Negro sobre blanco  /  Escritos de un sindicalista

Jugar con las palabrasdiciembre 2023

Slums, favelas, bidonvilles, banlieues, barrios marginales, suburbios…, espacios urbanos surgidos como consecuencia de la migración masiva hacia las grandes ciudades, acelerada en las últimas décadas como consecuencia de la globalización. Para denominarlas, Mike Davis (1946-2022) acuñó la expresión zonas urbanas hiperdegradadas.


Como subraya Davis (Planeta de ciudades miseria, 2006), “ni todos los pobres urbanos viven en áreas urbanas hiperdegradadas, ni todos los que sí lo hacen son pobres”, pero es inevitable asociar estas áreas con una imagen distópica de las sociedades humanas. Sobre todo si se tiene en cuenta que a comienzos del siglo XXI vivían en ellas más de 1.000 millones de personas, en condiciones peores que aquellas en las que se vivía en las primeras ciudades surgidas hace nueve mil años, como señala el propio Davis. Y esa imagen todavía empeora si se mira hacia el futuro: se prevé que, entre 2030 y 2040, el aumento de la población urbana en los países con menores niveles de ingresos de Asia, África y América Latina llevará a vivir en esas áreas a 2.000 millones de personas (más del 20% de la población mundial prevista para esas fechas).

Ante esta situación, generada tras siglos de supuesto avance de la civilización, deberíamos poder confiar en que organizaciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, que tienen entre sus objetivos propiciar y financiar proyectos de desarrollo para combatir la pobreza, se dedican a algo realmente provechoso. Sin embargo, una prueba de lo que les ocupa es que, en un momento de inspiración, pusieron a trabajar toda su materia gris, pero no para ofrecer soluciones a las personas que malviven en esos lugares, sino para buscar una denominación alternativa a esos espacios: “sistemas estratégicos de gestión urbana de ingresos bajos” (sic). Si cómo se vive en esos sitios no fuera una vergüenza para el conjunto de la especie humana -y, en particular, para los que viven en la misma ciudad, pero al otro lado de la frontera de la miseria-, se podría concluir que la nueva denominación es todo un logro semántico, aunque solo sirva para enmascarar la realidad.

Quienes son tan diestros en jugar con las palabras podrían elaborar, si se lo proponen, una versión posmoderna del máximo exponente del razonamiento inductivo, más conocido como test del pato. Si la versión tradicional del test es: “si parece un pato, nada como un pato, y grazna como un pato, entonces probablemente sea un pato”, tras pasar por el modelaje de las susodichas burocracias, el término pato probablemente sería sustituido por “ave anseriforme de la familia Anatidae”, o algo así. De esta forma parecería que el razonamiento está revestido de rigor científico, aunque el destino del pato sea, inevitablemente, acabar en la cazuela.

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