Negro sobre blanco  /  Escritos de un sindicalista

Estibadoresfebrero 2017

Un amigo que sabe mucho del asunto me ha dicho que su origen se remonta a la noche de los tiempos. Cuando, según algunos, en España empezaba a amanecer, la Falange se dedicó a repartir el botín que correspondía a la clase de tropa (los bocados exquisitos quedaban para los March y Cía.). En el reparto tuvieron un sitio preferente quienes eran considerados héroes de guerra, como es el caso de los mutilados de guerra (del lado rebelde, por supuesto) o de aquellos que, prietas las filas, habían viajado hasta la estepa rusa formando parte de la División Azul para defender el fascismo y el nazismo.


En la época en que se cimentó el sindicalismo vertical -un tinglado en el que los falangistas de retaguardia (como diría el Falcó de Pérez-Reverte) se movían como peces en el agua-, se pusieron las bases del irreductible sindicato corporativo de estibadores que ha venido controlando buena parte de las tareas de estiba y desestiba en los puertos.

Es sabido que la única concesión que el generalísimo y sus secuaces hicieron a la clase obrera fue una cierta estabilidad en el puesto de trabajo (siempre que uno no se significara contra el régimen, claro). Esta circunstancia fue bien entendida por quienes pillaron puestos de trabajo en instancias controladas por los susodichos falangistas, que siguieron administrando el botín entre sus parientes y descendientes hasta el comienzo de la transición y aún después, ya que quienes integraban el tinglado del formalmente extinto Movimiento Nacional (sic) fueron asignados a puestos de trabajo (algunos, de postín) de las administraciones públicas.

Siguiendo esta linde, la estiba y la desestiba llevan largas décadas en manos de un grupo cerrado de clanes que controlan un sindicato que, con escasas excepciones, ha venido ejerciendo un control férreo sobre quién trabaja y en qué condiciones, sea cual sea la empresa que formalmente contrate la faena a realizar en el puerto. No obstante, si por un momento dejáramos de lado sus oscuros orígenes y su nepotismo intrínseco, a la vista de su enérgica oposición a que sea el gobierno quien regule sus condiciones trabajo y las empresas las que impongan unilateralmente contrataciones y salarios, el rancio y poco combativo sindicalismo español debería sentirse un poco avergonzado. Y hacérselo mirar.

En todo caso, las muchas sombras de un modelo sindical que hace unas décadas parecía destinado a extinguirse (con la venia de otros sindicatos corporativos de rancio abolengo, como los de médicos, controladores o pilotos), no son excusa para pasar por alto los argumentos esgrimidos en este conflicto por algunos figuras.

Es el caso del portavoz de la patronal de empresas del sector que, ni corto ni perezoso, ha comparecido en los medios para dejar caer una perla sin precedentes. Según este fulano, no es de recibo que para trabajar como estibador no se tengan en cuenta criterios de mérito y capacidad. ¡Como si en las empresas privadas que en el mundo han sido, son y serán las personas empleadas fueran elegidas por ser las mejores en lo suyo y no, como ocurre en gran parte de los casos, por tener algún tipo de relación con el dueño!

Pero la palma cum laude por hablar porque se tiene boca se la lleva un personaje cuya posición en la vida es imposible que esté más lejos de haber sido obtenida por mérito y capacidad: Cayetano Luis Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart, IV Duque de Arjona y XIV Conde de Salvatierra, Grande de España (sic). O sea, el hijo de la difunta Duquesa de Alba. El pavo, al ser preguntado por el conflicto de los estibadores, ha respondido que en sus habituales viajes por otras latitudes ha podido constatar que, en esa materia, aquí “estamos por detrás”. Sin acordarse de que en algún país vecino, como en la Francia del ¡Allons enfants!, donde nos llevan mucha ventaja es en haber liquidado, formalmente y también por las bravas, a los personajes de su ralea. El muy capullo.

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