Negro sobre blanco  /  Escritos de un sindicalista

El día en que ella fue expulsadaseptiembre 2016

Mikel Ollokiegi Olaizola, in memóriam. 

A la señora Rosa Díez, la que fuera hasta hace poco alma mater del partido Unión Progreso y Democracia (UPyD) y azote parlamentario de casi todo bicho viviente, seguramente le importara una higa que algunos viejos sindicalistas de ELA hagamos risas cuando nos acordemos de un suceso coprotagonizado por ella hace mucho, mucho tiempo.

Dado que su estrella política parece haber declinado definitivamente, para evitar hacer leña del árbol caído lo discreto hubiera sido que lo ocurrido quedara en la intimidad de quienes fuimos testigos, para ser objeto de comentarios jocosos en la sobremesa de algún ágape compartido con compañeros solidarios (la traducción histórica de ELA es STV, es decir, Solidaridad de Trabajadores Vascos, o la “soli”, como era conocido popularmente el sindicato antes de la clandestinidad obligada por la dictadura franquista).

Pero, cuando hace unos meses el amigo y compañero Mikel Ollokiegi entregó la cuchara y fuimos a darle el último adiós, su nieta Ainhoa comentó que su aitona hacía referencia al suceso cada vez que veía aparecer a la susodicha por televisión. Y, desde ese día -tras dar tiempo a que hacerlo invite a la sonrisa y no sólo a la tristeza del recuerdo- quedó pendiente contar la anécdota o, mejor, la versión que hemos construido entre todos después de tantas veces relatada... y disfrutada.

Al iniciarse la década de los 80, todavía en plena transición política, por estos lares se andaba cosechando muy mala uva sindical a cuenta de que CCOO y UGT habían inaugurado su tradición de pactos sociales injustificables y, al tiempo, su torpedeo al sindicalismo vasco (como puede comprobarse, el tiempo ha pasado, pero las cosas no han cambiado para mejor). Como consecuencia, en ELA no estábamos para concesiones gratuitas, y en el asunto que nos ocupaba -el convenio colectivo para las y los trabajadores de ayuntamientos y diputaciones- se daba la circunstancia de que la UGT no había conseguido en las elecciones sindicales representación mínima suficiente para estar presente en la mesa negociadora.

El día de autos se celebraba una reunión de negociación del citado convenio en las dependencias del Gobierno Vasco, en Lakua (Vitoria- Gasteiz). Y allí se presentó un grupo de sindicalistas de UGT, encabezados por Rosa Díez, con la clara y vana pretensión de tomar parte en el asunto.

Según cuentan las crónicas de la época, la interfecta estaba afiliada a la UGT desde 1976, pero su presencia entre aquel grupo de ugetistas chirriaba porque, en aquel momento, Rosa Díez, que también estaba afiliada al PSE-PSOE, ocupaba el cargo de Diputada Foral en la Diputación Foral de Bizkaia. Por tanto, su cargo político la hubiera facultado para participar en aquella negociación como representante de la administración, pero -¡hasta ahí podíamos llegar!- en ningún caso como integrante de la representación sindical de las y los trabajadores (conviene subrayar, además, que el PSE-PSOE se había mostrado inequívocamente contrario a aquella negociación, que se llevaba a cabo en el ámbito de la Comunidad Autónoma del País Vasco, siguiendo su vocación centralizadora de todo lo que afectara a la función pública vasca).

El asunto fue a mayores. La representación de ELA planteó que la presencia de la UGT en aquella reunión no estaba avalada por los resultados de las elecciones sindicales. Y, tras algunos dimes y diretes y su inicial negativa a abandonar la reunión, a instancias del representante del Gobierno Vasco que presidía la reunión, Rosa Díez y sus compañeros fueron expulsados de la sala por miembros de lo que en aquel momento era el embrión de la futura Ertzaintza, y que eran popularmente conocidos como Berrozis.

Cuando la representación de UGT fue conminada a abandonar la reunión, Mikel -que era un sindicalista de raza y sin pelos en la lengua- espetó a la señora Rosa Díez si su presencia en aquella reunión era en calidad de representante de la UGT o de “miembro de la patronal”, en referencia a su estatus de cargo político del PSE-PSOE. Quien conozca a la entonces Diputada Foral se hará una idea de la gracia que le hizo ser interpelada en aquellos términos y, para remate, tener que salir de allí obligada y escoltada. Obviamente, aquel día pasó a los anales de la historia del grupo de sindicalistas que compartimos aquel evento con Mikel como un acontecimiento inolvidable: el día en que ella fue expulsada.

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