Negro sobre blanco / Escritos de un sindicalista
Ser o no ser de los/as trabajadores/as autónomos/asfebrero 2023
Bajo la denominación de trabajadores/as autónomos/as se engloban realidades muy distintas. Van desde los/as que son pequeños/as empresarios/as -y deberían ser considerados/as como tales a todos los efectos-, hasta los/as que, se mire como se mire, son trabajadores/as por cuenta ajena obligados/as a ser autónomos/as por empresarios/as desalmados/as que no quieren asumir su responsabilidad como empleadores/as. Incluso entre los/as que realmente son trabajadores/as autónomos/as las diferencias son tan notables que no resulta muy clarificador incluirlos/as a todos/as dentro de la misma tipología laboral.
A principios del siglo XX, la implantación del sistema de producción denominado fordismo -que llevó a los obreros manuales a cobrar salarios que les permitían comprar los productos que ellos mismos fabricaban (por ejemplo, automóviles)- conllevó una notable estandarización laboral y, también, social. Después, los imperativos del mercado y las propias contradicciones internas del modelo fordista dieron paso a una progresiva desregulación del trabajo remunerado.
En ese escenario, el autoempleo o trabajo autónomo, en sus múltiples y, a menudo, normativamente poco claras variantes, ha ido adquiriendo una importancia creciente en el mercado de trabajo. Supone más del 14% del total de trabajadores/as de la Unión Europea y supera el 16% en el Estado español, tras haber llegado al 25% a principios de los años 90. La importancia de su peso relativo en el mercado de trabajo se atribuye a diversos factores: cambios en la demanda y, en particular, mayor peso del sector servicios; decisiones políticas vinculadas a problemas presupuestarios para mantener el Estado de bienestar; factores socioculturales asociados, sobre todo, al auge del individualismo y el pensamiento neoliberal.
En cualquier caso, hay datos y argumentos suficientes como para afirmar que, al menos en el Estado español, la existencia del elevado número de autónomos/as involuntarios/as (son realmente autónomos/as, pero sin tener vocación de serlo) y falsos/as autónomos/as (solo lo son formalmente) es un fenómeno vinculado, por un lado, a la imposición de un sector del empresariado que ha hecho suya la bandera de la precariedad laboral y, por otro, a la desidia de las administraciones públicas ante la proliferación del fraude en materia laboral. Al respecto, un dato relevante es que, en muchas comunidades autónomas -particularmente en algunas cuyos/as gobernantes presumen de tener un alto número de emprendedores/as- la mayoría son jóvenes inmigrantes. Las causas específicas por la que gran parte de estas personas inmigrantes asumen esta condición están asociadas a la necesidad acuciante de conseguir ingresos para sobrevivir y enviar remesas a sus familias y, también, a que adquirir la categoría de trabajadores/as autónomos/as y, siquiera de forma precaria, abandonar la economía sumergida les permite aportar documentación que avale su condición de trabajadores/as en activo y dar así una solución a su estatus legal.
También es significativo que las ocupaciones con más autónomos/as con condiciones de trabajo precarias son la construcción y las profesiones elementales, es decir, las propias del mercado laboral secundario (puestos de trabajo con bajo nivel de cualificación, bajas remuneraciones y elevada tasa de desprotección). Sectores en los que hay una presencia importante de personas perteneciente a minorías étnicas, que sufren un alto nivel de desempleo y que encuentran muchas dificultades para acceder al mercado primario (empleos bien remunerados, que exigen un alto nivel de cualificación). Por cierto, entre las causas de esta discriminación hay que apuntar la existencia de cierto racismo socialmente institucionalizado y ampliamente arraigado -a menudo con estrategias muy sutiles- incluso en ámbitos donde las encuestas dicen que apenas existe tal lacra social.

