrategia de cada organización sindical. Por ejemplo, en ELA siempre -incluso en los años de la transición- ha estado clarísimo que una hoja de afiliación (el formulario en que se solicita la afiliación) sólo se convierte en un@ nuev@ afiliad@ si se produce el abono regular de la cuota de afiliación (dejar de hacerlo, supone, lógicamente, la desafiliación). Sin embargo, el planteamiento de CCOO y UGT, sobre todo durante la transición, fue muy diferente.

A la vista de los resultados de las elecciones sindicales -las primeras se celebraron en 1978- y de su capacidad de convocatoria y movilización, no cabe duda que CCOO y UGT tuvieron durante aquellos años importantes áreas de influencia (entendidas como el conjunto de simpatizantes, votantes y afiliad@s). 

No obstante, es sabido que en la estrategia de ambos sindicatos se consideraba relevante colaborar en el éxito electoral de sus respectivos partidos afines, PCE y PSOE. En consecuencia, sobre todo en la época en la que se estaba decantando el peso relativo de los partidos de izquierda en el nuevo panorama político, la adhesión de una persona a su área de influencia tenía un valor en sí misma, al margen de que su relación con el sindicato fraguara en el abono regular de la correspondiente cuota de afiliación.

En consecuencia, una hipótesis razonable es que durante los años de la transición había muchísimas más personas que tenía carnet de afiliad@ a CCOO y UGT (y que, incluso, habían abonado alguna cuota) que el número de afiliad@s cotizantes reales, que pagaran regularmente la cuota de afiliación. Por tanto, si la simple adhesión y, en concreto, tener carnet del sindicato fue considerado como equivalente a ser afiliad@, es muy probable que hubiera una diferencia importante entre la afiliación declarada y la afiliación real.

En este escenario, es posible que, entre los años iniciales de la transición, en que se computaban como afiliad@s quienes sólo tenían carnet, y un recuento posterior, algo más ajustado al criterio de afiliad@s cotizantes, los poco fidedignos datos proporcionados hayan permitido afirmar que “la afiliación sindical descendió de manera muy sensible en esos años” (V. Pérez Díaz; El retorno de la sociedad civil, 1987).

En aquella estrategia -más de adhesiones que de afiliaciones- que siguieron CCOO y UGT al inicio de la transición, un elemento clave fue su apuesta por una cuota de afiliación de baja cuantía (en 2017, la más habitual en ambos sindicatos es de poco más de 11 euros/mes, mientras que, por ejemplo, en ELA supera los 20 euros/mes). Este planteamiento tenía su lógica para CCOO, pero no tanto para UGT si hubiera pretendido homologarse con los sindicatos socialdemócratas europeos.

En cualquier caso, lo más lamentable es que aquellas poco acertadas decisiones han marcado de forma definitiva el devenir posterior del sindicalismo español y han desembocado en su actual crisis (que afecta, sobre todo, a CCOO y UGT). Pero esto es otra historia que merece una reflexión específica, que empezaría preguntando: ¿alguien piensa que la acción sindical de CCOO y UGT es a día de hoy un factor clave para resolver los graves problemas de l@s trabajador@s?

Otros textos de  'Escritos de un sindicalista'

¿Quieres hacer algún
comentario sobre este texto?

Contacto
contacto





Información básica sobre protección de datos.

Responsable: Javier García Aranda.
Finalidad: gestionar la suscripción al blog y la comunicación entre el autor y el usuario o la usuaria; moderar los comentarios que se realicen sobre el contenido del blog.
Legitimación: consentimiento del interesado o interesada.
Destinatarios: no se cederán datos a terceros, salvo por obligación legal.
Derechos: acceder, rectificar y suprimir los datos, así como otros derechos recogidos en la política de privacidad.