Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

Abusos sexualesenero 2017

Las personas que me rodean me han oído decir más de una vez -medio en broma, aunque bastante en serio- que, sobre todo, escribo para mis nietas y nietos. Todavía no tengo ninguno, por lo que me temo que, para cuando tengan edad de poder hablar con ellos sobre ciertas vicisitudes de la vida, es casi seguro que ya habré entregado la cuchara. Por eso, hay algún asunto sobre el que no quiero dejar de exponer siquiera una breve y subjetivísima opinión (para abundar en lo políticamente correcto, mejor estar callado). Es el caso de los abusos sexuales cometidos contra cualquier persona, y contra las y los menores en particular.


El tema es enrevesado, por lo que es iluso pretender plantear una receta de unos pocos párrafos que aporte soluciones mágicas. Me limito a exponer mi posición, sin eludir el componente radical o, si se prefiere, visceral que me suscitan estas agresiones, a las que incluyo -junto a cualquier otro tipo de tortura- entre lo más execrable de la condición humana. Tal es así que considero que es más respetuoso con la dignidad humana matar a una persona por la vía rápida que someterla a tortura sin resultado de muerte. Aunque entiendo que es lógico que muchas víctimas que han sufrido torturas -incluidas las sexuales- y han sobrevivido hayan preferido este desenlace a la muerte.

Debo aclarar que un enfoque que me parece inaceptable es el que parte de considerar sistemáticamente que quien lleva a cabo abusos sexuales es una persona enferma o que, de alguna forma, ha sido impelida a hacerlo por la sociedad, por sus circunstancias de vida o por el contexto en que ha llevado a cabo los abusos. Y, por supuesto, no me parece de recibo intentar culpabilizar a la víctima, en ningún caso -cualquiera que haya sido su comportamiento-, de haber provocado que los abusos fueran inevitables o casi.

En la actualidad, quien es víctima de abusos sexuales o, si es menor, alguien de su entorno familiar o institucional debe denunciarlo. Y luego cruzar los dedos para que quien juzgue el caso considere que hay pruebas suficientes del delito, que no hay eximentes o atenuantes (algunos son delirantes) y condene al agresor a ir a la cárcel, donde en teoría intentarán reeducarlo para que vuelva a la sociedad (quien sabe si para reincidir).

Aunque el asunto no es para andarse con bromas, propongo imaginar un nuevo planteamiento legal, paralelo al actual, que consista básicamente en considerar legítima defensa que cualquier víctima de abuso sexual se tome la justicia por su mano ante la persona que pretende abusar o ya lo ha hecho, de forma que, llegado el caso y la oportunidad, incluso se la lleve por delante. Además, tal consideración se mantendría si la venganza no es inmediata y, pasado un tiempo más o menos largo, la víctima realizara un acto de defensa propia en diferido.

En esta ficción legal, la víctima que ha sufrido los abusos elige ir por la vía civilizada de presentar denuncia o tomarse la justicia por su mano y devolver la agresión al abusador (en esta cuestión, podemos prescindir de la igualdad de género, porque casi todos son tíos) en los términos que considere pertinentes. Dado que actúa en legítima defensa, la víctima no comete ningún delito al llevar a cabo su venganza. No obstante, podría ser razonable que a posteriori fuera obligada a realizar un cursillo para que la siguiente vez que fuera objeto de abusos sexuales eligiera la vía de la denuncia y no la bárbara costumbre de vengarse.

Seguro que hay personas que considerarán esta propuesta ficción en las antípodas de la ética, porque, dirán, en Occidente hace tiempo que hemos superado la Ley del Talión como forma de entender la justicia. Sin embargo, hay ocasiones en que quien tiene el poder y la fuerza para hacerlo aplica esa ley, mientras mira al tendido de la opinión pública esperando, si no la ovación, al menos el silencio. Y también aquí, en Occidente, hemos padecido que la institución que más se ha afanado en señalar qué es lo bueno y qué lo malo, o sea, la Iglesia Católica, haya sido la mayor encubridora de abusadores sexuales de la historia. Y quien se escandalice por esta afirmación queda invitado a una interpretación bíblica del término escandalizar.

