Negro sobre blanco  /  Escritos de un sindicalista

Volvería a hacerloabril 2019

ELA acostumbra a invitar a los congresos a quienes en algún momento de su larga historia (fue fundado en 1911 y, tras la dictadura, refundado en 1976) hemos sido liberados de la organización (lo fui entre 1978 y 1984). Aunque nadie lo diría al leer el texto adjunto, no soy proclive a ir por la vida mirando hacia atrás y, en consecuencia, soy poco asiduo a tomar parte en liturgias. Pero mi amigo José Miguel Unanue Letamendi (miembro la Comisión Ejecutiva del sindicato durante más de trece años y uno de mis referentes cuando comencé a militar) insistió para que esta vez asistiera al congreso. Tengo que agradecerle que lo hiciera.


Agustí Arquer Ventura, in memóriam

Mi primer carnet confederal, que todavía conservo, certifica que soy afiliado de ELA desde el 1 de junio de 1977. Porque fue aquel mes cuando aboné mi primera cuota. Lo sé con certeza porque en aquellos años se abonaba en metálico y el cobrador te entregaba a cambio un sellito que pegabas en el carnet, en el espacio reservado al mes correspondiente. 

Unas semanas antes, recién cumplidos 24 años, fui a afiliarme al local que ELA había abierto en Donostia, en la calle Reyes Católicos. Me acompañó Agustí Arquer (Badalona, 1940 - Chiclana de la Frontera, 2017), un amigo entrañable con quien había mantenido largas charlas que me habían llevado a concluir lo que, años más tarde, escribí: “pertenecer a un sindicato de clase era una consecuencia lógica de ser un asalariado y el modo más sencillo y evidente de ser solidario con otros trabajadores. Afiliarme en ELA era la forma de hacer compatible lo anterior con mi decisión racional de posicionarme a favor del derecho del pueblo vasco a autogobernarse”.

Dentro de poco se cumplirán 42 años de aquella efeméride. Toda una vida haciendo gala de ser de ELA y, por supuesto, abonando puntualmente cada mes la cuota sindical, porque, como afirmé con rotundidad en Afiliación y desafiliación sindical, “una persona está afiliada a un sindicato si y sólo si abona regularmente la correspondiente cuota de afiliación”. Y, para culminar esta trayectoria, he asistido al Congreso Extraordinario de ELA celebrado el pasado 5 de abril en el cubo grande del Kursaal donostiarra.

Tras observar lo que veía a mi alrededor, durante el descanso envié a mi mujer Toñi (también militante del sindicato) el siguiente mensaje: “Aquí hay personas de todas las edades, géneros y pelajes; sobre todo, much@s jóvenes y mujeres. Hay futuro”. Al acabar, mientras volvía caminando hacia casa, iba asimilando e interpretando las sensaciones y emociones que había experimentado. Y llegué a una conclusión relevante para quien sabe que está afrontando otra etapa diferente -la última- de su vida: si ahora tuviera, de nuevo, 24 años, volvería a hacerlo; elegiría otra vez ELA como organización en la que pelear a favor de las personas más vulnerables, para que también ellas tengan derecho a una vida buena.

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