Negro sobre blanco / Escritos de un sindicalista
Principios sindicalesnoviembre 2025
El 1 de abril de 1977 se aprobó la Ley de Asociación Sindical que eliminaba la obligatoriedad de que los trabajadores (como era costumbre en la época, no se mencionaba expresamente a las trabajadoras) estuvieran afiliados al “sindicato vertical”, uno de los ejes básicos del régimen franquista, y reconocía su derecho a organizarse libremente. A finales de aquel mes, cuando faltaban unas semanas para que se celebraran las primeras elecciones del nuevo régimen democrático, se legalizaron los sindicatos de clase; entre ellos, Euzko Langilleen Alkartasuna - Solidaridad de Trabajadores Vascos.
Como señalo en la Breve historia de la vida pública de jga, “pertenecer a un sindicato de clase era una consecuencia lógica de ser un asalariado y el modo más sencillo y evidente de ser solidario con otros trabajadores. Afiliarme en ELA era la forma de hacer compatible lo anterior con mi decisión racional de posicionarme a favor del derecho del pueblo vasco a autogobernarse”. Aboné mi primera cuota como afiliado de ELA en junio de 1977. Entonces se pagaba personalmente; a cambio, el cobrador te entregaba un cupón, que había que pegar en el carnet de afiliado (el mío era el que aparece en la foto).
Aquel carnet llevaba impresa la Declaración de principios del sindicato aprobada en 1976, en la que se subrayaba que ELA era un sindicato abertzale y de clase. La certeza sobre el compromiso con el autogobierno del pueblo vasco ya me la había trasmitido previamente Pantaleón Eguiguren Goenaga, tío Pantxa, que había sido afiliado de la “Soli” antes de la Guerra Civil (1936-1939). En lo que respecta a la condición de sindicato de clase, había una frase que se me quedó grabada: la liberación de la clase trabajadora solo sería posible “en un socialismo en el que los medios de producción, de consumo y de cultura estén en manos y al servicio de los trabajadores”.
En el congreso de ELA celebrado este año 2025, se ha aprobado una Declaración de principios que “actualiza la de 1976 e integra las transformaciones ideológicas, los valores, los objetivos y el modelo sindical que ELA ha ido consolidando durante estas décadas”. En ella también se hace hincapié en las mismas viejas señas de identidad, como sindicato abertzale y de clase, y se reafirma el socialismo como modelo de sociedad.
Y es en la forma de interpretar el modelo de sociedad al que aspira cuando el sindicato hace suya la necesidad de estar presente en frentes de lucha social que en los antiguos principios no se recogían, al menos de forma explícita. Así, ELA se posiciona a favor de un socialismo que no solo “dé satisfacción a las necesidades básicas de todas las personas [y] que impulse el desarrollo pleno de la humanidad”, sino que también sea “verdaderamente democrático, diverso, feminista, antirracista y ecologista”.
Con esta definición -que, de alguna manera, sustituye a la vieja frase que permanecerá para siempre en mi memoria-, ELA hace suya la lucha de los colectivos, integrados sobre todo por miembros de las generaciones más jóvenes, que militan en el lado progresista de las brechas sociales -en Sociología suelen denominarse clivajes- que a lo largo de las últimas décadas se han convertido en elementos fundamentales de la estructuración de la vida colectiva.
El evidente que, cuando se cierra el primer cuarto del siglo XXI, ser sindicalista no se puede reducir solo a tener claro que la sociedad está dividida en clases sociales, a identificarse como integrante de la clase trabajadora y a luchar a favor de sus intereses económicos, y a defender un Estado de bienestar sustentado en lo público. Ahora, para que la práctica sindical sea considerada progresista -y, por ende, antifascista- también debe ser feminista, ecologista, antirracista, defensora de las personas migrantes y de las minorías excluidas o en peligro de serlo, además de partidaria de una democracia radical.
Y, por supuesto, en lo que respecta a ELA, sin que en estas u otras facetas asimilables a la nueva identidad sindical quepan resquicios para dudas o matices revisionistas de ningún tipo en la defensa de la identidad política del pueblo vasco. Por tanto, suscribo, sin ninguna reticencia, la nueva Declaración de principios de mi sindicato. Y lo hago desde la convicción de que, como también se recoge en ella, “en el ámbito laboral, ELA entiende la negociación colectiva como la institución y la práctica más genuina del sindicalismo de clase”.
Ahora solo me falta poder vislumbrar que, se sientan o no sindicalistas, quienes militan en el lado progresista de esos nuevos frentes de lucha social también hacen suyo que la lucha de clases sigue plenamente vigente. Ya que, aunque, como sostiene Salvador Aguilar, la estructura de clases se haya vuelto más compleja y esté segmentada por la aparición de nuevas variables y los conflictos de clase hayan experimentado un proceso de desideologización, el antagonismo entre la clase trabajadora y la clase empresarial sigue siendo la clave principal del conflicto social en las sociedades contemporáneas.

