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Racismo en el trabajo: el mejor remedio, la prevención1996

El fenómeno de la inmigración 2014

“En los años 90 tuve la oportunidad de llevar a cabo tareas de militancia en ELA diferentes que las que había desempeñado anteriormente. Pude participar en foros de debate sindical internacional y conocer ciertos aspectos de la cooperación con países no desarrollados. En particular, pude percibir que el fenómeno de la inmigración iba a ser a corto plazo importante en nuestras latitudes, como ya lo estaba siendo en otras partes de Europa.” (Breve historia de la vida pública de jga). Percibir la relevancia que en Europa tenía el fenómeno de la inmigración me hizo tomar conciencia de los graves problemas de discriminación que sufren las personas que no pertenecen a la etnia mayoritaria de su lugar de residencia. Ello me llevó a redactar los textos que se adjuntan.


La recientemente celebrada Conferencia Europea sobre la Prevención del racismo en el trabajo ha puesto de relieve la importancia del papel que los sindicatos tienen en la creación de un clima socio-laboral que se oponga a cualquier manifestación de racismo o xenofobia. La creciente presencia entre nosotros de inmigrantes provenientes de otros países, europeos o no, obliga a que los sindicalistas adquiramos una creciente conciencia de la importancia que nuestros planteamientos y acciones tienen en la prevención de esta forma de discriminación.

Los datos de la administración dicen que el desempleo entre los inmigrantes del estado español no alcanza el 5%. Si a eso añadimos su evidente presencia en la economía sumergida, podríamos concluir que se trata de un colectivo notablemente privilegiado. Sin embargo, los datos dicen también que el grado de penosidad, peligrosidad y precariedad de la ocupación laboral de estos trabajadores es notablemente superior a la del resto. Si a esta realidad laboral le añadimos la información que diariamente nos llega, a través de los medios de comunicación, sobre el creciente clima de agresión social contra estas personas, no queda otro remedio que tomar conciencia de este grave problema, al que el sindicalismo no puede volver la espalda.

La experiencia de lo sucedido en otros países dice que la sociedad, en general, tolera sin demasiados problemas la presencia de inmigrantes, cuando esta presencia es suficientemente pequeña como para ser considerada pintoresca, o hasta exótica. Pero cuando esta afluencia es masiva y, sobre todo, cuando se superpone a una realidad socio-laboral donde el desempleo es, sin duda, el principal problema de exclusión social, los brotes de discriminación para con los extranjeros amenazan con poner en crisis los principios más elementales de la solidaridad.

Y no es otra cosa que una afluencia masiva hacia Europa de personas provenientes de los denominados países no desarrollados lo que puede esperarse de la realidad económica internacional, donde los países ricos cada vez son más ricos y los pobres, cada vez más pobres. Parece incuestionable, pues, el tomar conciencia de una situación que ya es un grave problema social y laboral en otros países europeos y que, en mayor o menos medida, ya es una realidad creciente entre nosotros.

Ante esta situación, ¿cuál es la postura correcta? No es fácil dar soluciones generales, ni es el objetivo de esta reflexión suscitar posicionamientos sobre las grandes políticas estatales y europeas que, sin duda, van a tener una importancia decisiva en el desarrollo de los acontecimientos. Parece obvio, no obstante, mostrarse favorable a una mayor colaboración y a una postura más solidaria de los países más ricos para con los más pobres, como algo imprescindible para conseguir el desarrollo social y económico de los países de origen, y paliar así el inicial y mayor de los problemas con que se encuentran los inmigrantes, como es el hecho de haber tenido que abandonar su propio país.

Es deseable, también, que la legislación, tanto a nivel europeo como estatal, sea sensible a los problemas de integración que tienen los inmigrantes ya asentados, y especialmente generosa con la acogida de inmigrantes huidos, por ejemplo, de la persecución política o de situaciones extremas de penuria social y económica. Y, asimismo, en lo que a lo estrictamente laboral se refiere, lo único correcto es la defensa del principio de que nadie puede ser discriminado laboralmente por ningún motivo, y que el país de procedencia o el color de la piel de un trabajador (o de un aspirante a serlo) no tienen que tener influencia alguna en sus derechos, ni en el respeto y defensa de estos.

Con todo, hay un aspecto del problema que merece especial atención: el racismo y la xenofobia son, sobre todo, un problema de mentalidades, y en su origen se encuentra la intolerancia hacia lo diferente. Por ello, el peligro real de que en nuestra sociedad se instalen estas mentalidades intolerantes no puede dejarnos impasibles a quienes apostamos por una sociedad en que la solidaridad con los más desfavorecidos sea una referencia constante. Y en la esencia del sindicalismo -al menos del sindicalismo de clase- se encuentra radicada la idea de que, en aras a esa solidaridad, debemos oponernos a cualquier tipo de discriminación.

Por ello, lejos de pensar que la lucha contra el racismo y la xenofobia, dentro y fuera de los centros de trabajo, es un problema exclusivamente de leyes y de grandes declaraciones institucionales, debemos tomar conciencia de que sólo una postura activa, de actitudes y acciones por pequeñas y elementales que sean, de solidaridad con los inmigrantes y de defensa de su no discriminación -también en el terreno laboral- nos prevendrá a nosotros y a nuestros hijos de una enfermedad que puede destruir los más elementales principios del respeto a los demás y, por ende, a nosotros mismos.

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