Para ello sugiero la lectura de la parte de los Evangelios en que se pone en boca de Jesús de Nazaret que, antes de escandalizar a estos pequeños (se entiende, salvo mejor opinión al respecto, que se refiere a los niños y las niñas), el causante del escándalo haría bien en atarse o que le ataran (ambas me valen) una piedra de molino al cuello y se arrojara o fuera arrojado al mar (es decir, se suicidara o lo suicidaran). En cualquier caso, ¿no les parece que lo de escandalizar no hay dios que lo entienda en este contexto, pero que si lo sustituimos por abusar sexualmente todo queda meridianamente claro?, ¿durante cuantos siglos de supuesto liderazgo de la civilización nos ha intentado colar la Iglesia Católica esta inexplicable e incomprensible versión del escándalo a los pequeños y las pequeñas para disimular sus vergüenzas?

Es evidente que, si hubiera una ley que amparase el derecho ficción de las víctimas de abusos sexuales a tomarse la justicia por su mano, el asunto podría ser un desparrame. Porque seguro que habría personas que alegarían legítima defensa por haber sufrido abuso sexual para agredir o cargarse a alguien. También es muy posible que los juicios promovidos por los agresores o su entorno tras sufrir las represalias de las víctimas fueran de traca, porque deberían demostrar que los abusos no habían existido. Además, ante la duda razonable, se debería absolver al acusado, que en este caso sería la víctima que se ha tomado la justicia por su mano.

La ficción legal resulta esperpéntica. Sin embargo, no está muy lejana de lo que ocurre ahora, sólo que al revés: hay una serie ilimitada de abusos sexuales que, en su gran mayoría, quedan impunes para siempre, incluso si se denuncian y van a los tribunales, ya que dan lugar a juicios tan alucinantes o más que en la ficción antes planteada. Y además, es muy probable que, en caso de ser declarado culpable, el abusador no reciba el castigo que se merece o, al menos, el que la víctima y su entorno -y muchas otras personas- consideran que se merece.

En mi opinión, es evidente la falta de efectividad del actual sistema legal para tratar los abusos sexuales. Pero de ello les toca ocuparse a los y a las representantes políticos. Y hasta que el asunto funcione, seguirá teniendo sentido reivindicar, siquiera como un ejercicio de ficción, el derecho a la justicia directa por parte de quienes sufren los abusos.

Claro que hay muchos abusos sexuales en los que no habría manera, ni siquiera en la ficción, de que la víctima pudiera tomarse la justicia por su mano. Es el caso de los y las menores y de la inmensa mayoría de jóvenes de ambos sexos y de las mujeres sexualmente agredidas que están en clara inferioridad física ante el agresor o agresores (hay veces que, dado que su condición animal les anima a ello, van en manada). Y no me refiero sólo a la inferioridad en el momento en que se producen los abusos, sino también en el caso de intentar ejercer en diferido el derecho a la legítima defensa. En ese caso, el derecho ficción debería poder ser ejercido por sus mayores o por personas cercanas, de su confianza, en las que delegaran su ejercicio (lo de pagar a sicarios no lo veo adecuado, y además conllevaría una carga económica para la víctima; una alternativa sería alguna fórmula de justicia gratuita ad hoc).

Y si alguien piensa que la ficción está planteada en términos extremistas o exagerados, que pregunte a las víctimas de abusos sexuales o a personas cercanas a ellas qué harían si tuvieran la oportunidad y una ley que las amparara. ¿O nunca han oído decir a una señora con escasa pinta de radical que en esta materia sólo confía en la justicia carcelaria? ¿Hay alguna duda de que, si hubiera una consulta popular cada vez que alguien se tomara la justicia por su mano en un asunto de abusos sexuales razonablemente evidentes, el indulto estaría asegurado, incluso antes de celebrarse el juicio?

Por algunas expresiones empleadas, se podría pensar que lo escrito no va del todo en serio. Pero que nadie olvide que escribo para mis nietos y nietas. Y no quiero que a ellos y a ellas les quede ninguna duda de que, si fueran objeto de abusos sexuales y su aitona Javier tuviera todavía la capacidad física y la oportunidad de hacerlo, se cargaría al culpable. Y, si tuviera cuajo para hacerlo -que no lo tengo- y no estuviera radicalmente en contra de cualquier tipo de tortura -que lo estoy- además lo haría despacito. Para que le escociera al muy cabrón.

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