Negro sobre blanco  /  Escritos de un sindicalista

Daños colateralesoctubre 2021

Es curiosa la costumbre que tiene la gente de guardar documentos que, antes o después, sacan a la luz secretos que, supuestamente, nadie debería conocer. Pero llama todavía más la atención que se hayan hecho públicos los documentos del archivo privado de Manglano, el que entre 1981 y 1995 fuera, nada más y nada menos, que director del CESID (Centro Superior de Información de la Defensa).


Poco de lo que se ha contado en los medios de comunicación sobre el contenido de los papeles de quien durante años supervisaba el tráfico por las cloacas del Estado resulta demasiado extraño. Al menos para quien siguiera de cerca el hilo de lo que ocurría en aquella época. Por eso resulta sorprendente oír de boca de periodistas de afilados colmillos, a quienes se supone conocedores del mal olor que suele haber en los alrededores del poder, mostrar un enternecedor asombro ante alguno de los secretos de Manglano.  

Al parecer, en la guerra que el Estado mantuvo con ETA, a alguien se le ocurrió que una forma de dar réplica a las execrables acciones llevadas a cabo por los pretendidos salvadores de la patria vasca, y de su clase obrera en particular, era enviar una carta bomba a un militante de Herri Batasuna. Y, según cuentan los papeles del susodicho Manglano, el cartero, que cumpliendo con su trabajo llevaba la carta a su destino, tuvo la infeliz idea de doblar el sobre para que entrara en el buzón del destinatario. Murió a consecuencia de la explosión, probablemente debido a la chapucera confección del artefacto. 

La extrañeza de algunos periodistas porque a alguien se le hubiera ocurrido semejante forma de hacer la guerra contra el entorno político de ETA confirma una percepción que era común en Euskadi: todo se veía diferente a unos cientos de kilómetros de aquí; no sé si mejor o peor, pero diferente. Porque aquí estaba claro que se trataba de una guerra (aunque a mucha gente le escandalice la utilización de esta palabra, los diccionarios avalan que el uso del término en este caso es correcto). Una guerra que ambos bandos estaban dispuestos a que fuera todo lo sucia que les permitieran sus respectivos recursos.

En un bando estaban quienes se creían legitimados para hablar y actuar en nombre del pueblo vasco, a pesar de que, equivocadamente o no, la sociedad vasca y, por supuesto, su clase trabajadora ya se habían pronunciado, en las urnas políticas y también en las sindicales, por una forma de defender sus derechos y reivindicaciones que no incluía el uso de la violencia. En el otro bando estaban quienes, bajo el paraguas de la legitimidad del Estado para ejercer el monopolio de la fuerza, no dudaban en enviar cartas bomba, en contratar a mercenarios o en recurrir a algunas otras inconfesables formas de actuar, que quizás algunos otros papeles que algún día se hagan públicos hagan que algunos periodistas vuelvan a rasgarse las vestiduras.  

En aquella guerra sucia -que lo fue por ambas partes, aunque haya quien piense que el Estado, que supuestamente defiende la Ley y el bien común, está legitimado para actuar como haga falta para ganar cualquier batalla- ocurrieron cosas terribles, que traspasan los límites de querer eliminar al enemigo. Pero, por aquí, en Euskadi, tanto entre quienes se sentían partidarios de uno u otro bando como entre quienes se consideraban “neutrales”, solo dudan de que ciertas cosas sucedieron las personas que eran o son demasiado ingenuas, que han preferido vivir en un mundo ajeno a la realidad, o que quieren pensar que en las guerras los de su bando siempre son razonablemente justos y buenos, y los del otro, malos malísimos.  

Quizás lo que ocurrió, tanto en el País Vasco como fuera de él, es que en aquella guerra sucia casi todos y casi todas pensábamos que en cualquier momento, podíamos convertirnos en objetivos de uno u otro bando (o de los dos) o, al menos, con un poco de mala suerte, como le ocurrió al pobre cartero -se llamaba José Antonio Cardosa- y a otras muchas personas, en daños colaterales.

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